Días contados (1/2)

En el Museums Quartier de Viena se está celebrando una reunión de una gran trascendencia. Sobre un asunto del que todo el mundo puede opinar.

10 de Junio.- En estos días se está celebrando en Viena un evento muy curioso impulsado desde el Gobierno y, más concretamente, desde el ministerio de la cancillería, cuyo titular es el Sr. Gernot Blümel.

En la sala grande del Museums Quartier se han reunido los principales representantes del panorama mediático austriaco para responder a una pregunta que tiene muchísima más miga de la que parece ¿Hacia dónde van los medios? Lo cual, en Austria, se transforma, en la mayoría de los casos, en esta pregunta ¿Hacia dónde va la ORF, la corporación pública de medios austriaca?

En Austria, en muchos aspectos, la situación mediática es la misma que a principios de los noventa del siglo pasado. O sea, la ORF tiene la mayoría de la cuota de mercado (yo diría que uno sesenta o un setenta por ciento) y los canales privados tienen que conformarse (y se conforman muy a duras penas) con el resto.

A pesar de esto, en Austria se cumple a la perfección lo que yo le oí decir un día a un jefe, cuando trabajaba en la tele.

Él podía decirlo porque no había nacido en España, pero tenía más razón que un santo. Dicho señor decía, con aire fatalista, que todo español se cree con derecho y sabiduría suficiente como para ser tres cosas (juntas o separadas). A saber: presidente del Gobierno, seleccionador nacional de fútbol (o, en su defecto, entrenador del Madrid o del Barcelona) o director general de RTVE. O sea, que no hay austriaco que no se queje de la calidad de la cadena pública. Casualmente, los políticos que más se quejan de la calidad de la ORF son aquellos que menos cintura tienen para soportar un periodismo independiente (sí, ellos; no hace falta que digamos quienes) y, casualmente también, los conglomerados mediáticos que más han respaldado a esos políticos (y que más siguen respaldándoles) para llegar al poder, son los accionistas mayoritarios de radios y televisiones privadas, muy interesados obviamente en que la ORF pierda cuota de mercado.

La excusa que el Ministerio de la Cancillería ha utilizado para convocar estas jornadas sobre el futuro de los medios (el futuro de la ORF) es perfecta. A nadie se le escapa que el actual modelo de televisión tiene los días contados. Igual de contados que las revistas en las que se da la programación. En veinte años no habrá programación (probablemente, no habrá tampoco ese tipo de revistas) y todos veremos lo que nos apetezca en cada momento vía internet. Esto es así y, a no ser que una tormenta solar escachifolle los servidores a nivel mundial, parece que no tiene vuelta atrás.

Otra cosa que también parece incontrovertible es que, hoy más que nunca, la salud democrática de un país exige que los ciudadanos (los contribuyentes) tengan un medio público de cuya información se puedan fiar para que no nos pase como a los americanos y terminemos votando (los que puedan votar) a un Trump. Ayer por la tarde, por gusto, me puse a mirar vídeos locos de YouTube y cacé un par en el que un pastor americano (protestante no del sector agropecuario) intentaba convencer a su grey de que la tierra, al contrario de lo que dicen esos tipos de mal vivir que son los científicos, es plana. Porque la Biblia lo dice y ya se sabe que Diosito, en la Biblia, no miente. Hale, con un par.

La ORF tiene marcada por ley una serie de objetivos, entre ellos los de informar de manera independiente y proporcionar entretenimiento de calidad y promocionar la cultura (y los productos culturales) austriacos. Así, sobre el papel, la cosa parece fácil, pero no lo es de ningún modo. Por muchas razones. Con su cuota de pantalla actual, la ORF es un objetivo muy goloso para quienes quieren utilizarla de altavoz o para quienes desean que la ORF informe favorablemente sobre sus actuaciones y se convierta en una cosa neutra y amorfa como una hoja parroquial. Por otro lado, se puede hacer una televisión de gran calidad (lo cual suele traducirse por una televisión con un nivel intelectual solvente) pero que no la vea nadie (porque la gente, desengañémonos, en general no tiene un nivel intelectual solvente, salvo los lectores de Viena Directo, como han demostrado si han llegado hasta aquí) ¿De qué sirve hacer una televisión en la que se hable de Kafka, de la música dodecafónica o del accionismo si luego la ven cuatro gatos? ¿Cumple así su misión? Obviamente no.

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Igual mis lectores han notado que la cabecera de VD ha cambiado un poquito estos días. Es temporal. En mi intervención de este mes de Latino TV, cuento por qué.

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