La lista de la compra

Ayer, tras un pequeño preámbulo, comenzó un minué político del que hoy se han dado los primeros pasos y que demuestra que, en política, el dramatismo es una ordinariez.

1 de Octubre.- Cuando nació el que será el futuro canciller del Gobierno austriaco en 1986, el Presidente de EPR tenía cuarenta y dos años. Dos menos que los años que tenía mi abuelo cuando yo nací.

Los dos hombres, Van der Bellen y Kurz, de biografías muy distintas, se encontraron ayer en el Hofburg y hablaron para los medios que es tanto como decir que hablaron para los ciudadanos austriacos, después, para Europa, que sigue con atención (y también, por qué no, parece ser que con cierta preocupación) lo que aquí sucede y luego, para el mundo.

Van der Bellen, bebiendo de una tradición de siglos, como no podía ser de otra manera en este pueblo, en cuyo seno la tradición es ley más que la ley misma, se dirigió a Kurz con estas palabras:

-Tomando como base el resultado de las elecciones le confío al señor Ministro de Asuntos Exteriores y Jefe del Partido Popular Austriaco, Sebastian Kurz, como representante del partido más votado , que establezca las recomendaciones para la formación de un nuevo Gobierno.

Aclaro que, según la ley austriaca, el Presidente de la República, como en el caso de España el Rey, le encarga a alguien (que suele ser el jefe del Partido más votado, aunque no tiene por qué) que le presente una lista con los miembros del nuevo Gobierno, lista que el Presidente luego tiene que sancionar, como trámite necesario para que el nuevo Gobierno, como el Gólem, sea llamado a la vida.

En esta clave hay que leer las palabras que Van der Bellen dijo después, un poco para tranquilizar al electorado primero, a Europa después y por último al mundo en general, y otro poco para salvar su reputación de hombre progresista que dijo que jamás le encargaría a Heinz Christian Strache la formación de un Gobierno, incluso en el caso de que Strache fuera el político más votado (lo que, afortunadamente para Van der Bellen, no ha sucedido, de manera que no se ha visto en el brete de tener que demostrar que la cosa iba de veras).

Tras encargarle a Kurz la formación del Gobierno, pues, Van der Bellen explicó que iba a mirar con lupa la lista de nombres que Sebastian Kurz le iba a presentar, para que quedase garantizada la defensa del interés general tanto de Austria como de sus ciudadanos.

Van der Bellen explicó ante la prensa lo que esperaba del nuevo Ejecutivo austriaco, empezando porque fuera un gobierno europeísta, que se llevara bien con las otras fuerzas políticas (o todo lo bien, se supone, que conlleva la brega parlamentaria), que atendiera a la integración de los refugiados y al respeto de los derechos humanos y que le presentara un programa para favorecer la investigación, el desarrollo y la digitalización. O sea, un poco como cantaba La Cabra Mecánica „en el mismo folio, la lista de la compra y una canción, con un cupón de los ciegos; rima la soledad, con el atún en aceite vegetal y en oferta, vaya precios sin competencia“.

Kurz, por su parte, quizá un poco como cuando cuando yo era pequeño y mi abuelo me regalaba algún libro, y me encarecía que no lo abriera mucho para proteger la encuadernación, y que lo cuidara (quizá de ahí me viene el hábito de cuidar tanto los libros y de ser incapaz de tirar ninguno al contenedor de papel para reciclar, incluyendo los manuales para programas informáticos que caducaron en el paleolítico superior) declaró que era completamente consciente de la responsabilidad que afrontaba y, procurando sonar solemne (aunque me temo que la velocidad del mundo en que vivimos ha terminado para siempre con la lentitud que exige la solemnidad) declaró que era su voluntad que el futuro Gobierno que él presidirá instalara un nuevo estilo de regir Austria (suponemos que mejor que el existente, aunque eso solo el tiempo lo dirá).

Tras esto, Van der Bellen, como es tradición, abrió una puerta disimulada en la tapicería color escarlata de la sala que en el Hofburg sirve para estas ceremonias y que conduce al despacho del Presidente. Tras ella desaparecieron Kurz y Van der Bellen y en el despacho del Jefe del Estado austriaco y estuvieron sentados tres cuartos de hora, durante los cuales, me dice mi instinto que debieron tener dificultades para encontrar algo que decirse, cosa que no es tan grave de todas maneras en un país que ha elevado el „small talk“ a la altura de una de las bellas artes.

Todo este largo preámbulo dio el proverbial (y manido) pistoletazo de salida de un minué cuya convención fundamental es que los jefes de los diferentes partidos políticos austriacos no tienen ni la más mínima idea de los programas políticos de sus oponentes y para enterarse protagonizan lo que, en el argot, se llaman „conversaciones de acercamiento“, las cuales se han iniciado sin pérdida de tiempo hoy mismo, para favorecer otra ficción convencional, esto es, la de que los políticos están preocupados por la existencia de un vacío de poder (que nunca llega a producirse, porque mientras tanto la maquinaria del Estado austriaco sigue funcionando sin ningún problema) y quieren llenarlo.

Para que las conversaciones, aunque fueran de acercamiento, fueran reales y no un paripé, tendrían que tener algún contenido, cosa de la que carecen, porque los jefes de los partidos no negocian de verdad (como la convención exige que todos creamos) sino que hay otros señores, demasiado feos o antipáticos para salir en la cartelería electoral, que llevan meses negociando por ellos. Incluso desde antes de que las elecciones se celebrasen. Hoy, para calentar, Kurz ha quedado con el jefe de los Neos y, después, con Strache, con quien ha estado una hora sentado en las oficinas centrales del Partido Popular, sitas detrás del ayuntamiento de Viena.

Al salir de la reunión ambos han valorado su encuentro „muy positivamente“ en un ritual tan poco espontáneo como el teatro tradicional japonés y han dicho las cuatro vaciedades que se espera de ellos en estos casos y que son absolutamente intercambiables con las que diría cualquier entrenador de fútbol valorando el resultado de un partido amistoso.

Y es que, señora, el dramatismo en política es de una ordinariez inenarrable.

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