Expreso de las ocho a Chiquitistán

¿En qué reside ese lazo que nos une a los cómicos a los que más amamos? En Austria hay dos casos que pueden explicarlo.

11 de Noviembre.- Hoy en Viena ha empezado a llover a media tarde, cuando en Mariahilferstrasse empezaban a cerrar las tiendas y la gente se iba a casa, cargada con las bolsas después de hacer las compras sabatinas, a prepararse para salir a cenar o al cine, como he hecho yo.

Después de hacer merienda-cena, me he ido al Apollo Kino, mi cine favorito, a ver la nueva versión de Asesinato en el Orient Exprés, la (algo añeja) novela de Agatha Christie, dirigida, producida y protagonizada por Kenneth Brannagh, en compañía de otros muchos cómicos famosos y, en algunos casos, como luego diré, entrañables.

Asesinato en el Orient Express discurre como una representación teatral de lujo. Es una película hecha en el siglo XXI pero vocacionalmente, como la mayoría de sus intérpretes, pertenece al siglo XX, ese siglo en el que yo nací y al que también pertenezco.

La novela original ha envejecido bastante mal (la pobre) pero se entiende que Kenneth Brannagh haya querido hacer una película con ella. Y no solo por el lucimiento que le proporciona interpretar a un personaje, el de Hercules Poirot, que se ha convertido en un clásico de la cultura popular. Es el mismo prurito de hacer algo técnicamente muy complicado que ya acometió a Alfred Hitchcock cuando hizo Náufragos o a Pedro Almodóvar cuando se lanzó a filmar Los Amantes Pasajeros, una película de cuyo aspecto técnico se ha hablado más bien poco, teniendo en cuenta, sobre todo, que el resultado final del film fue bastante más modesto de lo que suelen ser las películas de Almodóvar.

En Asesinato en el Orient Expréss, como decía, salen algunos cómicos antiguos, de esos a los que uno, a fuerza de verles, les ha cogido cariño. Por ejemplo, Derek Jacobi el cual, a sus casi ochenta años (los cumplirá, si Dios quiere, el veintidós de octubre del año que viene) luce una piel de anciano quebradiza, suave y blanca (nada que ver con la mala cara, por cierto, que tiene Johny Depp, al cual, el día menos pensado, le va a pasar como a la Princesa de Sabina, por estar siempre entre „la cirrosis y la sobredosis“).

Derek Jacobi es un actor muy prestigioso, que hace siempre más o menos el mismo papel, pero que para muchos, entre los que me incluyo, será siempre Tiberio Claudio Druso Nerón Germánico esto y lo otro y lo de más allá (por la estupenda adaptación que la BBC hizo de Yo, Claudio, de Robert Graves) y por eso, siempre que salga él en una película, iremos a verla, como se visita a un viejo amigo que nos hace reir y en cuya compañía nada malo puede pasarnos.

Pensaba yo, mientras veía al señor Jacobi, en ese lazo que se anuda entre los cómicos y nosotros, su público y pensaba en el misterio de ciertas carreras actorales.

Hay algunos cómicos que gozan inmediatamente del favor del público, y otros que viven casi toda su carrera de papeles secundarios y que, a partir de un determinado momento, gozan de una madurez dulce, durante la cual el público les quiere en la misma medida por buenos actores y por seres humanos excepcionales.

En Austria hay dos casos así.

Uno el de la nonagenaria Erni Mangold, que goza no solo de una vejez dorada, sino de una lucidez que para sí quisieran muchas mujeres de cuarenta. Y el otro, es Adele Neuhauser.

Neuhauser nació en Atenas hace cincuenta y ocho años y, para los cánones que se estilan, es una mujer muy fea (a lo mejor alguno de mis lectores se acuerda de la actriz española Julia Caba Alba, pues una cosa así). Sin embargo, cuando uno la mira y escucha lo que dice, uno no puede dejar de sentirse invadido por una calidez muy agradable, por lo que podríamos llamar el fulgor del alma de Adele Neuhauser, ese que nace cuando una persona da a entender que es un ser humano como nosotros y que, como tal, nada de lo que le pasa a los seres humanos le es ajeno.

Sin querer comparar a dos personas que son incomparables, es la misma sensación de estar ante una persona de enorme estatura moral que uno tiene cuando escucha hablar a Bibiana Fernández. Uno tiene la sensación de que, si el mundo fuera justo, esas dos personas tan inteligentes, tan profundamente humanas, de una calidad moral tan superlativa (y en este caso la palabra calidad puede adoptar más de un sentido) deberían estar haciendo algo mucho más importante y decisivo para la comunidad de lo que hacen. Bibiana Fernández, es bien sabido, tiene una relación más bien tensa con la ortografía, pero Adele Neuhauser ha escrito varios libros, en el último de los cuales relata las pérdidas (separadas por muy poco tiempo) de su padre, de su madre y de un hermano muy querido muerto a causa de la leucemia y la manera en que ella ha afrontado esas pérdidas irreparables y ha tratado de hacer que la mejorasen como ser humano.

Quizá la explicación del lazo que nos une a los cómicos que nos gustan resida en que nos damos cuenta de que su trabajo de actores les nace de un sustrato del alma que pertenece a la verdad universal de la especie. Lo mismo en Adele, que en Erni, que en Derek, que en Alfredo (el insuperable Alfredo Landa), que en Sara (la Montiel), que en Lola, que en Maria (la Felix), que en Chavela (la Vargas) que en Rocío o que en Chiquito, cuya pérdida lamentamos hoy y que ha hecho que el mundo sea un poquito peor que hace veinticuatro horas.

Sin embargo todos sabemos que estas personas a las que he nombrado y tantas otras en realidad no se mueren, sino que como el agua cuando pasa a ser vapor, solo cambian de estado, convirtiéndose en la materia de la que están hechos nuestros sueños.

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