Solo ante el streaming

El dizque progreso de la tecnología paradójicamente es un factor que puede llegar a jugar bastante contra nosotros, los emigrantes.

17 de Mayo.- El otro día pensaba yo (y no es un pensamiento nada original) que, a pesar de tener toda la información, toda toda toda, pero toda toda, prácticamente a nuestra disposición y gratis, en internet, las personas somos cada vez menos curiosas.

Esto se debe principalmente a la perniciosa influencia de las redes sociales y en las inteligencias artificiales que se encargan de predecir lo que puede gustarnos y nos lo dan. Estos algoritmos se basan, naturalmente, en nuestras búsquedas anteriores y en los contenidos que hemos visto o que vemos repetidamente. Los algoritmos, de esta forma, van siempre a lo seguro, de manera que corremos el peligro, parafraseando a John Lenon, de que la vida sea esa cosa que pasa mientras nosotros estamos viendo los vídeos que Youtube que ya habíamos visto ayer.

Dado esta forma de consumo de información en internet, pensaba yo que hoy en día es mucho más difícil que los lectores nuevos lleguen a Viena Directo, porque de alguna manera la relación que tienen las personas con internet es cada vez más a través de un filtro interpuesto. Llámese el de las plataformas o los de las redes sociales, que no nos enseñan por supuesto todo lo que pasa, sino solo aquellas cosas que más les interesan.

Todo esto es la llamada burbuja que otros antes que yo han descrito, y lo han hecho mucho mejor que yo.

Hoy he presenciado una conversación que me ha hecho darme cuenta de que esto no solo tiene consecuencias a nivel individual, sino que puede llegar a ser de una importancia capital cuando se trata de integrarse en una sociedad que no es aquella en la que uno ha nacido.

Cuando no estoy escribiendo estos artículos que tienes la paciencia de leer todos los días, trabajo en una empresa que opera de forma internacional. Me gusta mi trabajo y me gusta este tipo de empresas porque tengo lo que yo pienso que es una grandísima suerte: tener contacto con gente de muchas nacionalidades distintas y de muchas culturas diferentes.

Hoy, a medio día, estabamos sentados a la mesa una chica de la India, un hombre holandés que será de mi edad, un chico húngaro que no tiene treinta años y otra compañera, de mi edad húngara también y una chica austriaca que debe de andar por los treinta.

Todos llevamos ya un tiempo viviendo en Austria. En cualquier caso un tiempo suficiente como para haber podido „empaparnos“ de la cultura del país. Resultaba curioso cómo los más jóvenes tenían muchísimas dificultades para seguirnos a los que éramos de una generación un poco superior.

La solución al enigma era fácil: los más mayores llegamos a Austria cuando la gente todavía veía la televisión.

O sea, cuando todos éramos todavía consumidores pasivos de algo que unas personas habían decidido que era lo mejor que viéramos. De esta manera, aún sin quererlo, nos veíamos confrontados con programas que, primero, no entendíamos, porque el idioma no nos acompañaba o nos acompañaba poco y segundo, nos veíamos confrontados con todo tipo de cosas que nosotros no elegíamos. Es esta segunda posibilidad una cosa que yo creo que se ha perdido y para mal. Porque naturalmente, había cosas que veíamos (que „nos tragábamos“ como se decía antes) y que nos gustaban, y cosas que veíamos y que, por mucho que le diéramos vueltas, no conseguíamos no ya que nos gustaran, sino ni siquiera entenderlas. Cosas que nos intrigaban, cosas que nos daban risa o que nos parecían ridículas. En fin: todo tipo de cosas.

Pues bien: eso, como digo, se ha perdido.

Debido a las plataformas de streaming mucha gente que vive aquí en Austria puede pasarse la vida viviendo, espiritualmente hablando, en su esfera cultural de nacimiento. Se puede vivir en Austria sin tener ni idea de quién era Romy Schneider, sin haber visto las películas de Sissi, no hablemos ya de los informativos o de todo lo demás. Es como si en el colegio nos hubieran dejado elegir las asignaturas y solo hubiéramos estudiado las cosas que nos gustaban y se nos daban bien. Un horror. Porque las cosas que no se nos dan bien y no nos gustan (lo mismo que las personas con las que tenemos poco o nada en común, pero a las que tenemos que aguantar por circunstancias de la vida) son, paradójicamente, las que más nos enriquecen, porque se nos pegan cosas de ellas o aprendemos cosas de ellas, aunque solo sea que no queremos ser como ellos son, que hacen de nosotros personas más enteras, seres con una mayor amplitud de miras.

¿Soy yo el único que piensa todavía que eso es un objetivo en la vida por el que merece la pena luchar?

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