Viejos Retratos de La Habana

Hoy me he encontrado con el escritor cubano Iván Darias, el cual me ha contado cosas interesantísimas. No puedo resistir la tentación de compartirlas.

16 de Febrero.- En el mundo hay fraternidades de superhéroes cuya existencia pasa casi siempre desapercibida para los que no pertenecen a ellas. Una es la de aquellas personas que nos sabemos las letras de las canciones y que disfrutamos cantándolas. Somos esa clase de gente que, cuando los cedés eran la manera preferida de escuchar música (escucha a la que se unía la sensación calmante de la posesión del soporte físico) nos comprábamos los discos originales, solo para poder tener el placer de hacer lo que casi nadie hacía: o sea, leerse el librito que venía con el disco. Y no solo leerlo, sino estudiarlo. Como primera providencia, había que saltarse esa parte en la que el artista daba las gracias a su público y a su familia y a los estupendos músicos que habían hecho de la grabación un momento de acero inolvidable, y era obligado pasar directamente a la información: a los créditos.

Así, después de una paciente investigación, descubría uno a veces historias deliciosas, como que Bésame Mucho (título malamente traducible a otros idiomas, incluido el alemán, por cierto) fue compuesta por una mexicana, Consuelo Velázquez. Mujer -casi niña entonces- de intuición y talento poético sorprendente, ya que para escribir la letra más tórrida de la Historia tuvo que arreglárselas con materiales de segunda mano. Al componer el bolero tenía tan solo dieciséis años y, hasta entonces, no la había besado nadie que no fuera de su familia.

Cuando hoy, a las cinco menos veinticinco, en el tranquilo vestíbulo de una estación de metro, me he encontrado con el escritor cubano Iván Darías, el cual (lo menciono antes de que se me olvide) presenta su libro „Viejos retratos de La Habana“ en el Instituto Cervantes el martes próximo, no podía saber aún que esta afinidad, la del placer de la música y los textos, nos unía, pero gracias a una búsqueda en internet, por la que me había puesto al cabo de la calle de su biografía, sí que estaba en condiciones de suponer que nos íbamos a entender muy bien, como así ha sido.

Mientras escribo esto, en el tranvía, con el cuaderno sobre las rodillas, tengo conmigo un ejemplar del libro, dedicado por el autor y, buscando la manera de hilvanar este artículo, rememoro las dos agradables horas que hemos pasado sentados en un café, hablando de todo tipo de cosas, disfrutando (yo) de su sólido, exacto castellano de ultramar, lleno de maneras tan hermosas de decir lo mismo que decimos en España, pero mejor, con una puntualidad más acuciosa. Castellano que ha utilizado, entre otras cosas, para describirme la peripecia de la composición del libro, cuya redacción se entrecruzó con el laberíntico proceso burocrático que le llevó, de ser un periodista del diario de Santa Clara -hermosa ciudad provincial en donde descansan los restos del Che Guevara- a ser un estudiante -“pobre“ añade siempre él- en el país de Gales, azacaneado de un lado para otro, tratando de recuperar el tiempo que había perdido estudiando en marmóreos manuales soviéticos cosas que, fuera del socialismo real, resultaban abstrusas y hasta carentes de importancia.

En estas estaba cuando una profesora le sugirió que tomase para su tesis doctoral el tema de la diáspora cubana, y que se entrevistase con compatriotas en el Reino Unido. A él, estas entrevistas le dieron que pensar.

Quizá por la tendencia que tienen todas las personas creativas a intentar buscarle a las cuestiones lados insospechados, Iván pensó no ya en los que habían emigrado, los jóvenes, sino en los que se habían quedado, en los que eran demasiado mayores o tenían demasiado lastre para empezar nuevas vidas en sitios nuevos. Y de ahí nació un libro temático que cuenta historias de ancianos. Una manera de agrupar las piezas narrativas, según Iván Darias, mucho más corriente en la esfera anglosajona que en la nuestra.

Hemos hablado del proceso creativo, de su descubrimiento de la manera típicamente anglosajona de entender el oficio de escribir, como una técnica, lo que los franceses llaman un „metier“ que se puede enseñar, lejos de la mitología romántica que rodea al trabajo con las palabras en otras latitudes y que quiere ver en el escritor una especie de zombi teledirigido por las musas, que se pone delante del folio en blanco (o de la pantalla) siguiendo un impulso irrefrenable, un Destino, un talento innato. Una persona de cuya mano salen los textos con naturalidad, terminados, sin que necesiten apaños ni pulimentos posteriores.

Es todo mentira, claro. Todos los que hemos escrito un poco (yo llevo ya casi cincomil artículos de Viena Directo) sabemos que, en esta vida, la inspiración tiene que pillarte trabajando y que la aparente facilidad es solo el producto de una calculada apariencia, una especie de vanidad que el escritor se permite. El esfuerzo, como el lujo bien entendido, debe de ir todo lo por dentro que se pueda, sobre todo para no impedir el disfrute inocente del lector.

Hemos hablado también de cómo era Cuba durante el llamado (en Cuba) „periodo especial“, o sea cuando cayó el Muro de Berlín, en 1989 y una Unión Soviética que implosionó en cuestión de meses cerró el grifo de los bienes de consumo y los cubanos descubrieron (de manera bastante cruel) que la economía de guerra podía ser posible también (!Y cómo!) en tiempo de paz.

Hemos hablado de la fiebre del reguetón en Cuba (¿Se escribirá así en el próximo DRAE?), calentura musical que ha puesto en serios apuros al Gobierno de la isla, empecinado, como todos los Gobiernos comunistas, en que los estudiantes de música dominen cánones europeos decimonónicos -mucho menos peligrosos, qué duda cabe- y de un caballero inglés, erudito, que había escrito un libro sobre él y que había defendido su trabajo con esta británica disculpa: „No me gusta, pero lo estudio“.

Como me sucede muchas veces (y lo he escrito aquí a menudo), ahora que estoy a punto de poner el punto final al artículo, me invade el pensamiento de que escribir Viena Directo es un lujo, aunque solo sea por la cantidad de gente inteligente y listísima que uno conoce por el camino. El próximo martes, en el Cervantes, tendrán mis lectores que vivan en Viena ocasión de comprobarlo.

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