Una princesa en Viena (1/2)

Esta madrugada se cumplen veinte años de la muerte de Diana Spencer. La difunta solo hizo una visita a Viena, pero dio muchísimo de sí.

30 de Agosto.- Antes de ayer, Sebastian Kurz, líder del Partido Popular austriaco, orejoncete, gallardo y mozo, compareció ante Tarek Leitner, presentador de la ORF para las entrevistas veraniegas que, tradicionalmente, ofrece la cadena pública austriaca por estas fechas, al objeto de remediar un tanto la astenia que, en verano, aqueja a la información política, al estar el parlamento cerrado por vacaciones y los parlamentarios remojándose la barriga cada uno por su lado.

Durante la entrevista, Kurz utilizó la táctica del calamar: o sea, cuando Tarek Leitner le pedía cosas claras, él le daba chocolate espeso para despistar y luego procuraba salir nadando hacia aguas más abiertas. Cualquiera que tenga dos ojos en la cara sabe que lo más probable es que Kurz sea el próximo Tony Blair, digooo el próximo canciller y, por lo tanto, era inevitable pensar que la entrevista que le estaba haciendo Tarek Leitner era, de alguna manera, una entrevista de trabajo.

Le faltó que le preguntaran aquello de „dígame usted una virtud y un defecto suyo“ y que él contestara, con candor de novicia „hombre, mi peor defecto es que soy muy perfeccionista“. Captatio benevolentiae a tope, vamos.

Esta madrugada se cumplen dos décadas de la muerte de Lady Diana Spencer, la primera mujer del principe Cal-lo de Inglaterra y pensaba yo, viendo a Kurz, en ella (y no por el poderío auricular de su viudo, tan parecido al del candidato a canciller austriaco). Pensaba yo que, si alguien le hubiese hecho a aquella chica una entrevista a tiempo para el puesto de Princesa, o sea, una entrevista seria, en la que le hubieran preguntado por sus cualificaciones y su currículum, todavía estaría viva, porque no le hubieran dado el puesto nunca a una persona tan pava y, por decirlo de una vez, una persona que jamás se enteró ni quiso enterarse de la misa la mitad de dónde estaba.

Para mí, a la altura de mis casi taidós, es un misterio cómo el príncipe Cal-lo de Inglaterra se pudo casar con ella. Debió de ser un matrimonio como entre una cebra y un besugo. O sea: dos seres sin nada en común.

El tiempo ha demostrado que aunque Camilla Parker, la hoy duquesa de Cornualles, sea más fea, probablemente se adapte mejor a las exigencias de su puesto de trabajo como consorte de un hombre tan graníticamente tedioso como debe de serlo su marido y, sin duda, la duquesa maneja mejor sus relaciones públicas de lo que lo hacía la muerta, a base de no dar nunca que hablar y mantener la procesión por dentro (estrategia ideal para protegerse de los gafes y de los indeseables a los que Diana atraía -quizá porque ella era también sumamente gafe-). Como a Lady Di, además, todo lo que Dios le dio en piernas y en mirada de corderito degollado se lo quitó de neuronas (como decía mi abuela, mis palabras le sirvan de gloria) pues no tardó demasiado en empezar a hacer tonterías, hasta que hizo la final, que fue la de liarse con un caballero que era hijo de un padre que tiene una reputación que huele peor que un rebaño de ñúes en hora punta.

Todas estas cosas, sin embargo, estaban relativamente lejos cuando, en abril de 1986, Cal-lo y Di vinieron a Viena en la única visita oficial que hicieron a la ciudad, en la cual permanecieron cosa de cincuenta horas.

Diana de Gales llegó al aeropuerto de Schwechat a bordo del Concorde (fue el primer vuelo ultrasónico de la princesa) aeronave que había recogido a Cal-lo de Inglaterra en Milán, bonita ciudad italiana en donde se encontraba de visita privada (!Con alguna fresca! Dice aquí el coro).

La pareja real, acompañada de un séquito muy sequito, o sea, muy reducido, (unas diez personas para los dos, entre las cuales se entraba el butler de él y la llamada „Lady in Waiting“ de ella, que es la señora que se encargaba de que no le faltara de nada) aterrizó en Schwechat a las 14:19.

Era la primera visita de un heredero del trono británico en cincuenta y tres años y los vieneses, a los que les gusta más una persona regia que a un tonto un pirulí, se volcaron.

Di y Cal fueron recibidos a pie de avión por el entonces presidente de EPR, Herr Rudolf Kirschläger y acto seguido firmaron en el libro de oro (!Qué les gusta lo dorao en esta ciudad, chiquilla!). Después, se subieron en sendos coches oficiales y sin comer, las criaturas, se fueron al Albertina, en donde el director in person les estuvo enseñando las joyas de su mundialmente famosa colección, como la famosa liebre de Durero u originales de Klimt.

A la salida se agolpaban mil personas sin otra cosa mejor que hacer. Diana, con su estudiada cercanía, que la hacía ser la famosa favorita de todos los fotógrafos, porque siempre proporcionaba instantáneas en las que la cercanía y el glamour, ambos artificiales, naturalmente, se conjugaban, fue la pesadilla de los seguratas, cuando se emperró en darles besos a niños y viejos y en coger flores que le tendía toda aquella gente. Bajo el límpido cielo primaveral (y hay que reconocer que el cielo primaveral de Viena es el de la mejor calidad disponible) una banda inglesa (nada que ver con la famosa colonia de LaVanda Inglesa) y la de la Guardia (Die Garde, la guardia presidencial austriaca) tocaron un par de piezas para resaltar que a los austriacos les pones un prince delante (no digamos una princess) y se les hace el chisme pepsicola.

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