El barbero prodigioso

Yo voy siempre a la misma peluquería de turcos. No solo porque es buenísima, sino porque siempre me pasan en ella cosas interesantísimas.

17 de Junio.- El viernes, aprovechando que tenía un rato libre, decidí ir a cortarme el pelo. Siempre voy al mismo sitio, a una peluquería de turcos que me queda cerca de casa. No solo voy porque me cortan bien el pelo y, además, a un precio imbatible, sino porque, además, es un sitio fascinante en donde siempre me pasan cosas interesantes .

De camino a la peluquería, me di cuenta de que, a poca distancia de la mía, otros turcos habían abierto un establecimiento parecido. Mira, me dije, les ha salido competencia.

Antes de seguir, quisiera aclarar que, según yo tengo visto, mi peluquería está organizada del mismo modo en que debió estar organizado el taller de Zurbarán, o el de Leonardo o, de manera más cercana, el taller de costura al que mi madre, cuando yo era pequeño, iba a aprender a coser. Hay un oficial, el jefe y dueño del establecimiento, el cual pastorea a una tropilla de aprendices en distintos grados de madurez profesional.

Chico con barba

Quizá desde que, siendo niño, iba con mi madre al taller de costura, me fascina ese universo que es un residuo de la antigüedad, de cuando las relaciones económicas eran más personales y que, curiosamente, tiene que ver con algunas de las cosas que más cerca llevamos del cuerpo, con la ropa, con el pan, con aquellos rituales de higiene personal que otros hacen por nosotros.

En fin: al llegar a la peluquería, estaba el jefe pelando a alguno y otro de los peluqueros estaba con otro señor.

Había tres hombres sentados, a los que yo tomé por clientes. Pregunté quién era el último, y entonces el jefe me dijo que yo mismo, porque no había nadie esperando.

Hombre pelirrojo con barba

Se levantó entonces uno de los sentados y me indicó el tercer puesto libre, y yo me senté en él, me quité las gafas y me dejé hacer. Además encantado, porque se me ha olvidado mencionar que, quizá traumatizado de que el peluquero de nuestra infancia (q.e.p.d.) nos preguntara a mi hermano y a mí constantemente por idioteces como el fútbol, a mí ni en los taxis ni en las peluquerías me gusta que me den palique.

Una vez colocado el mandilón sobre el que caerían los pelos cortados, me preguntó el peluquero -un chico joven, algo borroso, con los dientes hechos polvo- que cómo quería que me cortase el pelo y la barba. Se lo expliqué y él empezó con mucho alarde de tijeras y mucho raca raca con la faena. Yo, como siempre hago en esas situaciones, cerré los ojos con disimulo (hacía calor y me había levantado a las cinco, o sea, que el cuerpo no me pedía juerga, precisamente).

En la tele, los previos del partido de Marruecos contra qué sé yo quién, por la copa de la vida esta que están jugando ahora.

Pasados diez minutos, el jefe aprovechó para preguntarme que qué tal estaba, que si todo bien. Y yo que sí, que todo bien. Lo achaqué a que, dado que habían abierto competencia en las cercanías, el peluquero quería ser más amable de lo normal. Lo que se llama fidelización del cliente.

Bien.

Hombre con barba

Diez minutos más tarde, cuando me estaban empezando a cortar la barba, otra vez. Que si todo bien, que si estaba contento. Y yo que felicísimo. Quizá quieren que hable algo, pensé yo. En fin: para sufrir nacemos.

Creí llegada la ocasión para pegar la hebra y decir que aquella noche del viernes jugaría España contra Portugal. Asunto que a mí, como el lector puede suponer, me provocaba una emoción tendente a menos uno. Pero oye, allá donde fueres, haz lo que percibieres por medio de la vista.

En cualquier caso, distraido con otro cliente, el jefe de la peluquería pasó de mí de manera olímpica.

Eso te pasa, Paco, me dije, por meterte a hablar de cosas que para ti son un misterio. Si es que se te tiene que notar que no tienes ni puta idea de fútbol.

No me lo tomé de manera personal.

Total: que llega el momento conflictivo cuando el peluquero coge la navaja de afeitar y uno reza porque el tipo no se haya radicalizado en los últimos tres meses y porque no le haya dado por degollar cristianos en nombre de la yijad (uno piensa, „Dios mío de mi alma, si a este se le cruza un cable, estaría yo vendido, con la cantidad de sangre que el corazón bombea por la carótida, en tres minutos estaría uno cantando la Flor de la Canela con María Dolores Pradera“). Pero no: hubo suerte esta vez y el tipo de los dientes estropeados no se había apuntado a los lobos grises.

Fue un rasurado un tanto destinado a probar mi hombría (cómo escuece el after shave de los turcos, el condenao) pero a la vista está que sobreviví.

En fin. Tras lociones diversas, niveas, etcétera, pagué el corte de pelo. Dejé una propina generosa (había estado más de tres cuartos de hora sentado) y cuando me disponía a salir, me cogió por banda el jefe:

¿Y los pelos de las orejas? -los españoles, como personas bien nacidas que somos, tenemos pelos hasta en la lengua y las orejas no son una excepción.

A mí me dio apuro:

-No, mire, que no. Ya en casa, si eso.

El peluquero jefe no admitió nngún tipo argumento en contra:

-Que no, que no. De ninguna manera. Siéntese usted ahí que se lo hago yo mismo.

Volví a dejar la mochila con el ordenador, y volví a dejar las gafas en el aparador y entonces el jefe llamó al aprendiz y le pidió que fuera a por alcohol de quemar, que no tenía a mano.

Entretanto, se puso a calentar la cera que los turcos utilizan para librarse de los pelos de las orejas y las turcas utilizan para quitarse los pelos de las piernas (supongo). Cuando el aprendiz regresó, el oficial se puso a explicarle al aprendiz todas las cosas que no había hecho bien (de las que, por supuesto, yo ni me había enterado) y, cuidadoso, se puso a repasarme la barba hasta dejármela como tirada con escuadra y cartabón. Luego, tiró de la cera que yo llevaba en las orejas y que ya se había enfriado. Su puta madre (with pardon). No digo más.

De la cera, claro, que al peluquero turco yo le estoy agradecidísimo.

Tras esto, cogió el alcohol de quemar, impregnó un algodón y le prendió fuego y luego me lo volvió a pasar por las orejas ras ras por si se había quedado algún pelo rebelde que hubiera resistido a la cera. El ambiente se llenó del consabido olor a pata de pollo quemada.

Hombre con barba

Hecho esto, me dio otra vez loción en las orejas y me despidió satisfecho porque, por fin, mi apariencia estaba de acuerdo con el prestigio de su local.

Y yo, como Lina Morgan, agradecida y emocionada, le dije:

-Bis zum nächsten Mal.Auf wiedersehen.

Y claro que la habrá. Ese turco tan profesional ha ganado un cliente para toda la vida.

Articulo publicado en Austria. Guarda el enlace permanente.

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