Día de difuntos

Cada vez que uno de nosotros muere, muere con nosotros un trozo de la Historia de la que fuimos testigos y partícipes.

1 de Noviembre.- Cada vez que uno de nosotros muere, muere también un trozo de la Historia, de la que fuimos testigos y partícipes.

Ayer falleció, a los noventa y seis años de edad, el Sr. M., un hombre que fue testigo de primera mano de la Historia de Austria durante el penoso siglo veinte.

A eso de las doce del medio día, las empleadas de la residencia en la que vivía, no lejos de la que, durante treinta años, había sido su casa, llamaron al médico para decirle que creían que el Sr. M. había entrado en la agonía.

Llevaba postrado en cama varias semanas, apenas una sombra de lo que fue. Cuando la doctora llegó a la residencia, se dio cuenta de que las empleadas tenían razón y avisó a su familia. Acudieron dos hijas y un hijo, y algunos de sus nietos. Se hizo el silencio alrededor del enfermo.

En la habitación solo se oía su respiración trabajosa, el siseo del aire al pasar por el líquido que ya le rebosaba de los pulmones, debido al debilitamiento del corazón. Una de sus hijas se sentó a su lado y le cogió la mano, ya casi inerte. El hijo que en sus últimos años se había ocupado de él y administrado sus bienes, sabiendo que, durante toda su vida su padre había sido un hombre correcto, pero más bien distante, al que nunca le había gustado que le tocaran, prefirió sentarse junto a él y empezó a hablarle bajo con tranquilidad:

-Papá, no te preocupes, ya te puedes ir tranquilo, estamos aquí todos y todo va a salir bien.

En un momento, de manera algo incongruente, le dijo:

-Papá, no tengas cuidado, que antes de que te vayas ya hemos cerrado todas las puertas -quizá porque al Sr. M., en vida, siempre le preocupó mucho que los ladrones entrasen en su casa.

Un poco antes de morir, y como si quisiera dar a entender a su hijo que había comprendido su mensaje y que estaba listo para partir, el Sr. M., que llevaba semanas con los ojos cerrados, como si tenerlos así le aliviase del esfuerzo de seguir existiendo, los abrió. Poco después, su respiración se fue apagando y murió.

Eran las dos y veinticuatro minutos del mediodía.

Los empleados de la funeraria aún tardaron un poco en llegar. Mientras tanto, sacaron del armario el traje oscuro que el Sr. M. había utlizado en sus últimos años para ir a los entierros, una camisa y una muda para amortajarlo. A pesar de que también habían traido unos zapatos, los hijos se enteraron de que la ley austriaca no permitia enterrarle con ellos.

El Sr. M. había llegado a Austria al final de la última guerra mundial, como refugiado. Había escapado de un campo de prisioneros que los partisanos de Tito establecieron en el pueblo en donde había nacido, en el Banato, entonces Hungría, tras la guerra, Yugoslavia, y hoy Serbia.

Con otros tres compañeros de cautiverio, había caminado durante un mes, durmiendo de día escondido entre las plantas altas de los sembrados y caminando de noche. De milagro consiguieron llegar a Burgenland, en donde fueron acogidos por la Cruz Roja.

Cuando el Sr. M. llegó a Austria lo había perdido todo y no sabía tampoco si el resto de su familia vivía. Estuvo sin saberlo durante dos años, hasta que, a través de aquella Europa en ruinas y por medio de la Cruz Roja, su hermana, su cuñado, su sobrino y sus padres consiguieron localizarle. Estaban en un campo de refugiados en las afueras de Munich. El Sr. M. se reunió con ellos. Se discutió la posibilidad de establecerse en Alemania, ya que al fin y al cabo ellos eran Volksdeutscher (o sea, descendientes de los colonos suavos con los que la emperatriz Maria Theresia había poblado los yermos que los turcos habían dejado a su paso). Prevaleció sin embargo la opinión del padre de la familia y todos decidieron entonces que Austria era su patria. El Sr. M., por cierto, siguió siendo húngaro hasta 1952, momento en el que obtuvo la nacionalidad austriaca.

Al llegar a Austria el Sr. M. solo contaba con su gran inteligencia, sus dos manos, sus conocimientos de mecánica y toda la energía de sus veintipocos años. Primero se empleó en un taller, con cuyos dueños tuvo amistad hasta el final de sus días, y después, fue a Alemania a formarse y se estableció por su cuenta. No se casó hasta mucho más tarde, cuando ya era un empresario próspero. Lo hizo con una mujer más joven que él, que le dio cinco hijos, uno de los cuales, un varon, murió a muy corta edad.

En sus últimos años, el Sr. M. tuvo mucho tiempo para pensar. Cuando ya la desmemoria empezaba a rondarle, contaba recuerdos de Molidorf, el lugar en el que había nacido y la historia de un amigo suyo, adolescente, que había muerto de una septicemia causada por una herida tonta que se había hecho jugando al fútbol. Los partisanos de Tito no dejaron que el médico le diera las medicinas que le hubieran salvado la vida.

Ayer, a las dos y veinticuatro minutos de la tarde, también este chico falleció para siempre. Probablemente, el Sr. M. era la única persona viva que quedaba que le había conocido.

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