Como la vida misma

Dos anécdotas con menos de tuentifor ágüers de diferencia. Austria. La vida misma.

11 de Agosto.- Una de las peleas más constantes del mundo contra mí es para que me saque el carné de conducir. Hasta ahora me he defendido bravamente y, naturalmente, sigo sin saber.

Aparte de sospechar que, de ponerme, sería incapaz, he llegado a la conclusión de que me perdería muchísimas cosas entretenidas que me han pasado en los transportes públicos y, por extensión, mis lectores también se quedarían sin saber que hay majaras que critican a las pobres gorditas despatarradas y locas que se sientan encima de las niñas pequeñas.

En los transportes públicos se aprende mucho de la naturaleza humana, son la vida misma y, como tal vida misma, fuente impagable de posts para este blog.

Hoy contaré dos anécdotas que he presenciado en menos de tuentifor ágüers.

La prime.

Resulta que, como saben mis lectores, en el verano vivo en Neusiedl am See, provincia de Burgenland. Localidad que está muy bien comunicada por ferrocarril con la capital de EPR, en donde trabajo. La estación de tren, sin embargo, está un poquito retirada, así que utilizo el servicio de autobús lanzadera y que se puede usar sin pagar nada si uno tiene el billete de tren correspondiente.

Ayer, como todos los días, al llegar a Neusiedl cerré mi libro electrónico (gran invento) y cuando el tren se detuvo me bajé y, durante un momento, me quedé parado en el andén. Las nubes se arracimaban en el cielo, oscuras, lo mismo que cuando a Lutero casi le achicharra un rayo y, se conoce que por la tormenta inminente (que luego no lo fue tanto) yo tenía la cabeza como un balón de playa de Nivea.

Anduve el camino hacia donde para el autobús de Apetlon (hay otro, pero como uno es caprichoso, coge el de Apetlon porque el nombre le gusta).

Al llegar junto al vehículo, escuché voces destempladas,las cuales voces destempladas las profería un señor de color el cual, en un inglés muy bueno pero con el acento típico de África, estaba llamando al conductor del autbús racista y qué sé yo qué de cosas más.

Mi larga experiencia con los conductores de transportes públicos me ha hecho tener una fe relativa en la paciencia, en la comprensión e incluso en la inteligencia de esta subespecie dentro de la especie humana, pero esta vez, por lo que pude colegir, el viajero no tenía razón ninguna.

Para cualquiera que supiera sumar dos y dos era evidente que había sucedido lo siguiente: resulta que el señor de color, tentando al azar, había venido de Viena sin comprar el billete preceptivo; como los conductores de los autobuses lanzadera son digamos que relajados, unos piden el billete y otros no y a veces se lo piden a un viajero y a otros no. Tuvo la mala suerte de que se lo pidieron a él. Dado que no podía enseñarlo (porque no lo tenía) comprendió que „le habían pillao con el carrito del helao“, como suele decirse y, antes de dar su brazo a torcer, empezó a decir que él no enseñaba el ticket porque se lo habían pedido solo a él y no a los viajeros blancos (lo cual parece que tampoco era cierto). Cuando dijo que llevaba viviendo en Austria 25 años (cosa que parece difícil de creer, porque no le había dado tiempo a aprender ni el alemán mínimo) y desafió a que llamasen a la policía, entendí que, en vez del autobús de Apetlon tendría que coger el del nombre feo. Vaya por Dios.

La segun:

Como mis lectores ya sabrán quizá a estas alturas, ayer por la noche llovió en Austria lo que no está escrito, y tronó e hizo viento y todo lo demás.

En Neusiedl, la tempestad duró cosa de tres cuartos de hora pero fue bastante para que esta mañana, yendo a la estación a coger el tren, me haya encontrado en el camino ramas arrancadas de los árboles (capaz de haber matado a algún cristiano -Ronaldo o de los normales-) y una confusión de hojarascas y vallas derribadas y tiestos rotos.

En fin: al llegar a la estación, la muchacha de la megafonía ha empezado a dar noticias de mal agüero. Que si el tren a la estación central está retrasado diez minutos, que si veinte, que si ya no hay tren a la estación central. Ole con ole y olá, vaya forma de empezar el día.

En el andén había un señor de color (blanco, esta vez). Un austriaco de esos que hacen honor a la fama de este pueblo de no aguantar una avispa en los huevos. Dándose a todos los diablos, el elemento en cuestión se ha peleado, en el transcurso de diez minutos, con su novia o compañera sentisexual, que le pedía por amor de Gott que no vociferase que eran las siete de la mañana y la gente aún tenía fresco el recuerdo de las sábanas, y después con un empleado de la ÖBB, compañía de ferrocarriles austriaca, a la que le exigía que le diese el minuto y el segundo en que el servicio normal de trenes iba a quedar restablecido (el empleado, como todos los empleados, aguantaba el chaparrón y trataba de explicarle que era difícil de saber). A las siete y media, cuando se ha visto que el tren de las siete no iba a pasar, el austriaco ha reemprendido las voces dándose a las teorías conspiranoicas. Que si el tren de las seis había pasado, que lo sabía él de buena tinta, que vaya mierda de trenes, etcétera.

En ese momento ha aparecido un autobús que hacía el servicio sustitutorio. Lo conducía un caballero de acento del este, muy gentil, que nos ha avisado de que pararía en Parndorf (porque tenía que parar) de donde no era seguro que pasaran los trenes y luego en Brück an der Leitha, en donde sí.

Cuando hemos llegado a Parndorf, el tipo prepotente, hecho un „obelisco“ ha empezado a llamarle al pobre conductor imbécil, idiota, subnormal y todo lo que se le ha ocurrido, con una frialdad de listillo que daba miedo (y grandes ganas de utilizar la violencia para meterle un zapato en la boca para que se callara de una puñetera vez).

El conductor, por cierto, con una paciencia encomiable no ha dicho ni mú (hubiera podido perfectamente).

Articulo publicado en Austria. Guarda el enlace permanente.

Un comentario a Como la vida misma

  1. Muy buenas, yo estoy en Trausdorf de vacaciones 😊

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