Marzo de 1938: terror y seducción (2)

La opción parecía lógica y natural, y contaba con el consenso suficiente. Algunos de mis lectores incluso se sorprenderán de hasta qué punto.

La primera parte se puede leer aquí.

6 de Marzo.- Pocos días después de que terminase la primera guerra mundial, la desbandada de los antiguos estados que componían el imperio se reveló imparable. Los nacionalismos, que a la postre habían sido los causantes de la contienda, se manifestaron sin el freno que suponía la quebrada autoridad central de Viena que había tratado de contenerlos (con un éxito mediano, en la mayoría de los casos) durante casi todo el siglo diecinueve.

El alimento de aquella fuerza imparable que reventó las costuras de la realidad de una forma violenta y rapidísima, no fue solo el descubrimiento de supuestas esencias ancestrales.

Al fin y al cabo, para ese momento, después de varios siglos de imperio habsbúrgico de variada intensidad, los húngaros, los bohemios, los que luego serían ucranianos o polacos, eran probablemente tan culturalmente austriacos como si hubieran nacido en Sankt Polten. Yo por ejemplo conocí en París a una anciana que había sido una niña en Polonia y habló conmigo muy orgullosamente en alemán. No: la fuerza que hizo implosionar la estructura del antiguo imperio fue el rencor que produjo, en las nacionalidades que se sentían periféricas, la derrota. Un rencor sordo que suele encubrirse con la alergia que todo el mundo le tiene a los perdedores.

Como un meteorito que entra a toda velocidad en la atmósfera, el antiguo imperio austrohúngaro, refulgente en su muerte, fue perdiendo trozos que salían disparados en direcciones nuevas e inexploradas de la Historia. Solo quedó un núcleo duro que coincide aproximadamente con lo que es Austria hoy en día, además de algunas islas de habla alemana desperdigadas aquí y allá por lo que luego serían los países de la órbita comunista.

El problema de la identidad se volvió acuciante. Tan acuciante por lo menos como el hambre, ansiosa, desesperada, que clavaba su aguijón de hielo en la mayoría de la población ¿Qué somos? Se preguntaban los que, por su oficio, estaban más acostumbrados a pensar. Y ponían por escrito sus pensamientos en periódicos y los gritaban desde las tribunas. Si nuestra identidad ya no se puede definir por la pertenencia a un imperio ¿Qué nos queda? Naturalmente: el idioma.

Muy poco después de que se terminara la guerra, apenas una semana después, durante aquel gélido y gris noviembre de mil novecientos dieciocho, apareció un nuevo término „Deutsch Österreich“, Austria Alemana. El antiguo sol de los Habsburgo transformado en una enana blanca. Pero austriaca, eso sí.

La nueva autoridad de aquella Austria Alemana, organizada apresuradamente en un Gobierno provisional, pensó (y el pensamiento no carecía de lógica) que el camino natural era formar un país en común con el imperio más cercano devenido en República. Casualmente, ellos también hablaban alemán. Los antiguos súbditos del Kaiser Guillermo, a diferencia de lo que le había sucedido a Austria, habían conservado después de la guerra gran parte de su territorio anterior y, con él, todas las zonas industriales que podían garantizar la viabilidad de un Estado futuro en el que, sin duda, las cosas serían distintas de cuando lo gobernaba el Hohenzoller pero en el que, por lo menos, habría oportunidades de llenarse el estómago.

En aquellos durísimos y sumamente confusos momentos, la palabra de moda era „Lebensfähig“ (en español puede traducirse por „viable“; por ejemplo cuando se habla de un feto).

Los austriacos sentían que su estado, que era el resto del Imperio que no había querido nadie, no era viable económicamente. Y tenían miedo. Tenían muchísimo miedo. El hambre que pasaban todos los días agudizaba esa percepción, naturalmente.

El Gobierno provisional de la Austria Alemana se puso pues en contacto con el Gobierno provisional alemán y le expresó su deseo de que Austria se integrara en una patria común. De hecho, en aquel momento era fácil ver el siglo XIX como una especie de paréntesis en lo que había sido una historia durante la cual la permeabilidad de las fronteras entre el Imperio de los Habsburgo y los pequeños principados alemanes había sido vista por casi todo el mundo como algo bastante natural ¿No había sido la emperatriz, hasta que había muerto asesinada, la hija de unos aristócratas segundones de Baviera? Por poner solo un ejemplo.

Debido a los acontecimientos posteriores, de la década de los treinta del siglo pasado, suele pensarse que era la derecha más reaccionaria (la que hoy se agrupa en las famosas fraternidades de Burschenschafter) la única que enarbolaba la bandera del pangermanismo. No es así. De ningún modo. Los sectores más conservadores de la nueva Austria Alemana eran, naturalmente, muy partidarios de la unión, pero también los socialistas, por ejemplo. La Internacional veía en la unión de la República Austriaca con la República Alemana una oportunidad de que triunfase la revolución y adviniese la dictadura del proletariado.

Hay que aclarar, de todas maneras, que ni los unos ni los otros, cuando hablaban de unión entre las dos Repúblicas, pensaban en un movimiento unilateral. El borrado de la frontera norte de Austria no fue concebido en ningún momento ni por ninguna de las partes como el asalto criminal, la absorción, que algo menos de veinte años más tarde perpetraron los nazis.

La recién nacida república alemana vio con buenos ojos este acercamiento que sería finalmente truncado por las condiciones draconianas que los vencedores de la guerra mundial. Fueron los aliados, en las cercanías de París, los que pusieron fin al primer acto de esta historia.

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