Buenos padres, buenos hijos

Un personaje misterioso, cuya identidad se sabe al final, dijo algunas cosas interesantes, con las que se puede estar de acuerdo o no.

29 de Noviembre.- puedo prometer y prometo que no llevo comisión, aunque quizá podría pensarlo alguien porque hoy voy a hablar también del programa de radio dominical en donde los famosos desayunan con la presentadora y le cuentan sus cosillas.

Así pues, este post empezará con la misma imagen con la que comenzó el otro, esto es, con uno mismo situado entre la bañera de su vivienda y el espejo en el que quedaba reflejada toda su atlética desnudez (o casi toda). La radio estaba encendida y por la radio hablaba la presentadora del programa (Por cierto ¿Será el presentador, el pre-sentador, o sea, el que sienta a la gente antes del espectáculo? Sí: lo sé: hoy he comido payaso). A lo que iba ¿Con quién hablaba el domingo la presentadora? Pues con un hombre a quien yo, por cierto, no reconocí en ese momento. Puse la antena para ver si el transcurso de la conversación me daba alguna pista de quién era el entrevistado y, la verdad, seguí cada vez más interesado la charla, pero cada vez con menos idea a propósito de quién era el personaje misterioso.

El hombre, con suma inteligencia y una gran elegancia -quizá la virtud de este programa es conseguir que parezca que todo el mundo es elegante e inteligente- explicaba que su madre había enfermado de demencia hacía poco y que, aunque lo sentía mucho, como es natural, tampoco veía la cosa (de momento) con tanto dramatismo, poque disfrutaba bastante aún de los ratos en que podía hablar con su madre y haciendo cosas simples con ella, como por ejemplo jugar a las cartas.

Después me metí en la ducha, así que aquí, mis lectores como yo, solo escucharán el ruido del agua y, de fondo, las voces de la presentadora y del entrevistado.

Cuando cerré el grifo y cogí la toalla, el caballero seguía allí y estaba hablando de la homosexualidad. Vaya, de la homosexualidad propia de él, vaya. La presentadora le preguntaba (es austriaca) con mucho tacto a propósito de esta cuestión que puede ser espinosa y él decía que estaba bastante contento de haber salido del armario, y que le parecía que los homosexuales en Austria estaban muy discriminados (vamos, tampoco hay que ser un lince para darse cuenta) y que, a pesar de que pudiera parecer lo contrario y todo muy normal y tal y cual, la homosexualidad (la ajena, claro) se sigue usando como arma (arma, dijo él) y que él, nuestro hombre misterioso, de quien todo el mundo ya sabía que era gay, aún tenía que escuchar a sus espaldas aquello de que ahí iba el „schwule Sau“ (el cerdo marica, más o menos) o sea, lo que Raphael, y digo yo que también, como Raphael, tendría que preguntarse muchas veces „qué sabe nadie“.

Una cosa dejó clara y fue que él nunca sacaría a nadie del armario en contra de su voluntad. O sea: que él valoraba ese tipo de cosas, como diría Belén Esteban, „muy negativamente“. Al hilo de la creencia de aquel hombre de que solo los interesados tenían derecho a decir en público „Me ponen los legionarios“ (en el caso de ellos) o „le haría un supercalifragilísticoespialidoso a Kim Kardashian“ (en el caso de ellas) presentadora y entrevistado, de la manita, se fueron de la mano al tema famoso (y a estas alturas algo sobadillo ya, el pobre) de los acosos sexuales. Yo, que ya estaba seco y olía a colonia de friccionar, apagué la radio.

Se preguntarán aquí mis lectores cómo averigüé el nombre del misterioso personaje. Pues ahora mismo se lo cuén (¿Te da cuén?).

Resulta que en estos días empieza en Viena la temporada mala para los hígados. Abren los mercadillos de navidad y la gente se trajina todo tipo de licores de dudosa procedencia (dudosa digo, porque generalmente son de garrafón). Estaba yo en la cola de uno de los puestos en donde devolver mis tazas, cuando de pronto una señora se puso a hablar detrás de mí con una amiga y le preguntó si el domingo por la mañana había oido „el arradio“ (como decía mi abuela María, la pobre). Y la otra que no, y la que preguntaba que había estado oyendo a Alfons Haider (!Ahí encajó todo!) y que había hecho una reflexión muy pertinente sobre los casos de acosos sexuales y que a dicha señora (bastante joven, por cierto) la reflexión le había parecido muy bien. Que Alfons Haider había dicho sobre poco más o menos que las mujeres que ponían a sus presuntos acosadores a los pies de los caballos debían de pensarselo mucho antes, porque dichos acosadores eran, ante todo, hombres („buenos hijos“, como los de la piara aquella, digo la manada) y que claro, estos hombres tenían churumbeles, mujeres, personas a su alrededor a las que las confesiones les destrozaban también la vida.

En fin: vino un barco cargado de opiniones y cada cual escogió la suya ¿No cre usted? Pues eso.

Articulo publicado en Austria. Guarda el enlace permanente.

Un comentario a Buenos padres, buenos hijos

  1. victoria dice:

    Si mi hijo fuera un acosador o un violador yo no podría considerarle un “buen hijo”. Y lo que destroza a las familias no es la revelación de este tipo de actos, sino los actos en sí, cometidos por estos buenos hijos. Todo el resto de ideas que no se ajusten a esto son de un machismo intolerable, a la vez que lo que se realiza es una exaltación y justificación de un delito que siempre arranca de la misma idea: que las mujeres son inferiores y que son meros objetos al servicio del varón, bien para ser utilizadas como entes reproductores siempre que éste lo desee, bien como objetos de uso y abuso sexual. Parece mentira que viviendo en el siglo XXI alguien pueda albergar (y justificar) ideas vigentes en la plena Edad Media …

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