París bien vale una misa

El vicecanciller Strache se vio obligado a hacer ayer un insólito gesto para salvar su posición. No gustó a todo el mundo.

27 de Enero.- Preocupados como estábamos ayer de cosas muchísimo más agradables, no prestamos atención al bochinche (tradicional bochinche) que se montó en la almendra central de esta capital ayer por la tarde, ni tampoco a las (algo) esperpénticas consecuencias que dicho bochinche ha tenido en el caladero electoral de uno de los dos partidos en el Gobierno austriaco.

Como dijo Jack el Destripador, vayamos por partes.

Ayer se celebró en el Hofburg el llamado „baile de los Burschenschafter“ (este es el nombre popular, tradicionalmente lleva el muchisimo más inofensivo de Akademikerball, o baile de los Académicos). Como mis lectores quizá sepan, este baile es tradicionalmente polémico, porque en él se dan cita, anualmente, los elementos más reaccionarios de Austria y de parte del extranjero. Sería larguísimo hacer hoy aquí una lista de todas las historias picantes que ha proporcionado el baile y las violentas manifestaciones que el baile provoca todos los años. La lista de asistentes abarca asimismo a lo más conspícuo de la ultraderecha no solo austriaca, sino europea y, por supuesto, los invitados al baile han hecho también a lo largo del tiempo, declaraciones que han demostrado la relación que tienen con el pasado nacionalsocialista y lo que ellos consideran como un relato „alternativo“ del pasado del continente europeo.

Todas estas cosas, sin embargo, sucedían cuando el FPÖ no estaba en el poder y, por lo tanto, cuando Strache no tenía ninguna responsabilidad institucional. Todo esto sucedía también, por supuesto, cuando Strache utilizaba los códigos ultraderechistas más extremos para definir su marca delante de cierta parroquia.

Todo esto ha cambiado desde que el FPÖ y Strache a su frente, han entrado en el Gobierno austriaco. Personalmente, no tengo ninguna prueba de lo que voy a decir ahora mismo, pero no me extrañaría nada que, días antes de la navidad del año pasado, se hubiera establecido un pacto entre los tres hombres que sostienen el Gobierno austriaco. El presidente Van der Bellen, el canciller Sebastian Kurz y el vicecanciller Strache. El primero, hubiera permitido la entrada en el Gobierno de los elementos menos presentables del FPÖ (Herbert Kickl, por ejemplo) a cambio de que el Partido reaccionase de manera pública dura y ostensiblemente ante cualquier indicio de la presencia de criptonazis, negacionistas y demás entre sus filas.

Eso explicaría la inusitada escena que sucedió ayer en el Hofburg, cuando el vicecanciller Strache, ante la congregación de los elementos más reaccionarios del panorama europeo, abriera el baile de los Burschenchafter con un duro discurso en el que dijo, nada más y nada menos, que aquellos que fueran negacionistas (del holocausto), antisemitas o simplemente, tuvieran simpatías neonazis, no tenían ningún sitio en aquel baile (incluso les dijo, literalmente, que „ya sabían dónde estaba la puerta“).

No hay noticias de que nadie se levantara y se fuera, pero el mensaje estaba claro: aquel que se mueva, no sale en la foto.

El FPÖ lleva toda la semana intentando establecer una estrategia de control de daños a propósito del escándalo Landbauer, del que mis lectores tienen ya noticias cumplidas. Lo que, en otros momentos, se hubiera calificado como un caso aislado (de hecho, sigue calificándose así), ha pasado a ser un enorme problema de imagen para el FPÖ y su ostensible miedo (sobre todo, considerando que una cierta bravuconería es la marca de la casa desde hace muchos años), estaría explicado por el pacto del que yo hablaba algo más arriba.

El presidente VdB, por cierto, ha pedido la dimisión de Landbauer (un gesto inaudito, dado que los comicios a los que se presenta se celebrarán mañana mismo) y ha desautorizado al vicecanciller y a su Ministro del Interior, cuya línea de argumentación, hasta ahora, ha sido que el límite de lo aceptable es lo que marca el código penal austriaco. Van der Bellen sostiene que no, que no basta incurrir en delito para que un político se vea obligado a dimitir, y que el mero contacto con gente como la que, presumiblemente, compone la hermandad Germania ya basta para que un político quede absolutamente descalificado para ejercer cualquier responsabilidad, aunque sea desde la oposición.

Por cierto, el discurso de Strache no ha sido nada bien recibido por los que, durante el frío y el crujir de dientes del tiempo en la oposición, le jaleaban para que conquistara el Gobierno. Parte de la parroquia más ultra del FPÖ se ha rebelado en las redes a propósito de lo que consideran una claudicación del líder ultraderechista.

Strache debe de haber pensado que París bien vale una misa.

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