Mares interiores

El otro día, una chica preguntaba por los pros y los contras de venirse a vivir a Austria. Entiendo que mi pro es un poco personal, pero yo creo que es chulo.

1 de Junio.- Una de las cosas más bonitas de leer libros es cuando uno encuentra escrita una cosa que, hasta ese momento, pensaba que le pasaba solo a él.

Estoy leyendo un libro interesantísimo sobre la adquisición del lenguaje desde el punto de vista neurológico (lo sé, sé que soy un friki total, pero lo tengo aceptado). A lo que iba: resulta que en él he leido que la parte más secreta de esa cualidad que es la que nos hace humanos es una a la que la ciencia tiene poco o limitado acceso y es el idioma, personalísimo y único, que todos utilizamos para hablar con nosotros mismos. Ese flujo de conciencia que Joyce o Tolsoi intentaron dejar escrito en sus novelas con un éxito, lógicamente, relativo.

Hasta ayer, yo pensaba que uno de mis frikismos (uno de los muchos) era el de conservar recuerdos, incluso recuerdos muy precisos, de „protopensamientos“ de cuando era niño, a los que no se me ocurre otra manera de nombrar que llamarlos „paisajes interiores“ intraducibles a palabras, pero que son mucho más precisos que las palabras. Muchas veces, de niño, yo me decía „qué pena que no haya una palabra para nombrar esto que me está pasando“ y quizá mi incesante lucha para saber palabras nuevas, para hablar con más precisión, quizá se deba a esa frustración que siempre he sentido al constatar en mí la existencia de un espacio interior lleno de cosas incomunicables.

Dejando esto aparte, el libro también me ha recordado a una pregunta que leí en el grupo Españoles en Viena hace unos días.

Una chica española, residente en Ibiza, preguntaba a la concurrencia cibernética por los pros y los contras de haberse venido a vivir a Austria, ya que su novio (como es natural) quería que ella abandonase la isla en donde está sirviendo Paris Hilton y se viniese a vivir aquí.

Cada uno, naturalmente, contaba su opinión. Que si el tiempo (meteorológico), que si los tomates (que no sabían a nada según algunos, aunque a mí me saben bien porque sé dónde comprarlos y porque los tengo de mi huerto cuando es la estación), que si el pescado -eso sí que es un drama-, que si la proverbial seriedad de los austriacos -solo superficial-.

En el libro que estoy leyendo, referido en particular al lenguaje de signos para los sordos, se dice poco menos que el aprendizaje de cualquier lengua conlleva, necesariamente, el forjar una personalidad de acuerdo a esa lengua. Esto, que intuimos todos los que hablamos varios idiomas, parece ser que tiene una base neurológica.

Yo recuerdo como un proceso fascinante el hecho de llegar aquí, sin tener ni idea de alemán y, de pronto, empezar a entender. Sin que yo pudiera hacer nada para evitarlo, empezó a crecer dentro de mí otro Paco, que se manifiesta cuando hablo alemán y que es distinto del Paco que se manifiesta cuando hablo en inglés, cuando hablo en francés o cuando hablo en español, las otras tres lenguas que domino.

En mi caso, como el territorio lingüístico correspondiente al alemán lo pisé tarde, se puede decir que la conquista, la auténtica fruición por aprender nuevas palabras pero, sobre todo, por comprender la estructura psicológica que hay detrás del idioma, fue más a un nivel pasivo, o sea, de comprensión, que a un nivel activo, porque soy consciente de que el cerebro „se cuaja“ y deja de ser tan flexible al aprendizaje (parece ser que dejamos de ser tan flexibles alrededor de los once años, cuando esa facilidad de aprender los idiomas sin acento se nos cierra para siempre). Pero fue un subidón y sigue siéndolo. Poesía, literatura, el artículo más apestoso del Heute o del Österreich, todo me vale. Muchas veces, a mitad de la página de algún libro, me paro y me dijo:

-Coño Paco !Estás leyendo en alemán!

Y no solo eso. Lo más chulo, lo que sin duda ha hecho que valiera la pena este esfuerzo, la adaptación y todo lo demás, ha sido que, a base de nombrarlos, he descubierto matices nuevos de la realidad, conceptos que en español no existen, pero que en alemán se nombran de una manera precisa y que, en la mayoría de los casos, resulta intraducible al español con la misma carga de significado.

Retomando el primer párrafo se podría decir que lo genial de haberme venido a vivir a Austria es que ese país mío interior de lo inexpresable se ha hecho, genialmente, algo más pequeño.

Articulo publicado en Austria. Guarda el enlace permanente.

2 Responses to Mares interiores

  1. Nina dice:

    Hola, sigo tu blog desde algún tiempo, lo encontré tratando de ayudar a una amiga hispanohablante y me encantan tus observaciones y comentarios! A propósito yo también hablo los mismos lenguajes y me gustaría saber el título del libro que estás leyendo que parece muy interesante. Gracias!

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