Siegfried, su mujer y otras cosas de meter (1)

El jueves será la fiesta nacional austriaca, así que para celebrarlo vamos a dedicar unos días a celebrar una de las piezas fundamentales del patrimonio literario de EPR.

23 de Octubre.- El otoño fue frío en Berlín en 1922, pero dentro de los estudios de la UFA, en Babelsberg, no debía de notarse mucho. Los técnicos del estudio que entonces podía permitirse como pocos en Europa hacerle la competencia a las películas de Hollywood habían reconstruido en los hangares, de ordinario lóbregos, el luminoso claro de un bosque, un lago, un dragón (que hoy nos parece un poco como de Barrio Sésamo, las cosas como son, pero que entonces era tecnología punta de efectos especiales) y se disponían a rodar, bajo la dirección del vienés Fritz Lang, una de las escenas fundamentales de la Historia del Cine y una de las escenas fundamentales de una de las películas fundamentales dentro de la Historia del Cine: Los Nibelungos (Die Niebelungen).

En ella, el pobre dragón está dando las últimas boqueadas, abre la boca de cartón y uno hasta le tiene un poco de pena. Un hombre joven y atlético, con un pelucón rubio peinado como si un viento furioso le estuviera removiendo los cabellos (el agujero de la capa de ozono probablemente tuvo su origen en las descomunales cantidades de laca Nelly utilizadas en esta producción), desnudo, está metido en la laguna. Para que no le veamos el culete, hay una piedra estratéticamente colocada, pero el resto de su espléndida anatomía curtida a base de escalar los Alpes es perfectamente visible. Cuando Fritz Lang grita acción, un pianista empieza a tocar una música para que el desnudo, bajo el asfixiante calor de los focos, se meta en situación y en el agua de la fuente, que está teñida de negro (en la pantalla, será la sangre del dragón y, por lo tanto, todo el mundo asumirá que es roja).

El actor se llama Paul Richter, es un vienés que ha conseguido sobrevivir a esa carnicería provocada por los nacionalismos a la que, por convención, llamamos primera guerra mundial (también conseguirá sobrevivir a la segunda) y encarna aun personaje fundamental de la cultura alemana: Sigfrido, su Mío Cid, el Luke Skywalker del medievo, el Indiana Jones, el Hércules de las sagas nórdicas y germánicas y en gran parte gracias a su interpretación y a las hipnotizadoras imágenes creadas por Fritz Lang con la ayuda de otro vienés, Carl Otto Czeschka, los Nibelungos y su historia han seguido formando parte de la cultura universal.

¿Los Nibelungos? Se preguntará el curioso lector ¿Y qué tienen que ver los Nibelungos con un blog que se llama Viena Directo? Pues mucho, querido lector. Porque gran parte del Cantar de los Nibelungos se gestó en la Historia y en la Literatura, en las tierras que el Danubio riega con sus oleosas y azules aguas. Y dado que esta semana es la Fiesta Nacional, pues qué caray, le vamos a dedicar una serie a ese patrimonio inmaterial de EBR (o sea, Esta Bonita República)

Así pues, retrocedamos.

Unos setecientos años antes de que Fritz Lang diera la primera vuelta de manivela en los estudios de la UFA, Europa era muy diferente de la que conocemos hoy. Una de las diferencias fundamentales era que había muchísimas menos posibilidades de entretenimiento de las que tenemos hoy en día. La mayoría de la gente no sabía ni leer ni escribir pero como una de las aficiones más consistentes de la Humanidad a lo largo de su historia ha sido la de escuchar cuentos, un grupo de hombres, dotados de labia sin igual, habían descubierto una oportunidad de negocio e iban de pueblo en pueblo contando más o menos todo el rato las mismas cosas. En general, noticias recogidas de la tradición oral que ellos iban adornando para hacérselas más atractivas al público. Estas tradiciones fueron cristalizando alrededor del 1200.

En algún momento, alguien, probablemente un monje, que gustaba de oir estas historias y al que ya le empezaba a fallar la memoria (en aquella época, por necesidad, la gente aprendía muchas más cosas de memoria que hoy) puso por escrito, quién sabe si para su propio uso y quién sabe si tomándolas por hechos históricos, las canciones que escuchaba de los trovadores. Una historia apasionante de amor, sexo, traición y poder que tenía todos los ingredientes (la música también) para capturar la imaginación de un público que aún no había perdido la inocencia.

Articulo publicado en Historias de la Historia. Guarda el enlace permanente.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Follow Me