Marzo de 1938: terror y seducción (6)

un certificado naziEn el penúltimo capítulo de esta historia vemos un último intento, desesperado, de parlamentar con la bestia. A Schussnigg se le atragantó la comida.

10 de Marzo.- 12 de Febrero de 1938. El canciller Schussnigg llega al Berghoff, la residencia palaciega que Adolf Hitler ha ido construyendo en las montañas, cerca de la ciudad de Salzburgo. Hitler acude a recibirle a la famosa escalera que se ha convertido en una imagen común en los noticiarios de la época. Después de estrecharse las manos en un remedo de cordialidad forzada, Hitler se queda a solas con Kurt Schussnigg en su gigantesco despacho, cuyo rasgo más prominente es un enorme ventanal que mira sobre las montañas nevadas.

Schussnigg lleva una carpeta con unos papeles que ha estado preparando con Seyß-Inquart. Se trata de una serie de concesiones que está preparado a hacer en el caso de que Hitler renuncie a sus pretensiones de anexionarse Austria o, en el mejor de los casos, en convertirla en un estado satélite. Schussnigg confía en que el efecto sorpresa ayude a apaciguar a Hitler. Sin embargo, lo que él no sabe es que no habrá tal. Sin su conocimiento, Seyß-Inquart tiene a Hitler completamente al cabo de la calle de sus deliberaciones con él. El Fúhrer está perfectamente informado.

De lo que también está informado el Führer de los alemanes (y de lo que, por supuesto, Schussnigg no tiene ni idea, ahogado como está entre las confidencias venenosas de Seyß-Inquart y la propaganda oficial del Deutsche Wochenschau) es que, a esas alturas de 1938, el ejército alemán, el cual ha crecido considerablemente en los últimos meses, no está ni mucho menos preparado para invadir Austria.

Para hablar en plata: Hitler sabe perfectamente que la única oportunidad que tiene de avanzar en la cuestión austriaca es tenderle a Schussnigg un bote (grande) de vaselina y acojonarle lo suficiente como para que él solito se baje los pantalones y se ponga en una posición propicia sobre la oceánica mesa de despacho que, por cierto, aparece impoluta y sin papeles en todas las fotos.

Así pues, el dictador decide confiar en su endiablada buena suerte y se prepara para golpear duro, rápido y fríamente. Despues de un breve preámbulo en el que recomienda a Schussnigg que disfrute de la vista alpina que se domina desde el ventanal, le dice que su paciencia se ha terminado. Que la mera existencia de Austria es un crimen de alta traición al pueblo alemán. Un crimen que tiene que acabarse lo antes posible. Le dice a Schussnigg, cada vez más pálido detrás de sus gafas de pasta, que todo el mundo sabe que está solo, que ninguna potencia europea, mucho menos Italia, va a mover un dedo cuando él, Hitler, decida aplastar a Austria. Le dice que tiene en sus manos evitar el sufrimiento del pueblo austriaco y le da como plazo para acceder a sus demandas hasta después del almuerzo.

Tras esto, se lo lleva a comer.

Durante la comida, se muestra como un anfitrión atento pero, para que no quede dudas, deja caer que los tres militares que se sientan a la mesa con ellos son los tres generales que comandarían las operaciones militares para la invasión de Austria en el caso de que él así lo estime necesario.

Terminada la comida, los alemanes siguen apretándole a Schussnigg los tornillos. Ribbentrop, el ministro de exteriores alemán, pone encima de la mesa un documento con una serie de exigencias que van muchísimo más lejos de lo que Schussnigg y Seyß-Inquart han consensuado. Supone, en la práctica, darle el control de las principales carteras del gobierno a los nazis. Hitler le exige a Schussnigg hacer a Seyß-Inquart Ministro del Interior. También le exige que levante la prohibición que pesa sobre el partido nazi. Schussnigg trata de ganar tiempo. Le pide negociar sobre algunos puntos. Hitler se niega en redondo. Es un ultimátum que no admite un no por respuesta.

Schussnigg se agarra entonces a otro clavo ardiendo. Él, dice, estaría dispuesto a firmar, pero él es solo el canciller, el segundo en la cadena de mando del Gobierno. Por encima de él está la suprema autoridad del Presidente de la República, Miklas. Y no le promete que Miklas vaya a ratificar lo que él firme.

Hitler no se deja impresionar. Le da tres días para la ratificación...Y luego le invita a cenar. Schussnigg firma el papel que le tienden, pensando que con la firma ha asegurado la independencia de Austria. Se sube los pantalones y no se queda a cenar (tampoco podía hacer mucho más). Se monta su coche oficial y en poco tiempo gana Salzburgo, pasando la frontera de un país al que le queda exactamente un mes de existencia.

Mañana, en el último capítulo de esta historia, los acontecimientos se precipitan. Hitler aumenta de manera salvaje su presión sobre el Gobierno austriaco el cual, sin capacidad de maniobra, tiene que terminar por claudicar.

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