Una princesa en Viena (2/2)

Veinte años no es nada, decía el tango. Pues esos hace que murió la princesa Diana, la cual estuvo en Viena solamente una vez. Y hoy va de canciones.

La primera parte, jíar

31 de Agosto.- El segundo día de la visita de los príncipes de Gales empezó en el Graben. Fueron a ver la Columna de la Peste. Sí: cual curiosos nipones. Según un policía, el príncipe Cal-lo, entre explicación y explicación, se entretuvo en charlar con una muchacha que, según las crónicas, estaba de muy buen ver y que contaba a su favor con la cualidad de que dominaba la lengua (la de Chéspir y la del príncipe Chals).

Lo que su mujer opinó de este rápido interludio no consta.

Tras esto, una vuelta por el distrito uno en coche de caballos.

(Y el público:

-!Dí! !Dí!

Y ella:

-Guat shuld ai séy?

Y Charls:

-Lo que se te ocurra, muher, lo que se te ocurra).

Después, con el estómago en los talones los royals fueron conducidos a la cancillería, en donde estuvieron cenando en petit comité con el jefe del Estado austriaco, su señora y escogidos invitados, lo mismo que sucedió cuando vino la reina Letizia a inaugurar la exposición de Velázquez.

La audiencia grande fue por la tarde, en el salón de gala del ayuntamiento de Viena. Durante la cena se sirvió el mismo menú que el emperador Paco Pepe (Sosó, el marido de Sisí) le puso al rey Eduardo uve palito palito de Inglaterra cuando vino a Viena en 1903. Potaje, o sea. Que aunque lo llamaron Potáaaash, a la francesa, era un potaje como la copa de un pino.

Durante esta velada se produjo una escena que dio mucho que hablar a los medios británicos. En aquel entonces, el alcalde de Viena era el jupiterino Helmut Zilk, el cual estaba casado con la no menos brava Dagmar Koller (Zilk ya ha muerto, Dagmar sigue ahí para acordarse).

La pizpireta cantante y bailarina tenía entonces cuarenta y seis años y aún estaba de buen ver. Como es preceptivo, la sentaron al lado de Carlos de Inglaterra y a su marido al lado de Di.

Pronto, los medios se dieron cuenta de que Carlos, normalmente con la misma cara que un arenque en salazón, y la mujer del alcalde de Viena se había producido una complicidad muy evidente que se manifestaba en risitas casi incontenibles Más tarde, Koller explicó que no se debía a que Carlos quisiera llevársela al Gemusegarten (ya se estaba llevando al huerto a otra, aunque „náiden“ lo sabía entonces) sino que era que habían comido caviar los dos y el caviar se les había quedado entre los dientes y no sabían cómo librarse de él de una manera decorosa.

Estando los dos en la misma situación, les entraron los nervios y, como hubiera dicho Melanie Griffith, ex de Banderas, se rieron „una jartá“. La cosa, sin embargo, no pasó de ahí, ya que Dagmar Koller es una señora muy católica y decentísima, a pesar de dedicarse al mundo del espectáculo, por lo cual le guardaba y le guarda las ausencias a su Helmut parapetada en una virtud diamantina.

La mañana siguiente, la última de su visita, la pasaron los príncipes separados.

A él le tocó hablar con el canciller Sinowatz, de cosas, sin duda, de suma importancia. Escuchémosles:

-Yo es que, Alteza, con Entschuldigung de la confesión, eh? Pero yo voy siempre de compras a Londón, donde vive su madre de usted. Porque hay que ver lo buenos que son los calzoncillos de Mark&Spencer, que me duran una eternidad.

Y el otro:

-Yes, yes, of cors…

A ella le echaron una exhibición de modas (dado su nivel neuronal, no le interesaba nada más) y luego la llevaron a que escuchara a los niños cantores de Viena.

Hecho esto, la real pareja volvió a subirse al Concorde y, si te he visto, tengo amnesia.

Los reporteros se fueron a llamar por teléfono a sus redacciones y a revelar sus carretes (qué antiguas éramos todas entonces).

Cómo pasa el tiempo.

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