Amigos del español

Esta mañana, en las Naciones Unidas. De izquierda a derecha: Embajador de España, Gonzalo de Salazar, Embajadora de México: Alicia Buenrostro Massieu, Jordi Kuhs, Bethy de la Cruz y Paco Bernal.

Hoy nos hemos puesto la corbata y nos hemos pasado el peine para ir a un sitio muy importante. Ha sido un auténtico placer.

26 de Enero.- En esta vida, el humor no es solo justo y necesario, sino que es nuestro deber y salvación. O sea, que el humor es una cosa muy seria, porque es necesario para nuestra supervivencia.

Hoy, he estado en un lugar muy importante.

En diciembre, recibí la amabilísima invitación de la representación de México ante las Naciones Unidas para participar en una charla coloquio a propósito del uso del español en los medios de comunicación. Naturalmente, me sentí muy honrado.

Cuando, en octubre de 2006, escribí el primer artículo de Viena Directo nunca, ni en mis fantasías más salvajes, me imaginé que algún día comparecería ante una audiencia tan amable y, sobre todo, en un marco institucional de tanta importancia, para explicar mi experiencia en la elaboración, día a día, de estos artículos con los que trato de explicarles a mis lectores (y a veces, también, de explicarme a mí mismo) las quisicosas de la actualidad austriaca.

A pesar de que en estas ocasiones lo mejor para conservar la calma es tratar de actuar como si uno no estuviera nervioso, no puedo negar que hablar ante sesenta o setenta personas de algo que está tan próximo a mi corazón pero que yo veo también con mucha humildad, me intranquilizaba un poco ¿Haría uno un buen papel? ¿Conseguiría uno transmitir lo importante que es para él el idioma que utiliza para comunicarse? (bueno, esta es una pregunta un poco tonta, incluso una autopregunta un poco tonta, porque es como preguntarse a uno mismo si la madre de uno es importante para él) y, por último ¿La experiencia de uno, tan humilde, tan casera, sería útil de alguna forma no solo para el resto de los ponentes sino para el auditorio?

En situaciones como esta, y supongo que como defensa, a uno le da por imaginarse cosas y cosas que a uno, cuando se las imagina, luego le hacen gracia.

¿Lo cuento? ¿No lo cuento? Venga, va: lo cuento.

Pues resulta que el edificio de las Naciones Unidas en Viena es tan, pero tan impresionante (por lo menos las salas en donde están las salas de conferencias) que a uno le parecía que, de pronto, había entrado por una puerta en una película de Star Trek. El mismo estilo ecléctico en la decoración (cosas de todos los países, una fuente arábiga preciosa, con azulejos, una reproducción de la estela de piedra en donde Hammurabi dejó grabado su código), la misma agradable mezcla de culturas y de razas en las personas que uno se cruzaba por los pasillos. Todos charlando de cosas en apariencia civilizadas e inócuas (claro que no estábamos en la zona del complejo en donde se están desarrollando las negociaciones de paz a propósito de Siria, que aquello debía de parecer como cuando los romanos y los galos se lían a guantazos en los comics de Asterix).

Al ver todo aquello, aquella balsa de aceite, de pronto, me imaginé que estaba en una de aquellas películas de mi infancia y que todas aquellas personas venían de diferentes planetas (en cierto modo, hay muchos planetas dentro del planeta Tierra) y, supongo que para calmarme los nervios, empecé a imaginarme conversaciones entre aquellas personas que veía por los pasillos de la sede de la ONU -no cuento las conversaciones que me imaginaba porque terminaría confirmando las dudas que algunos de mis lectores puedan tener a propósito de mi salud mental-.

El caso es que con esto me he distraido y los nervios que tenía se me han pasado un poco.

De cualquier manera, el acto ha transcurrido de la manera más agradable y las cuestiones que se han suscitado han sido interesantísimas (al final de este post, encontrará el lector un vídeo con mi intervención) pero, cuando pensaba que todo había terminado, ha llegado una sorpresa estupenda y es que, en la copa posterior, han sido muchas las personas que se me han acercado para saludarme de la manera más cariñosa y para explicarme que leían Viena Directo (afirmaciones que apoyaban citando tal o cual artículo que les había gustado).

Ha sido enormemente grato y emocionante y uno ha pensado en la suerte que tiene de caerle tan simpático a tanta gente. Un placer, de verdad.

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