“El muerte” llama a tu puerta

Flores de cerámica en una tumbaBeethoven, Hedy Lamarr, Kreisky…Estos días, un compañero de residencia de estos famosos recibió una carta. Ni muerto, le dejan a uno.

7 de Enero.- Una de las cosas con las que más problemas tenemos los hispanohablantes es con los géneros de las palabras. El lenguaje y sus reglas se nos graban por etapas en las meninges, y una de las cosas que antes se nos graba y que, por lo tanto, es indeleble, es el género de las palabras. Tanto es así que, cuando uno aprende alemán, idioma en el que los géneros están „cambiados“ es casi una „repuñancia“ casi física lo que nos da cuando tenemos que decir „la sol“ o „el luna“. Con „el muerte“ pasa exactamente lo mismo. Para nosotros, la muerte es una mujer (con mala leche, o piadosa, dependiendo de la imaginación y circunstancias de cada cual). Hay kilómetros de versos y cientos de obras de teatro (sin ir más lejos, los de Lorca) en donde aparece la muerte, caracterizada, para más inri, como la luna, que ya es el colmo. Pues bien: para estos hablantes de habla extraña, la muerte, es un señor. Tócate los pies.

(Por cierto, a todo esto, se dice que „el muerte“ está empadronado en Viena, por la gran importancia y más intimidad que los aborígenes tienen con él y con sus circunstancias).

Pues bien, en los años sesenta del siglo pasado, concretamente en 1964, „el muerte“ vino a visitar a un caballero que vivía en la zona de Mariahilferstrasse. Céntrico lugar de residencia, en donde todo le pillaba a mano. El difunto se llamaba Friedrich W., por cierto. De las circunstancias de su vida todo se ignora, salvo que la vivienda de Herr W. Ha permanecido desde entonces en manos de su familia. Dato importante para esta historia, por cierto.

Después de entregar los trastos de matar y tras el correspondiente velatorio, Herr W. Fue enterrado en otro lugar emblemático: el Zentralfriedhof, camposanto en el que reposan sus restos mortales.

Se conoce que Herr W. Fue un hombre prolífico y sus hijos también. La estela de su descendencia se fue abriendo de manera que, poco a poco, sus hijos, y los hijos de sus hijos, y los hijos de los hijos de sus hijos, perdieron contacto con la fuente de la que manaban sus genes. Los viejos de la familia debieron de ir muriendo, como es natural, y entre los jóvenes, a fuerza de ver pasar un año detrás de otro el día de difuntos sin visitar la huesa del abuelito, se perdió la memoria del lugar en donde Herr W. Se entregó al sueño de los que esperan la resurrección.

Sin embargo, la administración no duerme y el otro día, una bisnieta de Herr W. Que vive en la misma casa de su bisabuelo, no tuvo por menos que dar un respingo cuando recibió una carta del organismo público que administra los cementerios vieneses. Estaba dirigida al Ingeniero Friedrich W., y con gran corrección le notificaba que „Estimado señor: la lápida de su tumba se ha caido. Tiene usted hasta el veintitrés de enero de los corrientes para arreglarla“.

La bisnieta encontró el correo un tanto siniestro y se puso en contacto con la funeraria de Viena para que le explicaran cómo habían podido tener el valor (o la poca inteligencia) de escribirle a un difunto que lleva muerto más de cincuenta años, para que se ocupe de su casa.

La funeraria vienesa le contestó con tranquilidad, un poco sin entender a qué obedecía la excitación de la señora.

La explicación es administrativa más que otra cosa. Herr W., cuando era jovencito, heredó su parcela en el Zentralfriedhof de otro familiar, que había adquirido el panteón en 1912 y la noticia de su muerte (la de Herr W.) no había llegado a la funeraria vienesa.

-No es extraño -asegura un portavoz- con 200.000 clientes (Kunden, dice el andoba, que hay que tener mala sombra para el eufemismo, leche) no siempre están actualizados los datos.

Ya ni muerto, le dejan a uno tranquilo.

La familia del difunto va a arreglar la lápida y esperan que, a pesar de que „el muerte“ sea vienés, los administradores de esta bonita ciudad dejen de una vez al abuelo tranquilo.

Tengamos la muerte en paz (toquemos madera).

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