El palacio barroco y la película de espías

Un presunto caso de espionaje nos sirve para conocer mejor la sabrosa historia de un rinconcito de Viena.

3 de Febrero.- Hasta que, a mediados del siglo XIX, se derribaron las murallas de Viena, el espacio que quedaba en la ciudad para levantar edificios era muy exíguo y solo los muy ricos podían permitirse construir en las cercanías del emperador. O sea, del Poder. A su calor, como pasa hoy, se cocían todos los favores y todas las intrigas, de manera que, si uno quería ser alguien en el Imperio, había que estar en una proximidad con la persona misma del emperador que era física. Esta peculiaridad urbanística hacía que solo los muy ricos pudieran llegar a ser muy poderosos, y los muy poderosos eran los únicos que podían mantener su riqueza.

Cuando uno mira hoy los edificios de aquella época, es fácil apreciar que en el distrito central de la ciudad están todos como encabalgados los unos sobre los otros, aprovechando cada centímetro disponible y se podía decir de los nobles de entonces que vivían como piojos entre costuras y, sin duda, con mucha menos calidad de vida de la que pueda gozar hoy en día cualquier ciudadano medio.

En el año 1753 el cargo equivalente al que desempeñaba Velázquez, el Aposentador Real, que era un tal conde Ulfeld, poseía una fortuna que le permitió comprar dos edificios preexistentes en la Minoriterplatz (considerando la escasez de espacio intramuros debía de tener el riñón bien cubierto). Le encargó a un arquitecto de moda que los reformara, dándole a la fachada un estilo barroco, pero manteniendo la distribución interior en dos casas diferentes y añadiendo al conjunto un gran salón de baile.

Terminadas las obras, el conde le alquiló una parte a la embajada polaca y la otra al cuarto hijo de la emperatriz Maria Theresia, el archiduque Fernando. A mediados del siglo XIX, cuando se derribaron las murallas y Viena creció en mancha de aceite y los ricos consideraron los incómodos palacios de la ciudad interior como una cosa antigua y propia de sus abuelos, los dos edificios de la Minoriterplatz pasaron a ser propiedad de un tal príncipe Dietrichstein, que tampoco era pobre, dado que manejaba el fiedeicomiso imperial. Este Dietrichstein era un caballero que, si bien era lo que hoy llamaríamos un miembro respetado del stablishment, en privado tenía ideas avanzadas, tanto como para entregarse a una versión bastante perfeccionada del amor libre. El caballero, al que la felicidad de poseer el añejo palacio de la Innerestadt le duró solamente un año (palmó solo un año después de haber adquirido la carísima propiedad) fue el padre de varios hijos con diferentes señoras, hijos que le salieron talentosos, por cierto. El más famoso fue un gran pianista que, en su tiempo, gozó de fama mundial, Sigismund Thalberg, el cual, en las litografías del tiempo de George Sand que de él pueden verse, ostenta un aspecto melífluo e, inequívoca, la boquita adamada de su padre biológico.

Desde el año 1908 los dos palacios han sido utilizados con fines administrativos y en 1955 fueron adquiridos por el Estado austriaco. Desde que, a finales de 2017, fue constituido el nuevo Gobierno austriaco, el vicecanciller Strache va a trabajar allí todos los días (bueno, si es que va todos los días).

Fue él mismo el que, con gesto grave, se encargó de anunciar hace unos días que, quizá, había sido víctima de espionaje.

Efectivamente: durante un control de rutina los funcionarios que se encargan de la seguridad de la oficina del vicecanciller habían encontrado detrás de un espejo una serie de cables que, al principio, tomaron por los restos de una instalación eléctrica fuera de uso. Sin embargo, los agentes, hechos unos Mortadelo y Filemón redivivos, equipados con una lupa de muchos aumentos siguieron los cables y llegaron a un altavoz bastante antiguo. Un altavoz que, indudablemente, funcionaba. Como cualquier estudiante sabe, cualquier altavoz puede ser utilizado también como micrófono. Mortadelo y Filemón desactivaron el sistema y entregaron el cuerpo del delito a la autoridad competente. Se abrieron entonces muchas incógnitas que, de momento, no han sido respondidas satisfactoriamente ¿Quién colocó los cables? ¿Para qué servía el vetusto altavoz? ¿Era, efectivamente, un dispositivo de espionaje o se trataba en cambio de un apaño que permitía seguir las sesiones del parlamento cercano? No se sabe. Por no saberse, no se sabe ni quién era el auténtico destinatario de la oreja electrónica (si es que era una oreja electrónica) ¿Era el actual inquilino del despacho o era el anterior, el exministro Drozda (SPÖ)? ¿Quién puso los cables y cuándo? En cualquier caso, parece que, para que se tratara de un artefacto de espionaje faltaba lo más importante: el terminal exterior que hubiese permitido seguir las conversaciones que pasaban en el despacho. Los periódicos progresistas dicen que todo el asunto es un intento del partido derecher de atraer la atención, y que la cosa no es más que un bluff. Los conservadores ponen el énfasis en que el dispositivo „hubiera funcionado“ de haber sido utilizado para lo que se supone. No es mucho para montar un caso. En cualquier caso una historia (una historieta) más, para un edifcio con mucha Historia en sus muros.

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