La muchacha muerta de la plaza de San Esteban

Hace trescientos años murió una muchacha joven que, tras tres siglos en silencio, está empezando a hablar. Para quien sepa escucharla, claro.

23 de Agosto.- El otro día leí una entrevista a un señor muy optimista, filósofo, según creo, que me dio mucho que pensar. El buen hombre decía que hay que tener fe en el progreso de la Humanidad porque la mayoría de los hombres de hoy (por lo menos en los países ricos) vive „mejor que Luis XIV“.

Hoy, inevitablemente, me he acordado de esta frase al descubrir la noticia de la que hoy hablaré.

Como sin duda (no) sabrán mis lectores que (no) vivan en Viena, la plaza de la catedral de San Esteban, o sea, el mismísimo cogollo del repollo de esta ciudad y aún más, el centro espiritual de la austrianidad, está siendo renovada. Se está sustituyendo el suelo por otro más nuevo y más resistente (a pesar de que los que transitamos a menudo por esa plaza no teníamos ningún problema con el que había).

Naturalmente, en un sitio con tanta historia (y tan movida, desde los romanos hasta aquí) es clavar la piqueta y encontrar cosas. Y así sucedió en el mes de mayo pasado. Por una afortunada coincidencia (en palabras de los investigadores) se encontró bajo el pavimento sobre el que caminan miles de personas todos los años un esqueleto entero de persona que estaba colocado en una tumba que también, por las trazas, no había sido removida desde que se hizo.

Inmediatamente, se documentó el hallazgo y se procedió a datarlo y a investigarlo, para llegar a la conclusión de que, efectivamente, todos vivimos mejor que Luis XIV en la actualidad y, con toda seguridad, mejor que la pobre persona que dormía el sueño eterno bajo las losas de la plaza de la catedral (!Y pensar en la cantidad de cientos de veces que uno habrá pasado por debajo de ella en el metro!).

El esqueleto sostuvo en vida los órganos y los anhelos de una mujer que, en el momento de fallecer tenía entre veinte y veinticinco años. Fuera de esto, no se puede saber su identidad porque según los arqueólogos tratar de investigar en los archivos sería infructuoso, por no hablar de que, desde el punto de vista arqueológico, apenas tendría relevancia.

Lo que sí que se puede saber, porque está escrito en los huesos encontrados, es que la muchacha de la plaza de San Esteban llevó una vida bastante arrastrada. Se han encontrado huellas en los huesos del cráneo de una infección bastante salvaje, que los investigadores piensan que fue una meningitis, también huellas de una sinusitis.

La muerte debió de ocurrir en algún momento entre 1700 (palmaba también en ese año el nefasto Carlos II de Habsburgo llamado románticamente en su época El Hechizado) y 1732, año en el que fue cerrado el pequeño cementerio de la capilla de la Magdalena, en donde se sospecha que pudo estar el enterramiento. Se sabe porque los restos de cerámica hallados (Fayence, una variedad de loza italiana) datan de ese periodo también.

La muerta era sin duda una mujer de clase baja, sometida a las horrorosas condiciones de vida que en aquella época tenían que arrostrar los que no nacían aristócratas ni se metían a curas y a monjas (y aún esos, particularmente el clero bajo, pasaban más hambre que los pavos de Manolo, que es fama que se comían las vías de tren a picotazos).

Del mísero estado de su dentición (de la de la muerta, no de la de los pavos de Manolo, naturalmente) se ha podido saber que la pobre chica, como solía ser corriente entre los de su condición que vivían en las ciudades y, por lo tanto, lejos de los centros de producción de comida, se enteraba mañana de lo que tendría que haber comido hoy.

Por lo machacadas que tenía las costillas y la columna vertebral se ha podido saber también que trabajó físicamente y de manera muy dura desde que era una niña. Desafortunadamente, no se ha podido encontrar ningún otro resto orgánico aparte de los huesos, porque la tierra de la zona de la catedral de San Esteban, dada la proximidad del Canal del Danubio siempre ha estado muy húmeda, lo cual hizo que todo lo que pudiera pudrirse (incluyendo la ropa o el ataúd) se pudriese a gran velocidad.

¿Cuál será el destino final de la pobre chica? (o no, porque vista lo movida que está siendo su existencia post mortem igual la mudan otra vez) pues será una fosa común en el Zentralfriedhof, en un espacio que ya se destina a los difuntos venidos de otros cementerios de Viena que ya no existen (como el que estuvo en Karlsplatz, por ejemplo). No se hará el sepelio inmediatamente, sino que se esperará a que se acaben las obras de remodelación de la plaza, ya que los arqueólogos piensan que quizá, bajo las losas, otros muertos les esperan para proponerles adivinanzas.

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