Los cañones de Alpedrete

Austriacos y españoles somos muy frívolos en relación a según qué temas, pensando que no nos afectan. Y sí: nos afectan mucho.

6 de Mayo.- En estos días pasados, lo que quedaba de la organización terrorista española ETA, ha anunciado que se disolvía. La cosa ha provocado en España una polvareda mediática considerable, polvareda que no ha llegado a Austria, por cierto. Supongo que porque, como sucede con el independentismo catalán, hay una parte de austriacos que tienen una idea bastante romántica (y falsa) de lo que ETA suponía para quienes tuvimos que vivir con esa espada de Damocles.

Las personas austriacas que ven ETA y el independentismo como algo atractivo y emocionante y no como lo que son, o sea, como ganas de viajar hacia atrás en el tiempo, aparte de hacer abstracción (cruel) de los muertos, siguen mirando el país en el que nací con la misma curiosidad, extrañada, con la que lo miraban los viajeros en el siglo XIX. Los naturalistas (los primeros turistas) pensaban que España era un país atrasado porque los españoles nacíamos con una especie de insuficiencia congénita que nos impedía relacionarnos de manera normal los unos con los otros.

Dichos viajeros, lo mismo que esos austriacos que yo llamo (por lo plastas que son) „los hispanistas“ son comparables con los que ven Cuba como una imitación de Disneylandia. La visitan, ven que los taxistas se mueren de hambre pero tienen dos carreras y luego se cogen el avión de vuelta a la opulencia y a otra cosa.

La cruda verdad (cruda, sobre todo, para los que han hecho el anuncio) es que ETA ha anunciado que se disolvía y al mundo en general le ha dado lo mismo (como era lógico, a buenas horas mangas verdes). También han pedido perdón. Lo cual no deja de ser un detalle (modo ironía off).

Ha sido un poco como los que matan a su mujer y luego se suicidan. Tío (por no mentar la profesión de tu madre, que bastante tiene la pobre ya) suicidate (tuicidate) tú antes y deja a tu pobre mujer tranquila (y, sobre todo, viva).

A todo el mundo le ha dado lo mismo, menos a las víctimas, como es natural. Como es humano, las víctimas hubieran deseado algo. Una compensación. Imposible, supongo.

Vivir en el extranjero conlleva que tienes el corazón partío, porque si los austriacos veían a los etarras y ven a los independentistas catalanes como una especie de imitaciones de Curro Jiménez es cierto que los españoles (y muchos latinoamericanos; sobre todo, no sé por qué, los del cono sur) somos muy frívolos con el nazismo y con el racismo que, como un residuo radioactivo, dejó en las sociedades que nos acogen.

Yo tengo mis teorías al respecto (¿Al respecto de qué, dirá el lector, no tiene usted teorías?).

Nuestra dictadura fue, en general, bastante cutre y, en todo caso, no mereció la atención de Hollywood. Tampoco es de extrañar.

Imagínese el lector el argumento de una película en que los españoles hubiéramos construido unos cañones supersecretos supongamos que en el término municipal de Alpedrete y que la CIA hubiera mandado a Burt Lancaster y a un grupo de aguerridos soldados de fortuna a inutilizarlos. Imaginen mis lectores que el malo de la peli es un general franquista que habla con acento de Jerez de la Frontera (Jerez of the Frontier). Un ridi. Sin embargo, rellenas este argumento de Sigfridos rubiales que hacen el paso de la oca y arrastran las erres y te queda los Cañones de Navarone. Un primor de flín. Navarone no es Alpedrete, queda demostrado.

Como todos hemos visto películas de nazis desde críos, también hacemos abstracción de lo que supuso el nazismo. Incluso si uno vive en Austria tiene que hacer un esfuerzo, porque los nazis se las apañaron para ser unos hijos de puta y, además, producir una iconografía potente y atractiva, pegajosa, que entorpece la visión cabal de las cosas. De hecho, hay una parte considerable de austriacos, todavía hoy, que son incapaces de ver todo lo malo que fue de verdad el nazismo. En cierto modo, pienso yo, porque no pueden imaginar que una época en la que vivieron (y de la que participaron) gente tan maja como sus abuelos u otros familiares cercanos, pudo ser tan mala.

Hoy se ha conmemorado la liberación del campo de exterminio de Mauthausen, en el que murieron muchísimos españoles (por cierto, con la total aquiescencia del franquismo, que no movió un dedo para salvar a ninguno de los pobres que fueron a aterrizar en aquel moridero). Por ley natural, van quedando cada vez menos testigos directos de aquella maldad inimaginable y, por lo mismo, estamos expuestos al peligro de que haya muchos (idiotas) que piensen que no pudo ser la cosa tan horrible como la pintan. Y sí: fue tan horrible. Es más: fue muchísimo más horrible de como la pintan. Y sí: lo terrible es que puede pasarnos ahora, en esta generación, en cualquier momento. Porque la maldad muta, pero permanece. Cada vez que volvemos la cara para no darnos cuenta de que hay miles de personas encerradas en alojamientos precarios, sobre cuyas vidas nuestros gobiernos deciden constantemente con la mayor frialdad (los sacan de la cama a las cuatro de la mañana y los suben a un avión, exactamente igual que entonces, y exactamente igual que entonces todo el mundo mira para otro lado). Cada vez que se habla de ellos como de personas que en realidad no son del todo personas, como si les faltara algo que nosotros tenemos, como si estuvieran un escalón por debajo, cuando hablamos de „refugiados económicos“ , o ponemos en duda la gravedad de su situación, nos estamos olvidando de una lección muy importante. En realidad de LA LECCIÓN. De una lección que todos tuvimos que aprender en Mauthausen. Todos. Los que vivían entonces, los que vivimos hoy y los que nos van a suceder en este planeta.

Lo que Hannah Arendt llamaba „la banalidad del mal“ quizá sea dar por supuesto que el mal no se puede reproducir nunca, que pertenece a generaciones pasadas, a momentos históricos concretos, que no se podría dar nunca en esta generación. No es así. Hay que estar en guardia contra la deshumanización. Siempre. En todo momento.

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2 Responses to Los cañones de Alpedrete

  1. primo N. dice:

    De acuerdo contigo, primo. No basta con hacer profesión de fe anti-nazi para inmunizarse contra el virus, porque el virus muta. El nazismo fue un sistema ideológico y político orientado al exterminio de lo diferente, a “limpiar” la nación alemana de los elementos que sus líderes percibían como ajenos a ella y perjudiciales (judíos, gitanos, homosexuales…), en suma un nacionalismo — como todos, asqueroso — llevado al extremo. Es necesario conocer el Holocausto, los campos de exterminio, las cámaras de gas, el horror que supuso para millones de personas, las consecuencias de esa persecución ciega del absoluto que no se para en matices, pero más necesario aún es prestar atención y oponerse a las mutaciones que esa ideología ha experimentado desde entonces y que se refugian en discursos actuales que no son nazis tanto en la forma como en el espíritu. Victor Orban, por ejemplo, no lleva un brazalete rojo con la esvástica en su brazo, pero sus declaraciones afirmando que se opone a la llegada de refugiados musulmanes para que no contaminen el pueblo magiar las podría suscribir cualquier nazi de primera hora. El nazismo o el fascismo no existen como sistema, pero sí hay actitudes fascistas y esas son a las que deberíamos estar más atentos.

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