El tío tungsteno y otros cuentos

Hoy es el día mundial contra el acoso. El bloguero quiere participar hoy contando una experiencia íntima y haciendo una advertencia.

2 de Mayo.- Estos días atrás he vuelto a tratar a un viejo amigo al que no conocí nunca. Se trata del profesor Sacks, el famoso neurólogo. Me hizo (nos hizo) la faena de fallecer en 2015 y con su muerte el mundo se volvió un poco peor.

La historia de cómo empezó lo que podríamos llamar „mi amistad unilateral“ con él empezó en mis años de instituto. A mi hermano, que iba dos cursos por debajo de mí, le mandaron leer un capítulo de „El hombre que confundió a su mujer con un sombrero“. El libro andaba por casa y a mí me debió de llamar la atención el título. Lo cogí, me tiré en la cama a leer y ya no pude parar.

Por suerte, no he leido todos los libros que escribió, de manera que me queda todavía una provisión de Sacks para por lo menos diez años. Digo que me queda una provisión de Sacks como si fuera un medicamento.

Esta mañana, en el metro, yendo a trabajar, he terminado „El tío Tungsteno“ libro que me ha llenado de placer los últimos cuatro días (por desgracia, y aunque intento saborear cada página, soy rápido leyendo).

Cuando leo los libros de Oliver Sacks reconozco en ellos muchas cosas de otra gente que también me gusta y me cae bien. La misma curiosidad, el mismo deseo de entender a la gente, la empatía, la humanidad, el sentido del humor y, sobre todo, esa especie de indulgencia con uno mismo y con los demás sin la cual es imposible ser feliz.

Entre los milagros que Sacks ha operado en mí durante los últimos cuatro días (hágase en mí según tu palabra) ha estado el de conseguir que disfrutara de la química, asignatura que me aburrió mortalmente en mis tiempos de estudiante. El tío Tungsteno es un libro autobiográfico pero es, sobre todo, el más apasionante manual de química recreativa que yo haya leido nunca.

Oliver Sacks no solo ha conseguido que comprenda de manera fácil y divertida cosas que solo estudié en su tiempo con el mezquino objetivo de aprobar exámenes, sino que además ha conseguido que disfrute.

Una de las cosas de Sacks que reconozco también en mí y, sobre todo, en el crío que fui, es la sed devoradora de aprender, la curiosidad y la capacidad constante de entusiasmo que, aún hoy, afortunadamente, me acompaña. Supongo que a Sacks, como me sucedió a mí (y algo menos a mi hermano, y eso que es mucho más inteligente que yo) esta pasión que le devoraba por saber de todo, sin fronteras, sin prejuicios, sin tabúes, le enfrentó con la incomprensión de sus condiscípulos (supongo que los críos que son un poco más despiertos que la media aprenden pronto que el infierno son los otros).

Supongo que, como le pasó a Sacks, tuve suerte de nacer en una época mucho más ingénua que esta y que para los niños de ahora, ser raro, como yo fui, ser algo repelente y redicho, como yo fui, y ser sobre todo curioso y tener digamos que una capacidad de asociación algo por encima de lo normal, debe de ser mucho más complicado ahora. En mi caso, fuera de un coscorrón ocasional, nada serio, y de la soledad y el vacío (acepto mi culpa, fue también parcialmente autoinfligido) se puede decir que, en mi caso, lo que ahora se llama Bullying fue más inofensivo que otra cosa. Inofensivo, que no fácil de sobrellevar.

Durante aquellos tenebrosos años del colegio, en donde mi único refugio (como le pasaba a Sacks) fueron los libros, aprendí muchas cosas que de adulto no se me han olvidado. Aprendí la casi infinita capacidad de resistencia que tiene un niño antes de dar señales de que le pasa algo, aprendí también que los adultos tienen (tenemos) cierta tendencia a mirar para otro lado cuando se trata de intentar averiguar lo que les pasa a los niños, quizá porque nos da miedo que salte por los aires esa imagen idílica (y falsa) que tenemos de la niñez. Aprendí que muchas veces es mucho peor la preocupación muda que un niño lee en las caras de quienes le rodean que el hecho de admitir abiertamente que pasa algo. El crío que no termina de entenderse con sus compañeros tiene la sensación de que le pasa algo que no es normal y se siente culpable de que pase ese algo. Lo más saludable es darle a entender que se comprende perfectamente lo que le pasa, que las emociones que siente están justificadas y no son erróneas y, sobre todo, tratar de explicarle lo que le sucede en un lenguaje que él pueda comprender.

Yo tardé mucho tiempo en explicarme qué sucedía, por qué mis condiscípulos me trataban como me trataban. No lo entendía y me hacía daño no entenderlo, porque yo no tenía conciencia de estar haciendo nada que no fuera normal. Cuando por fin conseguí colocarlo todo en su sitio (quien haya pasado por la experiencia sabrá de lo que hablo) fue un gran alivio. Y además me dio un gran maletín de herramientas para entender la vida que no he dejado de usar desde entonces.

Yo siempre digo que hay un tipo de emigrantes (entre los que quizá me encuentro, vete a saber) que salen de sus países porque, por hache o por bé, no terminan de encajar. Fuera, el hecho de ser raro por ser extranjero se camufla con ser raro por otras cosas. Por ejemplo por ser demasiado curioso, o por tener buena memoria o capacidad de asociación.

También, no lo niego, Viena Directo es en mucha medida un sutil desquite por aquellos días. En este espacio escribo lo que quiero, de lo que quiero y en el orden que me da la gana y, como en el romance, entrego mi canción „a quien conmigo va“.

Hoy es el día mundial contra el acoso, y creo que, si es necesario llamar la atención sobre estas cosas es porque todos los niños tienen derecho a poder ser ellos mismos sin temor. Nadie, y menos un niño, tiene por qué pasar por según qué trances y heroicidades.

Los hijos de extranjeros, como son muchos de los hijos de quienes me leen, están por muchas razones en una posición más vulnerable que los otros. No miremos para otro lado. Si hay cosas que no se pueden evitar (!Ah, la famosa crueldad de los niños!) por lo menos ayudemos a entenderlas. No miremos para otro lado.

Articulo publicado en Austria. Guarda el enlace permanente.

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