Másteres del Universo

Mercado de libros en LembergDice la voz del pueblo que en todas partes cuecen habas. Aquí también se cocieron. Aunque no llegaron a hervir tanto como en otras partes.

10 de Abril.- Afortunadamente, Viena Directo tiene lectores de todas las partes del planeta. También tiene, afortunadamente, muchos lectores que viven en Viena pero que no nacieron, como este servidor de todos ustedes, en España.

Esto, que es una fuente continua de gozo y de agradecimiento para este que escribe todos los días, tiene sus implicaciones. Unas implicaciones a las que a mí me costó un poquito llegar, quizá porque Viena Directo nació como el blog de Paco Bernal -ese chico que hace ya más de una década, se vino a vivir a Austria- y poco a poco, conforme iba llegando gente a la fiesta, se ha convertido en una especie de gacetilla o de crónica de lo que pasa por aquí.

Una de esas implicaciones es que, naturalmente y de manera muy consciente, hago un esfuerzo constante en bien de la claridad. Unos días me sale y otros días no, pero yo, intentarlo, lo intento siempre.

Otra implicación es que, por cortesía hacia mis lectores que no son españoles, trato de utilizar referencias y temas internacionales. No siempre me sonríe la suerte, pero por mí que no quede.

A mí me gustaría, por supuesto, escribir sobre el esperpento permanente de la región española de Cataluña y me gustaría que, por una de esas carambolas del destino, alguno de esos muñecos de guiñol que creían ser políticos, tuviera el capricho de escapar de la justicia poniendo su tienda de campaña en el Prater. Aunque bueno, quizá pensándolo mejor, afortunadamente no ha sucedido así, porque no hay nada peor que le pueda pasar a un escritor que el que le pongan a tiro la tentación de trincar un tema tan facilón y tan cutre. Escribir sobre ciertos temas degrada, y aquí, si una cosa se intenta, es mantener un determinado nivel. Faltaría plus. En gran parte porque mis lectores (y estoy orgullosísimo de comprobarlo muy a menudo) son gente inteligentísima a cuya altura yo intento, modestamente, llegar.

Hoy, sin embargo, haré un paréntesis en esto de las referencias internacionales y, como es un tema que toca este otro del nivel, voy a utilizar como muleta para torear este artículo una noticia española.

En España anda de boca en boca que la presidenta de la región de Madrid tiene una maestría obtenida, para más vergüenza, en una universidad pública, que ha resultado ser más falsa que un billete de seis euros. Al principio (supongo que mientras se fabricaban los documentos probatorios que han resultado ser tan falsos como la maestría), se sostuvo desde el Gobierno regional y desde el Alma Mater que la cosa era un quítame allá esas pajas burocrático. Que mire, que se nos han perdido los exámenes. Que mire, que no aparecen las actas. Que mire, que el trabajo de fin de máster ha hecho pluf y se ha volatilizado en el aire, como en una película de Jarri Póter.

Los que vivimos en el extranjero, viendo el esperpento, no podíamos (no podemos) dejar de hacernos una pregunta. Y esa pregunta es ¿Por qué? ¿Para qué meterse en un fregado semejante? La respuesta más obvia, la de la vanidad, es demasiado imbécil como para a nadie le entre en la cabeza. Pero el ser humano es así, es que es imbécil, es que no llega, no da más de sí. Ya. Vale. Pero ¿En España? ¿Por qué querría ningún político español obtener un título falso, si todo el mundo sabe que a político, en España, puede llegar -y de hecho llega- cualquier pelagatos? ¿Por qué querría ningún político español falsificar un máster, o siquiera un carnet de instalador de calderas si en España nadie pregunta y a la gente le importa tres pitos el currículum académico de los políticos?

Quisiera poder decir que en Austria es distinto (probablemente lo sea a otros niveles) pero teniendo de canciller a un muchacho que lo más que ha hecho ha sido la prueba de acceso a la Universidad y a un vicecanciller que tiene un grado de protésico dental, la verdad es que en este punto, mi patria biológica y mi patria de adopción van a la par. Aunque, también es verdad que, de vicecanciller para abajo, o sea, en los puestos en donde se trabaja de verdad y en donde la gramática parda no te salva de dar el callo, hay que reconocer que el Gobierno austriaco está formado por gente del tramo medio-alto del escalafón.

Pensando en lo que pondría en este artículo, me he acordado de que, sin llegar al cachondeo de la Excelentísima Señora Presidenta (y de más que habrán comprado sus másteres en la misma tienda) en Austria tuvimos un caso parecido hace algún tiempo.

Quizá recuerden mis lectores que, para remediar la ausencia de noticias que hay todos los veranos, la cadena pública austriaca tiene la costumbre de producir unas entrevistas en las que se entrevista a los jefes de los diferentes partidos del arco político austriaco. Antiguamente, dichas entrevistas las hacía Armin Wolf, pero como el pobre debió de hartarse de que hicieran vudú con él, ahora la china le toca cada año a otro compañero, que se expone a que tirios y troyanos le crucifiquen.

Creo recordar que, en la última tanda de Wolf, este entrevistó al entonces canciller, Werner Faymann (madre mía, parece que hace mil años, y solo hace un par). En estas que Armin Wolf le puso la faz como un tomate a Faymann a cuenta de que en la biografía que, entonces, podía leerse en la web del Gobierno, decía que había terminado la carrera de Derecho y la verdad verdadera era que no, que había colgado los libros para meterse en la política. Al final, Faymann tuvo que admitir que lo que ponía en la web era mentira. No dimitió, claro. Y al final, como suele pasarle a la gente con cuatro ideas precariamente sujetas con alfileres, le dimitió la vida.

El morro solo, a veces, no basta.

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