La reforma protestante en Austria (2)

La reforma protestante se extendió rápidamente por Austria. Los primeros que la abrazaron fueron los que menos tenían que perder.

9 de Agosto.- La rápida difusión y el éxito fultminante de sus noventa y cinco tesis cogió a Lutero completamente de sorpresa pero pronto estuvo claro que su crítica acerba a la Iglesia católica constituía algo peligrosísimo para el statu quo. Los interesados en mantener el statu quo, o sea, aquellos que se beneficiaban de él, la aristocracia y lo que hoy sería el Gobierno, se apresuraron a tomar medidas legales contra los seguidores de Martín Lutero y prohibieron la difusión en Austria de aquellas ideas que consideraban disolventes.

Como decíamos ayer, las tesis de la Reforma entraron a Austria desde Alemania por el Tirol en fecha tan temprana como 1520 y también aquí tuvieron que enfrentarse con la prohibición de las autoridades.

Como ha sucedido con toda clase de novedades a lo largo de la Historia, los primeros en abrazar las ideas protestantes fueron los que consideraban que tenían poco que perder y mucho que ganar, o sea el bajo clero y los monjes que no olían nada del ostentoso tren de vida que llevaban los príncipes de la Iglesia y para quienes el Papa era poco menos que una presencia nominal.

Estos estratos medios de la sociedad tuvieron unos aliados inesperados: los párrocos de los señoríos rurales dependían económicamente de los terratenientes y fueron ellos, a través de esa dependencia, los que incentivaron que, en sus parroquias y dominios, las ideas protestantes se extendiesen rápidamente.

La reforma cristalizó en múltiples interpretaciones y cada una de ellas en una infinidad de pequeñas sectas que se parecían un poco a los diferentes grupos de liberación de La Vida de Brian.

A Tirol, a través de algunos misioneros los que más éxito tuvieron fueron los anabaptistas. Defendían la invalidez del bautismo de los niños y promulgaban el bautismo de los adultos, cristianos „renacidos“ y la pertenencia voluntara a la Iglesia. Los anabaptistas fueron perseguidos como herejes a partir de 1527 y se calcula que unos mil miembros del movimiento anabaptista fueron ejecutados hasta que en 1544 la persecución cedió.

Empujados por la persecución, los anapaptistas se establecieron en el sur de lo que hoy es la República Checa, en Moravia, en donde se les toleró más o menos.

Cuando se vio que la Reforma era una cosa que iba para largo, el emperador de Austria, Fernando I, el cuarto hijo de Juana la loca y Felipe el Hermoso, que además era el nieto favorito de Fernando el Católico (vaya pájaro, por cierto), intentó atajar el tema a base de visitadores (o sea, una especie de inspectores eclesiásticos) que tenían por misión devolver al redil católico a los que, en su opinión, se habían lanzado a explorar regiones excéntricas de la fe católica (y, lo que era peor, querían retornar a posiciones de pureza peligrosamente idealistas).

La necesidad era perentoria, ya que la unión de los católicos (lo cual, en aquellos momentos, quería decir también la unidad de los europeos) parecía más necesaria que nunca.

Por si fuera poco el mangoneo papal y la reforma resultante, en 1529 los turcos entraron a Europa por el sureste y, al mando de Solimán el Magnífico, sitiaron Viena, la ciudad más importante de Centroeuropa por aquel entonces, magnífica capital del Sacro Imperio Romano Germánico. Y lo hicieron durante un mes, entre el 27 de Septiembre y el 14 de Octubre de 1529.

Articulo publicado en Historias de la Historia. Guarda el enlace permanente.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Follow Me