Cambiando el polvo por el brillo

En los sótanos de una alta institución austriaca se ha hecho estos días un hallazgo inaudito !Cuánto tiempo hará que no se pasa por ahí una escoba!

15 de Septiembre.- Cuando yo trabajaba en la tele, tuve ocasión de comprobar una cosa muy curiosa. Era tremendamente interesante el efecto que surtía sobre la gente el explicar que uno trabajaba en una determinada empresa que se dedicaba a producir programas. Incluso cuando esos programas no son del agrado de todo el público, o se los considera directamente cochambrosos, el hecho de decir que uno trabaja en la tele hace que uno adquiera, sin quererlo, cierta magia reflejada. Aunque solo sea por currar en un sitio cuyo nombre le suena a todo el mundo.

Antiguamente (hace veinte o veinticinco años) trabajar en la tele garantizaba cierto glamour porque los sueldos eran un poco más altos que los normales. Hoy en día, con la proliferación de canales, la verdad es que la mayoría de los trabajadores que llenan de contenidos nuestras pantallas malviven a duras penas con unos sueldos que apenas les permiten sacar la cabeza fuera del agua turbia de la desnutrición.

(Yo llegué ya cuando la cosa se empezaba a poner de color de hormiga, así que el glamourazo no me alcanzó; probablemente, si me hubiera alcanzado, pues igual no me habría venido a Austria y este blog, probablemente, no hubiera sido escrito nunca; cosa que sucederá, seguramente, en realidades paralelas a esta en la que nos encontramos, en la que habrá un Paquito que viva tranquilamente en Madrid y haya tenido unos hijos majísimos que hablen español y digan „ejque“ cada dos palabras).

Para que mis lectores se hagan una idea, además, y se les quiten todas las tonterías que puedan quedarles a este respecto, diré que no hay sitio más sucio que un plató de televisión. Lo que a uno le impresiona sobre todo de los platós es eso: la cantidad de mierda y de polvo que todo tiene, y que no se ve, porque los televisores no tienen definición suficiente. Lo más parecido, es un sótano austriaco de una casa de vecinos vieja, en donde siempre parece que uno va pisando una espesa capa de polvo crujiente y gris, como lunar.

O sea, que trabajar en la tele no solo es insalubre para el espíritu (!Por qué cosas tienen que pasar los redactores, los pobres!) sino que además puede uno acabar como los mineros terminaban antiguamente: con silicosis.

Me ha venido a la cabeza esta anécdota porque hace unos meses coincidí por casualidad con un empleado del Parlamento Austriaco. Aunque yo ya conocía el paño, al decirme él en la empresa que trabajaba, inmediatamente brilló en mi mirada el brillo del interés. Pronto se me pasó. Era el momento en el que estaba empezando la mudanza de trastos con ocasión del saneamiento del edificio y mi interlocutor me explicó que ya era hora, porque el Parlamento Austriaco estaba muy necesitado de un arreglo en profundidad. Como anécdota, me dijo que había una sala histórica en concreto en la que nadie se atrevía a entrar (de hecho, estaba cerrada normalmente con llave) porque los arquitectos que habían evaluado el edificio habían dictaminado que, en cualquier momento, a cualquier cristiano le podría suceder un percance porque se podría hundir el suelo.

El Parlamento austriaco da la impresión de ser un sitio en donde nadie ha entrado con una escoba en la mano (o con una linterna) en siglos.

La prueba es un suelto que ha aparecido hoy en un periódico austriaco. Parece ser que, en la operación vaciado que se está haciendo para empezar a arreglar el edificio se ha encontrado una caja, de la que nadie ha sabido hasta ahora, con reliquias del nazismo. Esto es: varios retratos de Hitler, un busto (de Hitler también) y hasta un relieve de temática nazi. Todo un poco como el cementerio indio que había debajo del hotel de El Resplandor. Uno duda si estas reliquias no han estado durante todos estos años emanando mefíticos efluvios que le han trastornado la imaginación a alguno de sus señorías.

Durante el nazismo, el Parlamento austriaco, por cierto, no fue el parlamento, sino que primero fue la sede del „Reichskomissar für wiedervereinigung“ (o sea „El comisario imperial para la reunificación“) y más tarde la „Gauhaus“ del Partido Nazi, o sea la sede del NSDAP en Ostmark, que era como se llamaba Austria en aquella época.

El destino de los cachivaches nazis será, probablemente, algún museo. De todas maneras, la presidenta del Parlamento austriaco, Doris Bures, ha dicho que las conclusiones de los sabios encargados de evaluar los chismes se presentarán el año que viene. Las cosas de palacio, ya se sabe.

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