Henry James en el Waldviertel

A los que vivimos en ciudades grandes, ciertas cosas no nos sorprenden ya. Pero en el medio rural, muchos viven como Henry James.

16 de Noviembre.- En algún momento de abril de 1992, coincidiendo con el día del libro, se puso cerca de mi casa de Madrid, en la Plaza de la Fuente, un mercadillo de libros de ocasión. Cuando yo pasé, debía de tener un día de suerte, porque los volúmenes que compré aquel día me acompañan todavía hoy.

Uno de esos libros es uno pequeñito, apenas más grande que mi mano derecha, el cual he releido muchísimas veces. Se trata de Washington Square, de Henry James. Un libro cuya historia es tan redonda como un cuento de hadas y, al mismo tiempo, tan compleja y tan cruel como la vida misma puede serlo a veces.

Henry James consiguió el milagro de que el lector crea que los tres personajes principales, o sea, el Doctor Sloper, Catherine, su hija, y el pretendiente Morris Townsend, sobre los que se apoya una trama que solo superficialemente puede considerarse sencilla, son seres humanos de cuyas motivaciones y auténticas intenciones, como sucede con los seres humanos de verdad, no lleguemos nunca a saberlo todo. El final del libro es hoco y triste, y quizá la voluntad de Henry James de llevar su regalo por el camino de la lógica, y no por el camino de un final feliz convencional, hablan de la estatura de este escritor que murió en 1916, poco antes que el emperador Franz Josef.

Estos días atrás, fui al Film Casino de Viena a ver una película inglesa. Se llama God´s Own Country y aunque me gustó, más tarde, al recordarla, empezó a molestarme (a veces pasa) y precisamente por la razón contraria por la que tanto me gusta Washington Square. GOC trata de una realidad que, con los mínimos cambios idiomáticos (del cerrado dialecto escocés al cerrado dialecto de, por ejemplo, el Waldviertel) podría transplantarse perfectamente a la Austria rural. Veamos:

En algún lugar de Escocia, vive un hombre joven, no demasiado culto, no demasiado comunicativo, no demasiado emocionalmente inteligente, cuya vida discurre en compañía de su padre paralítico y autoritario (con el que se entiende fatal) y su abuela en una granja apartada. La vida en estas condiciones, como puede suponerse, es durísima, porque además, él solo se tiene que hacer cargo de un trabajo durísimo como es el del campo.

Nuestro hombre solo tiene dos válvulas de escape: el alcohol (se emborracha como solo un inglés sabe emborracharse) y el sexo ocasional y furtivo con otros hombres.

Un día, coincidiendo con un pico de actividad en la granja, el padre contrata a un peón rumano para que le ayude. El peón rumano, aparte de guapo, es un hombre culto y, en general, apañado, que lo mismo plancha un huevo, que fríe una corbata que ayuda en el parto de una oveja.

Precisamente debido a las necesidades del trabajo, el escocés y el rumano se ven obligados a pasar mucho tiempo en un aprisco. En un momento dado, la tensión sexual no resuelta se descarga y terminan acostándose, de manera que forjan una relación sentimental.

A partir de ahí, la historia, que empezaba en un plan realista y con un tratamiento a un milímetro del documental, empieza a apartarse de esa línea sin prisa pero sin pausa. Y empieza a hacerlo porque al director, se intuye, le da lástima que a sus personajes les pase lo que les pasaría probablemente en la vida, así que les da el destino que a él le parece que deberían tener.

Y así, si la primera parte es un poco La Leyenda de Kaspar Hauser, la segunda es un poco Pretty Woman (Pretty Man, vaya). Mágicamente, el árido páramo inglés se transforma en un lugar totalmente amigable, en donde no solo le importa a nadie que nuestro protagonista sea gay, sino que su padre, que en la primera parte de la película era un energúmeno, incluso habla con él abiertamente sobre su homosexualidad sin ningún problema.

No sé en Escocia, pero en Austria (como en España, me temo) los gais lo tienen muy difícil en el medio rural.

Confluyen para ello varias razones. En primer lugar, el machismo ambiente, que facilmente degenera en homofobia (quizá una variante de la „diferente-fobia“ reinante en todas las comunidades pequeñas). Luego, el peso de la religión y sus prejuicios en la vida pública. Por no hablar de la dificultad de conocer gente con la que entablar relaciones (y que no se da, naturalmente, solo en los gais, sino también en cualquier persona que tenga más de treinta años „y no se haya recogido“).

Todos estos factores hacen que muchos gais y lesbianas austriacos que viven en el medio rural se vean condenados a ocultar su condición en sus entornos más inmediatos, a veces para durante toda su vida, y busquen libertad y anonimato en las ciudades grandes que les queden más cerca.

Henry James les hubiera entendido perfectamente. Vivió toda su vida aterrorizado ante la perspectiva de que alguien hiciera pública su homosexualidad. A su muerte, su familia continuó bajo ese terror y, como le sucedió a la familia de García Lorca, quizá pensando que la sexualidad de James pudiera afectar a la valoración de su obra literaria, se esforzó en impedir que se publicase cualquier documento que pudiera, siquiera, dar pie a que todo el mundo supiera una verdad que hoy en día, por lo menos en los núcleos grandes de población, nos importa un pimiento a casi todos. Sí, ya lo sé. Lo bueno sería poder escribir la frase sin el „casi“. Quizá algún día lleguemos a verlo.

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