El huevo de la serpiente

Equipo de futbol turco en VienaEs imprescindible que ninguna parte de la sociedad pierda el tren. Nos va el futuro en ello.

25 de Abril.- Después de darnos un paseo por la Historia, volvemos a la actualidad.

Sin duda, si alguien hiciera una estadística a propósito de las palabras que más he utilizado en este blog, es muy probable que „ultraderecha“ saliera en uno de los primeros lugares de la clasificación.

Generalmente, en Viena Directo me ocupo de la ultraderecha cuyo rasgo puede seguirse hasta mediados del siglo XIX. O sea, la de raiz nacionalista (pangermanista) y xenófoba.

Uno de sus aspectos más interesantes, ahora como entonces, es que la ultraderecha es una excrecencia, un cáncer de la modernidad. Sin modernidad, sin progreso, no existiría. De este modo, este corpus ideológico se ha convertido en la manera de relacionarse con la política y, por lo tanto, en la manera de intentar influir en los acontecimientos, de un sector de la sociedad que está encontrando muchas dificultades para adaptarse al progreso tecnológico y a la globalización. La ideología ultraderechista resulta para estas personas sumamente atractiva, porque les priva de una de las cosas que los seres humanos más tememos: esto es, la marginación, y les dota de un sentimiento de pertenencia a un grupo, a una clase, en cierto modo, privilegiada. Un sentimiento equivalente al que los antiguos comunistas calificaban como „de clase“.

Es un sentimiento universal que, más tarde o más temprano, termina produciéndose como reacción en todos los grupos humanos que han sentido sobre sí un estigma que les ha llevado a ser marginados. Desde los hidalgos del siglo XVII, que se morían de hambre pero que, aún así, se sentían mejores que el burgués que trabajaba, hasta los gays y las lesbianas del siglo XX, que descubrieron en el grupo la fuerza que les hizo volar por los aires algunos muros y tabúes cuya desaparición nos ha mejorado mucho como sociedad.

Probablemente al lector se le ocurrirán otros muchos ejemplos.

Este es sin duda también el motor que imuplsa una forma de ultraderecha cuya existencia ha saltado a los medios austriacos en estos días pasados y que demuestra, a mi juicio, lo importante que es que el Estado -o sea, la „Res Publica“- destine recursos a la integración de las minorías y a fomentar desde todas las instancias posibles una cultura de la convivencia y de la tolerancia que no de fuera a nadie.

Las imágenes eran impactantes: las fotos, obtenidas por el semanario vienés Falter, en uno de esos trabajos de investigación que son marca de la casa, mostraban a niños desfilando en el salón de oraciones de una mezquita vienesa, haciendo de cadáveres (presuntamente heróicos) cubiertos por la bandera turca y fingiendo peleas.

Que los protagonistas de este adoctrinamiento sean niños tiene su explicación clarísima. Cualquier grupo del tipo que sea que quiera asegurarse la lealtad de los adultos necesita que se cree la costumbre de esa lealtad en la infancia. Por eso Burger King pone tanto empeño en regalarles una corona de carton a los niños que van a sus hamburgueserías a celebrar su cumpleaños y por eso también la Iglesia Católica, cuando empezó a verle las orejas al lobo de la ilustración, luchó con uñas y dientes contra la escuela laica. Las mentes infantiles son acríticas, maleables y por supuesto la Iglesia tenía (y tiene) el mejor cuento de hadas con el que ningún flautista de Hamelín pudo soñar.

Volviendo a la mezquita, detrás de estas escenas protagonizadas por chavales menores de edad están los llamados „lobos grises“ una organización ultraderechista turca que tiene muchísimo en común con las organizaciones ultraderechistas europeas. Los puntos en común son, por supuesto, el ultranacionalismo y el fundamentalismo religioso.

Las presas favoritas de los lobos grises son los chavales hijos de inmigrantes de primera generación, los cuales no consiguen en muchos casos integrarse en el país -Austria- en el que han nacido y que por eso llevan un desarraigo, el desarraigo de sus padres también, como si dijéramos en los genes.

Después, una vez inoculado el virus, el asunto es fácil, los lobos grises disponen de otras fuentes igual de eficaces de adoctrinamiento y exclusión: los raperos y, en muchos casos, las artes marciales, que crean alrededor de los chavales una cultura del nosotros contra ellos. En cierto modo, el ser humano es más simple que el mecanismo de un cubo. La buena noticia es que nadie nace así y que invirtiendo talento y recursos, la puerta que da al extremismo se puede cerrar.

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