Una mujer sostenida y sostenible

Eva Glawischnig, la ex lideresa de Los Verdes, ha pasado de estar „sola, fané y descangashada“ a que le den un puestazo. Hoy, desvelamos las claves.

3 de Marzo.- Cuando uno llega a una cierta edad y, por lo tanto, a unos ciertos años de experiencia laboral, es perfectamente consciente de que las empresas, cuando alcanzan un cierto tamaño, crean una serie de excedentes que pueden utilizarse para crear puestos que, en la práctica, no sirven absolutamente para nada práctico.

Se suelen dar a personas a quienes las jefaturas quieren, por lo que sea, tener contentas (a ellas mismas, o a sus familias). Hace veinte años, cuando yo empecé mi carrera laboral, estos puestos solían ser en la rama comercial y de marketing. Había personas que trabajaban (trabajábamos) de verdad y luego, esta otra gente. Si eran chicas, su misión principal en la vida era, en primer lugar, presentarse en la oficina monísimas ayudadas por todos los avances de la estética. Si eran chicos, lo mismo, cambiando las faldas por encima de la rodilla por esas corbatas de nudo gordo que parecen metáforas de alguna secreta inseguridad sobre el tamaño del propio pene (aunque a ellos, como la sociedad es tan machista, se les exigía también que hicieran gala, de vez en cuando de ciertos angligilipollismos, de uso corriente en estos ambientes). A los dos, tanto machos como hembras, también se les exigía que hiciesen siempre como que estaban atacadísimos, hasta arriba de trabajo.

Todo el mundo, por supuesto, estaba al corriente de que lo único que hacían eran cosas que no eran trabajo de verdad, aunque se pasasen el día hablando por teléfono e incluso, en los casos más extremos de incompetencia, sus jefes se las veían y se las deseaban para ponerles en sitios en donde hicieran el menor daño posible.

En la actualidad, la crisis económica ha reducido un poquito la población de esta gente que tanto y tanto adornaba el entorno de las máquinas del café y las salas de reuniones. De cualquier manera, los departamentos de marketing se han librado de esta lacra. Ahora, cuando hay alguien a quien la empresa, por la razón que sea, está dispuesta a pagar porque no haga nada, la palabra mágica es „sostenibilidad“.

En cualquier reunión tú escuchas que a alguno o alguna le han dado un trabajo como jefe „de medio ambiente y sostenibilidad“ y ya sabes que su padre es amigo del jefe o que hay alguna historia sexual por medio, o alguna cosa semejante. Es una pena, claro, porque la sostenibilidad es un problema muy serio. Pero es escuchar la palabra en una reunión y que se crucen miradas cómplices y que haya gente que se contenga para no descojonarse. Sí, sí, sostenibilidad.

Naturalmente, los afectados ponen cara como de estar haciendo una cosa supermegaimportante (tía), incluso puede que haya capítulos en el prespuesto de la empresa para que se impriman algunos cientos de folletos llenos de vaguedades en los que predomine el color verde, y haya muchos esquemitas, como para niños tontos, sobre el reciclaje de los materiales. Sin embargo, los que están en el ajo saben que la sostenibilidad, el medio ambiente y demás (con máster o sin él) no son más que cortinas de humo para disimular que el dinero empleado en el puesto en cuestión es como si se emplease en fotocopiar la guía telefónica de Pekín cincuenta veces.

Eva Glawischnig, como recordarán mis lectores, era la jefa de Los Verdes, antes de que a los Verdes les sobreviniese el diluvio y terminaran, como dice el tango, „solos, fanés y descangashados“. De eso hace un año.

En este tiempo, en Austria han pasado muchas cosas (con Los Verdes, más: que no era nada lo del ojo y lo llevaban colgando). Todos suponíamos que, mientras tanto, Glawischnig estaba recuperándose en su casa de los problemas de salud que le había causado el estrés de un mundo, el de la política, en el que reina el machismo más rancio . Tomándose tés bíos de plantas cosechadas en el Himalaya en noches de luna llena, haciendo yoga, cuidando que sus hijos no absorbiesen estereotipos sexistas, poniéndoles películas en las que predominase la diversidad (sexual, racial, política, etcétera), escribiendo cartas a las empresas que llevan centrales nucleares…En fin, esas cosas.

Ayer o antes de ayer, Eva Glawischnig salió de su retiro y lo hizo para dar una rueda de prensa en la que anunciaba que iba a trabajar en la mayor empresa de máquinas tragaperras de Austria, la cual había sido su bestia negra cuando se dedicaba a la política ¿Y qué puesto le han dado? Bingo: sostenibilidad. La palabra mágica. Ya saben mis lectores lo que significa. O sea, que le van a pagar por aprenderse la canción de „supercalifragilístico espialidoso“ al revés. O así. Quién pillara una mamandurria „sostenible“ como esa.

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