Miedos y frikismos

Una consultora ha hecho un estudio a propósito de las cosas que los austriacos temen y, la verdad, no parece que calibren bien los riesgos.

23 de Noviembre.- Hoy voy a contar una cosa que no he contado nunca, en ningún sitio. A nadie. Ni siquiera de mi familia.

Cuando yo era muy pequeño, más o menos con cuatro o cinco años y hasta los siete o los ocho (tres años son tres siglos en la diad de un niño) de pronto, quién sabe por qué, empecé a tener miedo. Mucho miedo. Terror. Un terror que oscurecía el sol. Que era frío, constante, incisivo, desasosegante ¿Me daba miedo que me dejaran solo mis padres? No, porque me parecía inconcebible ¿Me daba miedo el colegio? No, no necesariamente. A mí, lo que me daba miedo era la guerra. Que estallara una guerra. Una guerra nuclear.

Recuerdo ir por la calle de la mano de mi madre, calle Real abajo, a comprar, en mañanas que, en mi recuerdo, siempre están nubladas. Recuerdo el tacto frío de las patillas de las gafas (unas gafas de metal, doradas, que aparte de ser carísimas, sobre todo teniendo en cuenta el poder adquisitivo de mis padres, pesaban un quintal, porque entonces aún los cristales de las gafas eran de cristal de verdad y no de polímeros, como ahora). Y recuerdo el ir pensando, con un nudo en el estómago, que qué pasaría si había una guerra nuclear ¿Podríamos escondernos? Yo había visto en la televisión que, en las guerras nucleares se moría todo el mundo y que era difícil, si no imposible, escaparse y no terminar hecho un torrezno. Todos los días, cuando en mi casa se veían las noticias y mientras los demás niños estaban preocupados de otras cosas (yo qué sé, de si Schuster o Rumenigue metían goles o no, esas tonterías que ahora no le importan a nadie) yo acechaba lo que decían „fuentes oficiales de la agencia Tass“ e intentaba entender si la guerra nuclear era una cosa inminente o no, o si Gorbachov y Reagan se entenderían por fin y nos libraríamos de un peligro que en mi mente infantil era tan cierto. Yo creo que, entonces, empezó mi bloguerismo, antes siquiera de que existieran los blogs.

Comprendo que esto que cuento es un frikismo muy grande (sobre todo para que cupiera en un niño tan pequeño) pero prometo a mis lectores por lo más sagrado que lo que estoy diciendo es verdad y aún prometo más: que hasta hoy ha sido un secreto, porque nunca le conté a nadie lo que me pasaba por dentro y el enorme terror que la perspectiva de una guerra aniquiladora, la peor que el mundo hubiera conocido nunca, asolara San Sebastián de los Reyes, el pueblo donde nací, y Alcobendas, ciudades dormitorio y proletarias ambas, en donde Penélope Cruz y yo, ignorados el uno del otro, pasamos nuestras infancias. Todo mi Universo entonces ¿Por qué? Pues no lo sé ni yo mismo. Pero lo cierto es que fue así.

La guerra nuclear era, entonces como hoy, algo posible, pero lo cierto es que había cosas que tenían más probabilidades de pasar y que deberían haberme dado más miedo que los misiles Pershing II. Pero bueno, supongo que era la época.

Hoy me he acordado de esto porque una consultora ha hecho un estudio sobre aquellas cosas que los austriacos temen y se ha descubierto que, en resumidas cuentas, se asustan de cosas improbables (que a uno le mate un meteorito mientras camina por Mariahilferstrasse no, pero casi) y no de las cosas de las que sí que deberían asustarse y a las que consideran remotas e inofensivas.

¿Y de qué tienen miedo los austriacos? Pues a la pregunta los austriacos responden sobre todo que tienen miedo del Terrorismo y de los Refugiados.

Lo primero es comprensible, a pesar de que en Austria (toquemos madera) no ha habido por suerte ningún atentado. Y no solo es comprensible, sino que es hasta sano, porque una de las maneras de prevenir el terrorismo es estar atento. Sin embargo de los refugiados, digame usted que tienen los pobres para darle miedo a nadie. Habrá algún cafre, siempre los hay, que dirá que hay refugiados criminales. Yo le responderé que son un mínimo porcentaje de de las personas refugiadas y que, naturalmente, reciben más atención de los medios a causa de su hecho diferencial.

Los señores de la consultora dicen que los austriacos debieran asustarse más, por ejemplo, de las bacterias resistentes a los antibióticos, que sí que causarán, ciertamente, muchas más muertes que los atentados De esto deducen los señores que han hecho la encuesta que los austriacos necesitan estar informados de los peligros reales que les acechan, para que no vivan en la inopia y, como con el terrorismo, los puedan evitar. Por ejemplo, no tomando antibióticos como si fueran caramelos de menta, o comiendo menos carne, que es una manera insospechada de ingerir cosas que no tomamos en pastillas ¿Tendrá alguien en cuenta estas cosas? No parece muy seguro. Por lo menos, sin embargo, nadie podrá decir que no estaba avisado.

Articulo publicado en Austria. Guarda el enlace permanente.

3 Responses to Miedos y frikismos

  1. Luis dice:

    Hola. Para los niños del baby-boom que hoy somos señores y señoras mayores la IIIª Guerra Mundial (y Atómica) no sólo era un temor constante, sino casi una expectativa. Hoy, que no hay Guerra Fría y casi nadie piensa en esto, quizá sea sin embargo más probable gracias a Viejo Chocho y a Gordo Feo y Bajito

  2. Alberto dice:

    Qué casualidad! Yo también soy de Sanse (y recién aterrizado en Viena)

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