Canapés y vino español

El artículo 155 se ha hecho famoso en Viena también, y uno de sus efectos se ha hecho sentir en esta ciudad muy directamente.

2 de Noviembre.- Quizá por la cobertura que los medios austriacos están dándole al tema, los aborígenes están muy informados de todo lo que está sucediendo en Cataluña. Los medios locales abren día sí y día también con las aventuras (más entretenidas, cada día que pasa) del expresidente devenido en nuevo vecino de Bruselas. Incluso no ha faltado comentarista ingenioso que haya reparado en que Puigdemont, en alemán, se puede descomponer sin muchos problemas en Putsch (golpe, de estado, se entiende) y Dämon (o sea, demonio).

El comentarista ingenioso era, naturalmente, partidario del orden constitucional (español) y es muy poco probable que se hubiese atrevido a hacer el mismo chiste si el president de la Generalitat, en vez de haber sido catalán, hubiera sido, por ejemplo, de Linz.

En „finz“.

De resultas de este fenómeno peculiar, han llegado al debate público austriaco, incluso a las escaramuzas domésticas, cosas que uno hubiera creido específicamente españolas, como por ejemplo todo lo relativo a la aplicación del artículo 155.

Así, madres enfurecidas ha habido que han amenazado a sus retoños con dejarles caer encima todo el peso de la ley y privarles de decidir sobre el destino de su paga semanal si persistían en gastársela en chuches o en cromos de Panini, o adolescentes que habrán clamado a su derecho a la autodeterminación e invocado su derecho a decidir marcándose una EUE (o una DUI) en el caso de que sus padres se empecinaran en recriminarles el pasarse todos los fines de semana en la Prater Sauna (famosa discoteca local) en donde dicen los que entienden que los bailongos más bizarros se ponen hasta los genitivos de pilulas de colores y de humos tóxicos de los que te hacen volar.

Pocos han reparado, sin embargo, en una ramificación del famoso artículo que afecta directamente a la ciudad de Viena, y es que uno de los resultados más directos de la aplicación de esta norma ha sido el cierre de la „embajada“ que la Generalitat tenía abierta en esta bonita ciudad en donde el espíritu de Mozart sigue rondando por las esquinas (las comillas no son mías, aclaro, sino de Die Presse).

Dicho establecimiento diplomático de fogueo, según se ha demostrado desde que se abrió en 2015, ha servido para bien poca cosa desde el punto de vista práctico, ya que los que acudían a él no podían ni renovarse el pasaporte, y los hay que dicen que, en el diccionario, al lado de la definición de „mamandurria“ viene una foto de dicho establecimiento, y las lenguas de doble filo afirman que la dicha mamandurria estaba montada para que hubiera una serie de señores y señoras que vivieran del cuento a costa del erario. No seré yo quien lo diga, por supuesto, porque yo soy enemigo de toda maledicenci. Yo estoy seguro de que en la embajada de la Generalitat se trabajaba de manera incansable (no al gusto de todo el mundo quizá, pero oye, yo tampoco escribo al gusto de todos, y mira).

Lo cierto y verdad es que durante este bienio, las autoridades austriacas le han hecho el ignorito más completo al embajador catalán al cual se ha visto, muy digno, pero más solo que la guán, en todos los actos oficiales en donde hubiera canapés y almendras tostadas (como es natural, el Sr. Embajador evitaba aquellos actos oficiales en donde se sirviera „vino español“, como dicen en los ecos de sociedad del ABC, porque hay que encontrar un ten con ten entre promocionar la causa y ser consecuente).

Él intentaba, eso sí, arrimarse a las autoridades en las fotos, a ver si le sacaban o algo.

Nada más le veían, las autoridades de EPR preguntaban:

-Oiga usted, y ese señor del bastón ¿Quién es?

Y alguien susurraba:

-Es el embajador catalán.

Entonces, las autoridades mandaban a un propio.

Guten Tag.

-Guten Tag -contestaba el embajador, porque aparte de un catalán perfecto, habla un alemán muy potable.

-Que dice Herr President que hoy tampoco puede recibirle, que le es remotamente imposible.

-Vaya, Schade ¿Y no me podría hacer un huequecillo?

-Me temo que nein.

Y el propio movía la cabeza para un lado y para otro, como con lastimica, y el embajador cantaba la célebre copla de Concha Piquer. Esa que dice:

-Yo soy la otra, la otra, que a nada tengo derecho, porque no tengo un anilloooooo con una fecha por dentrooooooo

Y el propio seguía:

-No tiene ley que le abone, ni puerta donde llamaaaaaaaar y se alimenta a escondíiiiiaaaaass de nuestros besos y nuestro pan.

Y le tendía un canapé de salmón ahumado y una copichuela.

Desde hace unos días, el señor embajador catalán en Viena, lo mismo que el de Roma y otros como él, entretienen sus ocios de parado, quién sabe si resignados a lo que tenga que venir o diciendo lo que McArthur: „Volveré“.

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