París y Budapest

En donde el curioso lector quizá aprenda que, en contra de lo que le han enseñado siempre, París (o una sucursal) está en un Hungría.

9 de Abril.- El mundo en general es como París en particular.

Me explico: todos los que hemos ido a París alguna vez (y yo he ido basntante a menudo) hemos tenido la sensación de que sería una ciudad maravillosa, si no fuera porque está llena de parisinos. Ojo: y no digo franceses, porque hay franceses encantadores en todas partes de Francia (y aun fuera de Francia) pero parece que cuando cruzan el término municiapl de la capital se les olvida lo simpáticos que pueden llegar a ser y se les pone cara como de estar chupando perpetuamente un limón. Y no solo la cara. El humor, desgraciadamente, también. La ciudad luz es un paraiso para masoquistas.

Si uno se pone a mirar el mundo, no tiene más remedio que darse cuenta con fastidio de que tiene que compartirlo con una gente que, cuanto más los conoces, más quieres a los orcos. Por ejemplo, con Viktor Orbán, el mandatario que mandata en nuestra vecina Hungría.

Probablemente a mis lectores les parecerá un poco excesivo que yo compare al premier que „premierea“ aquí al lado con uno de esos monstruos famosos por su poca afición al jabón y a la bondad. Vale. Yo, lo acepto. Pero solo pensar que Austria, como quiere un sector del arco político austriaco, pudiera „orbanizarse“ se me ponen los pelos de gallina, oiga usted.

No me parece nada exagerado que se haya dicho que, después de su arrolladora victoria de ayer, Orban es un tumor que le ha salido a la Unión Europea, y aún más: me parece que dicha victoria ha sido un hecho catastrófico, incluso para quienes solo vamos a tener que sufrir sus consecuencias indirectamente. Como es natural, los húngaros están en su derecho de votar a quien les salga de las rías bajas del Cantábrico. En eso, no me meto ni es decente que se meta nadie. Sin embargo, los métodos por los que Orban ha conseguido su victoria son lo que de verdad le convierten en un personaje con el que uno no iría ni a la vuelta de la esquina a comprarse un Frigopie.

De los políticos, como de los periódicos, hay que empezar a desconfiar en cuanto les da por apelar a la emoción.

Generalmente, la emoción se utiliza cuando se quietere tapar la incompetencia para hacer bien el trabajo de uno. Los actores que no son capaces de emocionar al público dan gritos y lloran, las beatas y los beatos que no creen en Dios se dan muchos golpes de pecho y se aseguran de que todo el mundo les vea en las procesiones y por ahí todo seguido. Los malos periódicos (por ejemplo nuestro querido Österreich, gran medio de comunicación pero aún mejor artículo de higiene íntima) son aquellos que tratan de llegar a los estratos más antiguos del cerebro de sus lectores. Y lo hacen ofreciéndoles estímulos a los que nuestros antepasados, los entrañables dinosaurios, ya reaccionaban. Por ejemplo la sangre, por ejemplo el sexo, por ejemplo el miedo. Cuando se habla de las bajas pasiones lo que se quiere decir es exactamente eso: que el miedo, la salacidad y la hemoglobina son resortes del comprotamiento humano que están en los sótanos más lóbregos del alma. Lo cual no quita, por supuesto, que sean muy eficaces, porque se saltan todos los controles y todos (unos más que otros) llevamos un tiranosaurio Rex en el fondo de nosotros.

Orban, como Strache, como Kurz (aunque sea nombrar la soga en casa del ahorcado) agitan el fantasma del miedo cuando quieren tapar algo que no les interesa que se vea (en el caso de Orban, por ejemplo, los mecanismos farisaicos a través de los cuales ejerce un poder sin oposición y, por lo tanto, sin arbitraje ni control). Antes que con los refugiados (pobres) Orban hizo caja con el miedo a los gitanos (por cierto, hoy es su día internacional, felicidades a los humanos con más arte) a los que demonizó hasta extremos asquerosos (como nauseabunda y asquerosa es toda xenofobia y cualquier forma de racismo, y no hay que cansarse nunca de decirlo). Moraleja: aunque hoy no te toque a ti o a los tuyos, de lo que pase mañana no se sabe nada.

Pasó con los judíos, puede volver a pasar (de hecho, está pasando ahora, en este preciso momento, en morideros como esa isla de Lampedusa que debería ser la vergüenza de todos los europeos de bien).

Otra razón para desconfiar de Orban y de otra gente como él es su manía de modificar sustantivos que están perfectamente claros con adejetivos que los enturbian.

Por ejemplo, democracia.

Todos sabemos lo que la democracia significa. Y la democracia es una. Lo demás, son experimentos del profesor Bacterio. No hay democracia „nacional y cristiana“ por citar al propio Orban, ni hay democracia bolivariana o democracia autoritaria, no hay democracia orgánica (ese engendro que sufrimos los españoles durante cuarenta años), o democracia popular. La auténtica, la buena, es fácil y difícil, porque es frágil: consiste en un electorado culto e informado que, ayudado por unos medios transparentes e independientes, vota. Consiste en un poder fiscalizado pro una oposición que lo modera y lo arbitra. Lo otro, es París.

Y todos los que tenemos una edad sabemos que eso de que siempre nos quedará París, es una idiotez.

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2 Responses to París y Budapest

  1. Bad Vöslauer dice:

    No vayas más allá de Eisenstadt, el Wiener Schnauzer es bien conocido y llegar a la llanura hagsburgica y también hay quien chupa arancias. En cuanto a lo de orbanizar el reino del Este te recuerdo el suceso de Carintia y el protésico dental con doble sigla HC, lo juntas con esos panfleto que regalan a la entrada del Bim y Ubahn y ya tienes una de las criaturas más comunes más allá de los Alpes

  2. Ricardo Arangüena dice:

    El problema en la democracia es que como ya algún filósofo griego lo dijo no va a funcionar a menos que todos sean cultos. Elejemplo que ponía era el de un barco, a quien elegirías para ser el capitan? A una persona que sabe de navegación o a una elegída por mucha gente que no sabe nada de navegación?. Lo malo es que decír que la democracia es un mecanismo de nobles ideas pero que en la realidad no sirve te convierte inmediatamente en el hijo adoptivo del matrimonio ente hitler y stalin. La democracia sería buena si y solo si los votantes estuvieran informados realmente de las intenciones del candidato, de su pasado etc, si tuvieran la capacidad de discernir y de no dejarae llevar por los medios y lo que dicen. Lo malo es que los medios se venden, se promete el oro y la plata y al final hacen lo que sea (kurz por ejemplo).

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