Morir matando

En el Parlamento austriaco se produjeron ayer algunas escenas tensas, que probablemente un emigrante ve de forma diferente a un nacional.

20 de Marzo.- Una de las cosas que se aprenden en ese proceso (más o menos largo) en el que uno se adapta a un país que no es el suyo, es a leer en el lenguaje corporal de la gente, a aprovechar cada migaja, cada recorte, cada márgen de lo que queda alrededor de la comunicación verbal, para intentar entender lo que el interlocutor nos está diciendo. Es un aprendizaje impagable, que permanece incluso cuando el emigrante ha conseguido dominar más o menos la lengua extranjera en la que está sumergido y que se convierte casi en un sexto sentido.

Por esta razón yo digo siempre que los extranjeros vemos muchas cosas que los nacionales no ven, quizá también porque todas estas cosas de las que hablo, estos márgenes de la comunicación, son valiosos pedazos de información que nuestro interlocutor nos da de manera involuntaria, sin reparar realmente en que lo que nos está diciendo con el cuerpo, con el tono de la voz, puede estar contradiciendo lo que nos está diciendo con las palabras, que muchas veces son cortinas de humo.

Un caso evidente fueron las escenas de ayer en el Parlamento austriaco.

Unas escenas muy tensas, de las que alguien que no se fijara en las palabras podía hacerse una idea mucho más clara que aquellos que tuvieran la mente nublada por los discursos.

Como recordarán mis lectores, la tormenta lleva días arreciando contra el Ministerio del Interior austriaco y, por ende, contra su titular, Herbert Kickl. Él es el máximo responsable de una acción que resulta, como poco, ciertamente dudosa y que ha puesto en pleno foco de la opinión pública a un departamento de la sala de máquinas del Estado que, en general, no solo permanece oculto, sino que debe de permanecer así para ser más eficaz: el servicio secreto.

Ayer, a propuesta de la oposición (SPÖ, Lista Pilz y Neos) el Gobierno se sometió a una ronda de preguntas en la persona del ministro del Interior, el cual también pasó el trámite de una moción de confianza (curiosamente, en alemán, se sometió a una „moción de desconfianza“).

Los socialistas le aplicaron a Kickl, como suele decirse „la guindilla picanta“ y consiguieron que Kickl perdiera los papeles. No solo en el aspecto verbal, sino también en el aspecto de esa comunicación no verbal de la que yo hablaba más arriba.

Es en estos momentos en donde un hombre, bajo presión, demuestra de la pasta de la que está hecho.

Cualquiera que hubiera bajado el volumen del televisor o cualquiera que hubiera hecho abstracción de las palabras, que las hubiera reducido a la mera entonación, hubiera visto perfectamente que el Ministro del Interior austriaco estaba ayer, sobre todo, enfadado y dolido, muy dolido y que se revolvía salvajemente contra la causa de su dolor de la manera menos inteligente posible, que es lo que nos pasa a todos cuando dejamos que los instintos le puedan a las células grises.

Para esta actitud yo tengo varias hipótesis de trabajo: es probable que fuera así no porque considere que las acusaciones de la oposición sean más o menos infundadas (Kickl es un político y, como tal, es probable que haya terminado por creerse más o menos su línea de defensa, aunque supiera o supiese que es mentira) sino porque quizá consideraba que toda la cuestión podía reducirse a un complot urdido de manera artera contra él como persona, al objeto de anular el que, hasta ahora, es su principal logro en la vida: ser Ministro, tener poder, autoridad, capacidad de transformar el mundo (o una parcela de él) de acuerdo a su voluntad.

Kickl, tiene fama de inteligente (bueno, tiene más fama de listo que de inteligente, si lectores ya saben a lo que me refiero) pero ayer se dejó cazar de la manera más vil y tuvo varias reacciones que dan, por un lado, la medida de la alta estima que tiene de sí mismo y, por otro, de su desconocimiento del terreno en el que está jugando. Un terreno duro, inhóspito, que no perdona errores ni entiende de simpatías personales.

En vez de centrar su línea de defensa principalmente en el hecho de que toda la actuación de las fuerzas de seguridad se había ajustado a derecho, Kickl no tardó en hacer la derivada de que todo el debate se debía a una argucia política de sus enemigos para intentar desacreditarle (el viejo „el profe me tiene manía“ del colegio).

No se puede negar que, en cierto modo, tiene razón, porque durante los cien días largos que el Gobierno lleva en el cargo, ha ofrecido una fachada de sonrisas de apariencia tan irrompible como resbaladiza, que ofrecía pocos puntos de anclaje a la oposición y este asunto le ha proporcionado a la oposición más munición de la que hubieran podido soñar hace tan solo unas semanas.

Sin embargo, ya en el capítulo primero del libro gordo de la gramática parda puede leerse que hablar de las cosas es conferirles existencia aunque no la tengan y que por eso hay que tener muchísimo cuidado, porque lo que se dice una vez se dice para siempre.

En el trasfondo de la línea de defensa de Kickl, también podía leerse otra idea, sumamente peculiar expresada por un ministro que trabaja para el Gobierno de uno de los países más ricos del planeta, y esa idea era que los políticos de la oposición que le acusaban hubieran hecho exactamente lo mismo que él (que no está demasiado claro si estuvo bien) si se hubieran encontrado en la misma situación.

En las últimas cuarenta y ocho horas, algunas novedades han venido a eorsionar (aún más) la posición del ministro: así, la oposición acusa a Kickl de haber actuado contra el jefe de los servicios secretos austriacos llevado por un ánimo político, al objeto de reemplazarlo por un personaje más cómodo (y, sobre todo, más de la cuerda del partido derecher). Kickl lo niega en todo momento, claro. Sin embargo, una organización de izquierdas, con vocación por lo tanto de producir incomodidad al Gobierno presente, ha investigado al jefe del operativo policial que es la espita de la granada que le ha explotado a Kickl en las manos. Escudriñando en internet, ha averiguado (y documentado) que el policía en cuestión no es solo muy afín al partido derecher (cosa nada extraordinaria en la policía austriaca) sino que también es muy afín a unas ideas ultraderechistas que no cuadran nada con la nueva imagen que Strache ha querido dar al partido desde que está en el Gobierno. El caballero en cuestión se prodigaba bastante el Facebook (su cuenta está cerrada desde ayer) y compartía todo tipo de material „non sancto“ que se ha convertido en munición para una oposición que, como decíamos más arriba, estaba esperando una oportunidad semejante.

Pensándolo bien, quizá la reacción de ayer de Kickl se deba a que sabe que hay más cosas que pueden y van a saltar a la luz pública y que solo le cabe morir matando. Y alguien así es peligroso.

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