Cuestión de acentos

Un incidente mínimo me dio muchísimo que pensar a propósito de lo importante que es para nosotros el acento con el que nos hablan.

13 de Agosto.- Este oficio de escribir posts es una cosa curiosa. A veces, uno tiene ideas y uno sabe que son buenas pero lo mismo que el pintor o el fotógrafo no terminan de encontrar el ángulo adecuado, uno no acierta a darles forma.

Este post, por ejemplo, empezó a escribirse hace cosa de diez dias, y ha terminado de escribirse hoy, charlando amigablemente con una pareja de amigos que ha estado de visita en casa.

El detonante fue el siguiente: resulta que mi sobrina Ainara ha estado de visita estos días en Austria. Ainara aprende alemán en el colegio. En un momento dado, se puso a cantarme las canciones que aprende en la escuela y cuál no fue mi sorpresa cuando las cantó con un perfecto acento piefke, o sea, alemán de Alemania. Naturalmente, a mí me enorgulleció que Ainara supiera cantar ya cosas en alemán, pero el hecho de escucharla hablar con un acento que no es el acento estándar que yo oigo, me dio mucho que pensar.

Me di cuenta de que lo que me había pasado había sido una reacción inconsciente. En algún punto de mi cerebro algo no podía explicarse el por qué pudiendo hablar „bien“ Ainara estaba hablando „mal“ (a pesar de que hablaba perfectamente, no sé si me explico). El acento, era el acento lo que me producía esta sensación.

Aquí hay un post“, me dije, y me puse a darle vueltas a la cosa.

Después de investigar un poco, confirmé algo que ya sospechaba. O sea, que el acento con el que hablamos es una de las cosas que adquirimos antes en nuestra vida. Según un estudio del Smithsonian Institute los bebés empiezan a guardar en el cerebro, a partir del sexto mes de vida un „mapa de sonidos“ el cual luego queda enraizado en nuestra red neuronal a base de la repetición que utilizamos para aprender a hablar. Cuando ese proceso termina, el acento con el que hablamos, es más, el acento que consideramos „propio“ se convierte en una parte prácticamente inerradicable de nuestra estructura mental.

Es lógico que así sea: es fácil pensar que es un mecanismo evolutivo de seguridad. Los que hablan como nosotros son „de nuestra tribu“ y nosotros no solo los reconocemos como tales sino que también aspiramos a su protección haciéndonos reconocer como tales.

Cuando uno viene a vivir a un país que no es el suyo, se produce un proceso muy parecido. El cerebro crea una „personalidad lingüística“ nueva como la del recién nacido que aprende de su padre a decir „Zaragoza“ y no „Saragosa“ o viceversa. Para mí, yo lo digo siempre, el acento alemán canónico, el bonito, es el acento alemán austriaco.

Mi personalidad lingüística se forjó en Austria, mi unión afectiva, mi nueva tribu, es la austriaca. De manera que donde quiero ser reconocido y en donde aspiro a ser tomado por un miembro más de la comunidad es aquí, en mi nueva casa.

También he asimilado, por lo tanto, los cánones sobre acentos que reinan en Austria y que tienen también su correspondencia en el universo hispanoparlante.

Por ejemplo, ya digo, el alemán de Alemania llego a tolerarlo, aunque cuanto más al norte y, cuanto más consonántico se va haciendo el idioma, llevo peor la escucha.

Personalmente, no puedo con el acento suizo. No soy capaz de tomármelo en serio (quizá porque la melodía, tan marcada, lo aleja del alemán de la ORF) y dentro de los acentos austriacos quizá el que más me molesta sea el de la zona de Tirol, aunque entiendo que si, por ejemplo, hubiera encontrado un amor de esa zona de Austria, probablemente esta colocación de los acentos en mi mapa afectivo hubiera sido bastante diferente.

Hoy, hablando en la mesa, hemos llegado a la conclusión de que el estándar de acentos de España fue, en gran parte, producto de la ideología fascista que reinó en el país durante cuarenta años. Durante el franquismo, era obligatorio doblar las películas extranjeras y, para hacerlo, se eligió el estándar de español que se consideraba más puro, o sea, el de la zona de Valladolid, de manera que los demás acentos españoles quedaron, en el imaginario colectivo, minusvalorados, llegándose al extremo de que hay imbéciles que dicen que los andaluces hablan „mal“. Hoy nos hemos echado unas risas pensando qué hubiera pasado si, en vez del acento de Valladolid, se hubiera utilizado como estándar, por ejemplo, el de Jerez de la Frontera. Gary Cooper hubiera matado indios al grito de „!Muere, quillo, po la gloria de tu mare!“.

También los españoles somos muy tiquismiquis con los acentos latinoamericanos.

Siendo nosotros, como somos, una minoría dentro del inmenso mar de los hablantes de español, no podemos dejar de pensar que nuestro acento es „el bueno“. O peor, que no tenemos acento, cosa que es falsa, naturalmente.

Y a mis lectores ¿Qué acento les parece feo? ¿Cuál no?

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2 Responses to Cuestión de acentos

  1. Pues mira ,me gusta mucho el habla de los andaluces ,ese tonito me fascina,aunque reconozco que si son muy cerrados no les entiendo.
    Pero no puedo con los asturianos y los gallegos
    Y cuando oigo hablar a los austríacos ,me quedo embelesada ,les miro como si entendiera algo,pero no y da la impresión que siempre están discutiendo,pero no ,es su tono

  2. Landahlauts dice:

    Yo no puedo con las personas con las “s” finales muy marcadas. Me “chirría al oído”.
    Ni con el laísmo… no es un acento pero suele ser muy habitual precisamente entre aquellos que el imaginario colectivo dice que “hablan bien”

    Saludos.

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