De entre los muertos

Un investigador de la Facultad de Medicina de Viena dice haber descubierto el lado más terrible de una personalidad austriaca muy famosa.

19 de Abril.- Viena. Tres de Octubre de 1938. Universidad Médica. Fuera, el tiempo es desapacible y frío. Llueve. Un hombre joven, alto, delgado, con gafas, da una disertación a sus colegas. Su contenido no se publicará hasta cinco años más tarde. En el lenguaje algo críptico de los médicos, el joven doctor, de treinta y dos años por entonces, describe ante sus compañeros de profesión el comportamiento de los niños que él ha llamado „psicópatas autistas“. En aquella época, sin embargo, psicopatía no significaba lo que significa hoy, sino que sería un equivalente más bien a „trastorno de la personalidad“. En cualquier caso, si bien las observaciones son suyas, la invención del término „autista“ no le corresponde, sino a Eugen Beuler, un médico suizo que inventó gran parte de los términos más famosos de la psiquiatría moderna. Entre ellos, „ambivalencia“, „esquizofrenia“, „esquizoide“, etc.

El joven doctor va delimitando con precisión el objeto de su estudio: el cuadro sintomático que paden unos niños que se caracterizan por tener grandes deficits de empatía, por tener graves trastornos en el aspecto gestual y de contacto visual y una inclinación muy acusada a centrarse en determinados aspectos de su interés (de hecho, el médico los llama „los pequeños profesores“). Una de sus pacientes ha sido, por cierto, una niña que se llama Elfriede. De apellido Jelinek. Años más tarde, Jelinek ganaría el premio Nóbel de literatura.

Cuando el doctor termina su exposición, sus colegas le aplauden. Entre ellos hay alguno vestido con el uniforme gris que lleva estampado orgullosamente en la solapa un águila con las alas desplegadas que sostiene una esvástica.

El doctor, de ademanes educados y hasta un poco secos, baja de la tribuja de oradores. Uno de los uniformados se le acerca:

-Felicitaciones, doctor Asperger. La charla ha sido muy interesante.

Hasta este momento, el relato de la biografía de Hans Asperger, médico vienés que fue el primero en describir el síndrome que lleva su nombre, se completaba con las pinceladas de una carrera brillante, que se desarrolló primero bajo el nacionalsocialismo pero que continuó después de la guerra en forma de una acumulación de títulos, prestigio y esplendor académico que terminó con la muerte del doctor Asperger en 1980, a los setenta y cuatro años.

A dicha gloria se añadía el rumor de que había salvado a miles de niños durante la guerra mundial, librándoles de las garras de los eugenetas nazis.

Según Herwig Czech, investigador de la Facultad de Medicina de Viena, habría que revisar esta heroica imagen del doctor Asperger.

Según este investigador, que se basa en informes que se creían destruidos, Asperger, más que salvar, envió a la muerte a miles de niños con trastornos severos, a los que el régimen nazi consideradaba como una carga. Según Czech, el procedimiento era que cuando las criaturas pasaban por la consulta de Asperger para su „evaluación“ este los enviaba a la clínica de Spiegelgrund (en lo que hoy es el área del Otto Wagner Spital) para que fueran „colocados permanentemente“ según la expresión acuñada al efecto.

Según el investigador, esta „colocación permanente“ era un eufemismo que encubría el asesinato de los niños en el marco de la „Aktion T4“ de exterminio de enfermos y discapacitados.

A los chiquillos se los mataba con inyecciones letales o de inanición. Las muertes se registraban después como por „neumonía“. Se cree que en Spiegelgrund murieron por lo menos 789 niños. Czech cita por ejemplo el caso de una criatura llamada Herta Schreiber, que cayó en las manos de Asperger cuando tenía tres años. Asperger recomendó „colocarla permanentemente“ en Spiegelgrund, aduciendo que su infortunada madre se enfrentaba a la titánica tarea de cuidar a la enferma y además a otros cinco niños sanos. Estos descubrimientos de Czech se basan en documentos que se creían destruidos -naturalmente, cuando se vio el final de la guerra, los criminales nazis trataron de destruir el máximo número de informes comprometedores.

Czech cree que Asperger sabía perfectamente el destino que aguardaba a sus pequeños pacientes una vez él, como supervisor médico de todas las escuelas de Viena, recomendaba „colocarlos permanentemente“. Muchas veces los críos eran enviados a la clínica drogados.

El caso de Asperger, si todo lo anterior es cierto, no es único. En todas las capas de la sociedad austriaca, pero sobre todo en la medicina y la enseñanza, fueron muchos los simpatizantes del nazismo que conservaron sus puestos después de la guerra. Muchos como Asperger, murieron en su cama tranquilamente, cubiertos de honores. Hoy los archivos guardan el testimonio de aquellos años terribles.

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Un comentario a De entre los muertos

  1. victoria dice:

    ¡Qué dura es a veces la verdad (y también la Historia)¡

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