Pero solo un poco

Los árboles mueren de pie. El general Custer murió con las botas puestas. Y Peter Pilz parece que tiene intención de retirarse (pero solo un poco).

6 de Noviembre.- Hace años tenía yo un amigo el cual, aunque era insolitamente inteligente, estaba también bastante mal de la cabeza (y esto, como dicen en Cádiz, no es criticar, es referir).

A todo el mundo nos pasa que, por lo general, apreciamos poco las cosas que tenemos, de manera que este chico apreciaba muy poco su inteligencia y se moría por lo que a él le parecía que no tenía: esto es, éxito con las mujeres. Un día, estando los dos en la estación de metro de Antón Martín, esperando la llegada del ferrocarril suburbano, mi amigo el inteligente (el cual, ahora que lo pienso, quizá no lo era tanto como a mí lo me parecía entonces y en realidad lo que tenía era un empacho de lecturas mal digeridas) me preguntó:

-Paco, si tú pudieras ¿Qué pedirías, inteligencia o belleza?

Yo contesté sin dudarlo que inteligencia. Y aún contestaría igual (también porque ya me he mentalizado de que lo mío no tiene remedio).

La belleza, si bien se mira, se pone pocha y caduca, en tanto que la inteligencia, aunque también se chafe en algún momento, bien cuidada puede durar incluso hasta una edad provecta y, bien usada, producir placeres que el sexo, por ejemplo, no puede garantizar ((aunque como todo el mundo sabe, donde esté una buena corrida ya pueden quitarse el fútbol y hasta los toros). Por no hablar de que nunca sobra, ni nadie es nunca lo bastante inteligente.

A mi amigo esta respuesta mía le dejó pensativo. El caso es que tomó nota y, cuando el convoy entró en la estación de Antón Martín, la cual, sino me falla la memoria, es en curva, tuvimos cuidado de no introducir el pie entre coche y andén al subir y nos perdimos por los túneles y por el tiempo ya lejano de nuestra juventud.

Me ha venido este examigo a la memoria (examigo porque él rompió nuestra amistad, no porque a mí me fallase la paciencia para soportarle) porque al leer sobre un personaje público austriaco, he creido reconocer también en él ese orgullo que tienen las personas sumamente inteligentes y que, paradójicamente, les impide ver cuándo han llegado al momento del frío y del Game Over.

Como recordarán mis lectores, el sábado, el diputado electo Peter Pilz convocó a los medios austriacos para una rueda de prensa en la que anunció, de manera indubitable su retirada de la política (bueno, su paso a la retaguardia de la política, porque anunció que iba a renunciar a su acta de diputado para defenderse de las acusaciones de acoso sexual reveladas por el semanario vienés Falter).

Desde que sucedió eso, y apenas han pasado dos días, Peter Pilz ha mandado mensajes contradictorios a propósito de lo que va a pasar con él en el futuro, e incluso ha dado motivos para que algunos hagan cábalas con un posible parlamento en el que Peter Pilz ocupe su lugar (autoimpuesto) como conciencia de la clase política de EPR. O sea: ha dado unos bandazos muy poco típicos de él y que solo se explican si uno se hace a la idea de que para el tipo de hombre que es Peter Pilz (y el tipo de hombre que era y supongo que sigue siendo mi amigo) la política, en lo que tiene de pelea y de épica y de demostración de la propia inteligencia y del propio don de palabra son algo adictivo, drogas duras que necesitan como el yonki necesita una papelina o la folklórica madura necesita a su público.

Como un pez cogido en el anzuelo, que mueve las branquias horrorizado al enfrentarse a la idea instintiva de la muerte, está claro que Peter Pilz no puede aún explicarse que todo esto le esté pasando al hijo de su madre. Casi da ternura verle ante las cámaras defenderse, jurando volver y airear las celadas, las asechanzas, las conspiraciones que le han puesto fuera de juego.

La pregunta, sin embargo, es ¿Le han puesto fuera de juego? Pues a lo mejor sí, y a lo mejor no. Después de haber estado todo el día deshojando la margarita, parece ser que Peter Pilz no va a tomar posesión de su acta de diputado. Eso parece ser que está bastante claro. Pero ¿Es este hecho reversible? Según la legislación austriaca, para que un diputado electo deje de serlo existen dos posibilidades. La primera es la renuncia al escaño. O sea, el señor o la señora no toman posesión de su acta y el siguiente de la lista electoral que hubiera tenido derecho al escaño. Esta renuncia es reversible. En cualquier momento, sin embargo, este proceso se puede revertir. O sea: basta con que el que le está calentando el banquillo al que renunció deje su lugar para que el renunciante, en este caso Pilz, vuelva a poder ser diputado. La segunda posibilidad, la que de verdad demostraría que Pilz tiene voluntad de dimitir, no sería la renuncia (Verzicht) de la que él habla todo el rato, sino la de eliminar su nombre de la lista electoral.

¿Lo hará? Parece ser que el miércoles sabremos la respuesta definitiva. De momento, Pilz está en el plató de una tele sensacionalista. Haciendo terapia, se conoce.

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