El búnker

Aunque la larga noche de los Museos brilla en Viena como en ninguna parte, también se puede disfrutar en otros puntos de Austria.

7 de Octubre.- Cualquiera que viva en Austria y, como es el caso del que esto escribe, esté un poco interesado por las cosas del país, más tarde o más tempranto se terminará encontrando con un especimen muy típico de la fauna local.

Se trata de un tipo de hombre, generalmente en la cincuentena, padre de familia, oficio generalmente menestral, que tiene una manía, tan inofensiva como excéntrica, por lo militar. Son, digamoslo así, militares domingueros o, mejor, militares de fogueo, a los que les encanta vestirse de uniforme, desfilar si se tercia y encontrarse con otros como ellos para contar interminables batallitas de la mili.

Si usted me está leyendo y tiene entre sus conocidos a alguno de estos señores, guárdese mucho de mirar su afición con condescendencia o burla, y menos aún verbalice lo que, por supuesto, salta a la vista: o sea, que estos señores, mucho mover la banderita y mucho sacar la pistolita y ponerse el uniforme, pero probablemente se lo harían todo encima si, en algún momento, y Dios no lo quiera, hubiera una guerra de verdad (aunque dado el estado actual de la tecnología, es probable que, si hubiera alguna vez una guerra de verdad, duraría tan poco que a estos entrañables caballeros no les daría tiempo ni para relajar los esfínteres lo necesario para mojar los calzoncillos).
Me acordaba yo hoy de esto porque hoy he hecho honor a una de esas costumbres anuales que hacen de Austria un país confortable en el que vivir: o sea, la llamada Larga Noche de Los Museos.

Dicha noche consiste en que los museos de todo el país (o instalaciones asimilables, como ha sido mi caso) están abiertas hasta las tantas (o sea, hasta media noche sobre poco más o menos).

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La noche más noche de todas las largas noches austriacas es la que se celebra, naturalmente, en Viena (de hecho, fue una de las primeras entradas de este blog). Este año a mí me ha pillado fuera de la ciudad, pero cerca de mi casa, en Bruck an der Leitha, el Museo del Ejército (de ahí el preámbulo de este artículo) tiene una de sus sedes. Una sede pequeñita.

Se trata de un complejo de búnkeres que, por suerte, permaneció sin estrenar. Bueno, sin estrenar no, porque hubo una guarnición de soldados ocupándolo durante todo el tiempo de su vida útil, sino porque gracias a Dios nunca se utilizó para el propósito para el que había sido planeado originalmente: el cual era oponer una mínima resistencia, una resistencia testimonial, destinada sobre todo a figurar en los libros de Historia, a una eventual invasión por parte de las tropas del Pacto de Varsovia.

Hay que recordar que Burgenland, o sea, el extremo más al este de Austria, era la frontera de la Europa capitalista con el telón de acero comunista y que desde el final de la segunda guerra mundial, y más desde el abrupto fin de la llamada Primavera de Praga, Austria vivía con el temor perpétuo (que nunca, por suerte, llegó a materializarse) de una invasión comunista.

Nuestro bunker fue construido para conjurar ese temor a principios de los años sesenta del siglo pasado, y era un nodo de una red que se extendía por toda Austria.

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Según nos han explicado, la OTAN tenía estipulado que, ante una invasión, la red de búnkeres hubiera debido resistir tres días tiempo -supongo- para que las tropas de la OTAN hubieran podido organizarse para repelerla. Se calculaba incluso que, en una situación semejante, en el primer embate moriría un cuarenta por ciento de la guarnición que protegía el búnker -por cierto, hasta finales de los años ochenta, las características exactas de las instalaciones fueron secretas-.

Como en el ejército se piensa en todo, cuando se planeó el búnker se destinó un espacio para almacenar los ataúdes que contendrían los cadáveres de los pobres soldados muertos.

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A finales de los ochenta del siglo pasado, como todo el mundo sabe, la Unión Soviética hizo chimpún y con ella, todas las dictaduras títere de Moscú que tenía alrededor, con lo cual el Pacto de Varsovia entró en parada cardiorrespiratoria. La evolución de la tecnología militar y el cambio de las circunstancias geopolíticas precipitaron el búnker a la obsolescencia. En el año 1993, fue cerrado y desmantelado progresivamente, convirtiéndose en un hábitat más de la fauna del bosque que lo rodea.

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A principios de este siglo, el empuje -loable empuje- de estos aficionados a lo militar de los que hablaba más arriba, les llevó a intentar salvar aquel pequeño trozo de la guerra fría (el único búnker que, después del desmantelamiento, había conservado más o menos su forma original). Se restauró gracias al trabajo de voluntarios y se rellenó con reliquias de aquellos tiempos aportadas por coleccionistas anónimos -en Austria el material militar obsoleto se vende a particulares-.

Un paso decisivo fue la incorporación del búnker restaurado a la red museística del Museo del Ejército de Viena (uno de los museos más chulos de Viena, que tiene su sede en el Arsenal). A partir de ese momento, el Estado austriaco se hizo cargo de su conservación.

Los entusiastas de las reliquias militares pueden dormir tranquilos desde entonces.

Articulo publicado en Historias de la Historia. Guarda el enlace permanente.

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