Un capítulo más de la historia interminable

El partido más inquieto del arco parlamentario austriaco, la Lista Pilz, no se acaba de asentar.

15 de Abril.- Como si se tratase de una maldición de oscuro origen que la persiguiera, la llamada Lista Pilz no se termina de asentar.

Como recordarán mis lectores más atentos a las cosas de la actualidad austriaca, la lista Pilz nació de una escisión de Los Verdes que se conoce que fue más o menos así: cuando Eva Glawischnig decidió dejar la dirección del partido, uno de los políticos verdes más populares era Peter Pilz. Gozaba de una inmejorable reputación como martillo de herejes, persecutor de corruptos y desfacedor de todo tipo de entuertos. Lamentablemente (sobre todo lamentablemente para los verdes) Peter Pilz tenía un inconveniente o problemilla y era que, a pesar de ser un tipo con un innegable empuje, cuando él entraba en una habitación (él, y su ego) no cabía nadie más. Y no importaba lo grande que fuera la habitación, porque el ego de Pilz, a fuer de grande, es como los gases, que tienden a ocupar todo el espacio disponible.

Pilz aspiraba a dirigir los verdes (probablemente) pero sucedió que, en vez de eso, y muy en la línea de un partido que, en general, es bastante dado a la experimentación, se terminó cocinando una fórmula inédita: una dirección bicéfala con dos mujeres. Lunacek y Felipe.

Pilz (y su ego) sufrieron un ataque de despecho y fue cuestión de tiempo que Pilz dejara los verdes y se presentara a las elecciones con un partido pergeñado a toda prisa pero que, llevado por el innegable prestigio de su fundador, le comió la merienda a los verdes y los dejó en la miseria en la que todavía están.

Por aquellos tiempos y, sobre todo, durante la campaña electoral, el partido no tenía nombre pero claro, se dijo, hay que inscribirlo con alguno y dado que servidora -dijo Pilz- es quien tiene más predicamento entre las masas votantes, llamémoslo Lista Pilz y luego ya se verá.

Y así fue.

Después de las elecciones, sin embargo, cuando ya Pilz (y su ego) se disponían a ser el azote de los poderosos, el semanario Falter publicó que Pilz era un acosador y que había varias ex colaboradoras de los verdes que podían decir que ellas „too“. Salieron a la luz, durante aquellos tempestuosos días (tempestuosos, sobre todo para Pilz) detalles escabrosos en donde se mencionaban bragas, borracheras y tocamientos, conversaciones tensas con Eva Glawischnig y demás.

Pilz se encontró de pronto preso en una trampa de la que no había forma buena de salir. Si resistía, su prestigio de hombre sin tacha saltaba por los aires y su credibilidad quedaba a la altura del betún (incluso si se demostraba, como parece ser que se ha demostrado, que no había para tanto en las acusaciones). Si se marchaba y dejaba su acta de diputado se quedaba sin la droga que le pone el corazón a mil: la política.

¿Qué hacer?

Pilz decidió que abandonaba su acta de diputado „para defender su honor“. Mientras tanto, otro político de su partido le calentaba el escaño hasta que él decidiera que su honor estaba otra vez reparado y que era tiempo de volver. Desde hace algunas semanas (incluso meses) Pilz ha dado su honor por reparado y su virgo (político) por reconstruido. El problema es que, para que Pilz pueda volver a discutir las mociones parlamentarias, alguno de los actuales diputados de la lista Pilz tiene que renunciar a su escaño. Y nadie parece dispuesto a hacerlo.

En el ínterin durante el cual se decidía si Pilz volvía o no volvía, el jefe de la Lista Pilz era un señor que se llama Peter Kolba. Y digo era, porque hoy, según informan los medios austriacos, ha dimitido de sus cargos y ha dejado la lista Pilz. En parte por diferencias de opinión y en parte por su desacuerdo con la idea de que Pilz vuelva al parlamento.

No se sabe, en cualquier caso, si Kolba abandonará su escaño o si se convertirá lo que, en el argot, se llama un „diputado salvaje“ o sea un diputado sin disciplina de partido.

Mañana, parece ser, se sabrá. Kolba ha convocado una rueda de prensa en la que informará de sus intenciones.

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