Ute Bock ha muerto

Esta noche, a las cuatro y media, ha fallecido un ser humano excepcional. No tuvo una vida fácil, fue una persona compleja. Pero su estatura es imposible de ignorar.

19 de Enero.- Hace unos años, el venerable himno nacional cuya letra compuso la poeta Paula von Preradovic, pasó por una operación de rejuvenecimiento. Si la señora von Preradovic dejó escrito (y así se cantó muchos años) que Austria era patria de „grandes hijos“, hace unos años la letra se modificó para decir que Austria era la patria de „grandes hijos e hijas“. El añadido de las mujeres al himno nacional, desde el punto de vista técnico (de la poesía, se entiende) es un pegote y, la verdad, no pega ni con cola. O sea, que no rima. Desde el punto de vista moral, es quizá otra cosa, por supuesto, porque es hora que se reconozca que Austria ha sido y es el hogar y el lugar de nacimiento de mujeres que valen y han valido mucho y le han proporcionado a la Humanidad muchos motivos para que se sienta orgullosa de ellas.

Esta noche, a las cuatro y media de la madrugada, ha fallecido una de esas grandes mujeres de las que habla el himno nacional austriaco: la señora Ute Bock.

De Ute Bock se destaca sobre todo su compromiso inquebrantable con los refugiados y los desplazados. Sin embargo uno, como ya es un caballero de una cierta edad, también percibía en el personaje algo que se podría parecer al viejo título de una vieja película de Mae West, esa que llamaba „No soy un ángel“. Con su aspecto de personaje de película de Fassbinder, su pelo no siempre demasiado limpio, su mirada aguda e inteligente, Ute Bock era lo más opuesto a una de esas santas de mirada gripal que la religión nos ha propuesto como modelo. Si algo no era Ute Bock, sospecho, era una mujer mansa y nunca quiso que lo pareciera.

Ute Bock nació en Linz (curiosamente, la ciudad que Hitler quería que fuese su refugio de jubilado siniestro) en 1942 en una familia pequeñoburguesa la cual, según sus biógrafos, estaba gobernada con mano de hierro por un padre que no ocultaba sus simpatías por el nazismo (como, por otra parte, le sucedía entonces a una parte de la población austriaca nada despreciable).

Despues de la guerra, en la triste Austria de los cincuenta y de los primeros sesenta, Ute Bock se trasladó a Viena para seguir su labor como educadora en una escuela para niños con necesidades especiales. No eran tontos, solamente eran pobres y no tenían medios.

A los veintisiete años, Ute Bock se convirtió en la directora de un hogar para jóvenes desfavorecidos (el mismo en el que ha pasado sus últimos años) en la Zohmanngasse. Allí, según ella misma dijo „repartió alguna que otra bofetada“. Al no ser Ute Bock un personaje lo que se dice sin aristas y al suscitar el odio de los sectores más mastuerzos de la ultraderecha, esta afirmación sirvió para intentar hacer pasar a Ute Bock por una maltratadora. No lo fue nunca, sospecho, sino solamente una mujer a la que la vida le había enseñado que la vida va en serio.

A mediados de los setenta, en un proceso paulatino que la llevó a convertirse en la figura que fue, Ute Bock se dio cuenta de que la procedencia de sus „clientes“ estaba empezando a cambiar. Al principio, eran sobre todo jóvenes a los que la posguerra había puesto a vivir en la calle, pero a mediados de los setenta, en un proceso que alcanzaría su pico en los noventa, tras las guerras Yugoslavas, los chavales austriacos sin medios empezaron a ser sustituidos por los exyugoslavos sin medios y por los africanos sin medios. Ute Bock tuvo la visión de que la única manera de ayudarles era integrarles y la integración pasaba porque aprendieran alemán y encontraran un trabajo.

En otoño de 1999 se produjo la llamada operación Spring, que cambiaría la vida de Ute Bock y su manera de entender el mundo de una manera decisiva. En el transcurso de una redada en el hogar para emigrantes que dirigía se detuvo a treinta personas procedentes de África bajo la acusación de traficar con drogas. El siempre dudoso Kronen Zeitung y diversos medios del mismo pelo presentaron entonces a Ute Bock como una especie de protectora del delito. Por supuesto, era mentira. Sin embargo para Ute Bock la operación Spring y todo el calvario de calumnias posterior supuso un poso enorme de amargura del que nunca se recuperó.

Cuando se jubiló, fundó su famosa asociación cuyo camino tampoco fue fácil (estuvo varias veces a punto de desaparecer). Ute Bock la salvó siempre con el coraje que la distinguió siempre, convirtiéndose así en abanderada de los que sueñan (de los que soñamos) con una Austria más justa, pero también con un mundo más justo.

Nunca fue un ángel, es cierto, pero Ute Bock fue siempre, que se sepa, una persona muy, pero que muy entera y muy decente. Y eso, en estos tiempos que corren, se agradece. Y mucho.

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