Está de moda (para mal)

Desafortunada (y muy preocupantemente) un fenómeno bastante asquerosito está poniéndose de moda en Austria.

21 de Marzo.- Algunas veces pienso en Viena Directo, y en los temas que trato o dejo de tratar, haciéndome la siguiente pregunta: imaginemos, me digo, que alguien quiere saber, dentro de cien años cómo se vivía en la que, por noveno año consecutivo, es la ciudad con mayor calidad de vida del mundo (somos la milk, con perdón) ¿Qué temas le interesarían? La necesidad de responder a esta pregunta es lo que hace que este blog sea, por vocación, igual de inquieto que quien lo escribe. Sería curioso también, supongo, comparar lo que pasa y ha pasado en Austria con los temas que han salido en el blog. Analizar ese espacio vacío. Hay cosas de las que no hablo porque me dan mucha pereza, cosas que no me interesan nada. Por ejemplo, los deportes. Y luego, y aquí voy hoy, hay cosas de las que no hablo porque están en un ángulo muerto de la realidad que me cuesta ver.

El tema de hoy es una de esas cosas.

De todas maneras, en mi descargo, tengo que decir que creo que lo que voy a contar hoy no me pasa a mí solamente. Me explico:

Por la propia naturaleza de nuestra situación (sobre todo al principio) los inmigrantes vivimos en un entorno que suele ser internacional. No es extraño, porque al llegar, afectivamente hablando, con una mano detrás y la otra delante, nos abrimos a todo el mundo (la soledad es mala) y por eso nos da igual Pepe que John, o que Hasan. Es un hecho conocido que, para un inmigrante, determinadas barreras que a lo mejor, en su país, le hubieran impedido trabar relación con algunos tipos de personas, desaparecen completamente.

De alguna forma esto tiene como consecuencia que haya cosas que, para un inmigrante (sobre todo si es un inmigrante inteligente, imbéciles también hay entre nosotros) pertenezcan al país de lo marciano.

Por ejemplo, el racismo.

Y sin embargo, el racismo, por muy absurdo, anacrónico y estúpido que sea, existe. Y no solo existe, sino que, según quienes se dedican a estudiarlo un poco, ha experimentado un repunte en Austria.

Según la organización ZARA (nada que ver con la tienda de calzoncillos y faldas, sino Zivilcourage und Antirassismus Arbeit) en Austria el racismo está, desgraciadamente, de moda y no solo entre aquellos ciudadanos que tienen puré de patata en donde todos los demás tenemos neuronas, sino que, desafortunadamente (y de manera sumamente preocupante) el racismo empieza en el Gobierno (nada sorprendente, por otro lado, teniendo en cuenta el „background“ de alguno de los miembros de ese Gobierno).

Según ZARA, desde las más altas instancias del país se insiste, en la mayoría de los casos, por motivos populistas, en la caricatura del „extranjero malo“ el que viene, según los mastuerzos que todos sabemos quiénes son a „aprovecharse del sistema social austriaco“, el que le saca dinero al Estado ilegalmente para tener rebosantes de felicidad recónditas aldeas de Asia Menor o Europa del Sur, en donde la gente se dedica a la vagancia mientras el pobre austriaco pata negra se parte el lomo.

Se insiste (hoy, por ejemplo) en que las ayudas a la integración no serían necesarias „si los extranjeros quisieran integrarse“. En fin, no seguimos. Todas estas tontadas las hemos oido todos alguna vez.

Lo malo de esto es que, según Zara (y salta a la vista para cualquiera que tenga ojos en la cara) es que este estereotipo del extranjero malo siempre agresivo, con malas intenciones, o siempre dispuesto a engañar (no hablamos ya del estereotipo del extranjero, particularmente musulmán, que se dedica a hacer el mal) cala en la sociedad creando una especie de consenso perverso.

Según Zara, el campo principal de cultivo del insulto, el odio y la amenaza a los extranjeros es internet (naturalmente, el relativo anonimato ayuda) pero también en la calle se es racista y muchas personas (particularmente las que no casan con el estereotipo del austriaco blanquito) han tenido la desgracia de sufrir en sus carnes según qué tratos desagradables.

Aunque no solo hace falta llegar a la agresión para que se manifieste el racismo. También lo hay „de baja intensidad“ como cuando se compara unas culturas con otras, cuando se asume que las personas que no pertenecen a la nuestra son más atrasadas, o menos cultas, o menos flexibles, o comparten determinados valores, porque „en su cultura son así“.

Combatir el racismo es tarea que a todos nos incumbe. Cada vez que alguien, delante de nosotros, denigra a otro ser humano por ser de otra raza, de otra etnia, por pertenecer a una minoría, hay que alzar la voz, demostrar que no nos gusta. Que los idiotas se den cuenta de que están solos con sus repugnantes prejuicios. En principio, y hasta que se demuestre lo contrario, hayamos nacido en donde lo hayamos hecho y sea cual sea nuestro color de piel, somos todos hombres y mujeres de bien.

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