La reforma protestante en Austria (1)

De cómo una tormenta de verano desencadenó la mayor crisis religiosa que haya conocido Europa.

8 de Agosto.- Algún día del verano de 1505. Alemania. Un chaval de dieciocho años, estudiante de derecho, hijo obediente de unos ambiciosos padres procedentes de la burguesía campesina del este de Alemania, regresa por el campo de hacerle una visita a sus progenitores.

Las nubes se acumulan en el horizonte, los relámpagos ponen reflejos y presagios en las nubes. El joven va caminando por el campo cuando la tormenta se encona y se pone a jarrear. El alevín de abogado echa a correr para protegerse de la lluvia. En esto, la diferencia de potencial entre el cielo y la tierra, con el concurso imprescindible de una corriente de aire vertical, hace que junto a nuestro hombre caiga un rayo. El joven cae de hinojos, sobrecogido y, como buen habitante de una época en la que el hombre vive sintiéndose a merced de los fenómenos de la naturaleza, entiende que Dios ha querido mandarle un mensaje. Como buen católico, el chaval impetra la protección divina. De entre todos los santos, elige a Santa Ana, la madre de la Virgen Maria, con cuyas leyendas y eficacia protectora está familiarizado porque su padre, Hans Luder, dirige varias minas de cobre. Cuando llega a su casa, chorreando pero vivo, atribuye su supervivencia a la mujer de San Joaquín, decide abandonar su despreocupada vida de estudiante (que nunca lo ha sido tanto, porque el chaval es de natural reconcentrado y algo beatón), vende todos sus libros (menos su adorado Virgilio) y se mete a monje agustino.

El nombre del chaval casi achicharrado por un rayo es Martin Luder, pero la Historia le conocerá como Martin Lutero (o Martin Luther).

Doce años más tarde, nuestro hombre vive en Wittemberg. Es profesor de teología y, además, se saca un sobresueldo como confesor en la iglesia de Santa María. El tiempo que le queda libre, lo dedica a intrincadas disputas teológicas con sus pares de la Universidad. Son abstrusos y complejos problemas que, en principio, quedan bastante alejados de las preocupaciones del hombre medio de su época.

El día 31 de Octubre de 1517, de manera un tanto imprevista, el monje agustino, que se encuentra, aunque no lo sabe, casi justo en la mitad de su vida, desencadena una reacción en cadena que hace que la siempre frágil paz europea salte por los aires.

Ese día, según la leyenda -probablemente falsa- Lutero clava en la puerta de la iglesia de Wittermberg un papel en el que ha escrito noventa y cinco tesis en contra de las indulgencias, o sea, el perdón de los pecados a cambio de dinero. Es un lucrativo negociete que el clero romano tiene montado y mediante el cual se financia no solo el lujoso tren de vida de la dudosísima santidad del Papa, sino las obras (fantásticamente caras) de la Basílica Romana de San Pedro del Vaticano cuya reconstrucción empezó, precisamente, en el mismo año en el que el joven Lutero casi perece achicharrado por una tormenta eléctrica.

La leyenda, ya digo, es que Martín Lutero avanzó hacia la puerta de la iglesia y, zaszás, clavó en las puertas de la Iglesia el papel con sus noventa y cinco tesis. Los estudiosos actuales piensan que, lo más probable, fuera que enviara las noventa y cinco tesis por carta, un método mucho menos resultón de cara a la Historia, dónde va a parar, que el procedimiento que, en aquella época, se utilizaba para publicar los duelos entre caballeros.

Lutero envió sus tesis al papa (en aquel momento Leon X), al obispo de Maguncia, su superior jerárquico y a algunos amigos. Los amigos es probable que le hicieran más caso pero los dos primeros, la verdad es que no le hicieron ni puñetero caso (el papa, por lo menos, estaba preocupado en propiciar que sus familiares se forrasen y en mangonear en la política europea).

Sin embargo, las tesis de Lutero, fueron la excusa perfecta para que se montara la mundial. Ayudadas por el internet de entonces, la imprenta, se extendieron como un incendio, primero en latín, el inglés de su época, y luego traducidas al alemán, por toda Centroeuropa. El prurito nacionalista y luego la percepción, muy temprana, de que lo que decía Lutero era „lo progresista“ y „lo moderno“, ayudó a que mucha gente culta de la época se adhiriese a las tesis luteranas. En Austria, no fueron una excepción.

Las tesis y una profusa literatura explicativa y exegética resultante de ellas llegaron a Tirol hacia 1520, tan solo dos años y pico después de que Lutero hubiese dado el pistoletazo de salida a lo que se conocería como La Reforma.

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