Las provincias (2/2)

¿En qué moneda pagamos los inmigrantes la calidad de vida de la que disfrutamos? Desarrolle su respuesta.

Antes de ir al grano, en el espacio de Facebook de Viena Directo (regalame un like, no te cuesta nada). He puesto una pequeña encuesta sobre la que me gustaría saber tu opinión. Pásate y vota, es un segundo y me harás feliz.

21 de Junio.-… Y así, mientras Felipe Blasco estrechaba manos, y charlaba con las personas que habían ido a verle, respondiendo tal o cual pregunta, y alguien preguntaba si éramos vegetarianos, porque el restaurante al que íbamos a ir a cenar a continuación estaba especializado en carnes, a mí me dio por pensar en la frase que le había dicho yo a la novia del artista –una chica majísima, de Almería, con la que luego me estuve echando unos cantes-.

Cuando estábamos charlando de lo que les había parecido Viena que es, en el fondo, un tema muy socorrido cuando acabas de conocer a alguien, le dije:

-No sabes la envidia que me dáis.

Fue un impulso, de verdad que fue un impulso decírselo, porque yo no sabía en aquel momento preciso de qué me venía a mí aquella melancolía que me estaba entrando cuando la escuchaba hablar de Madrid, de mi Madrid, y del ruido, y del bullicio y de la gente. Y de la cartelera hirviente y de todas aquellas cosas que, en una época tan lejana de mi vida, tan lejana que parece ahora que le hubieran pasado a otra persona, yo disfrutaba tanto.

No sé, repito, de qué me venía a mí aquella melancolía, porque yo soy muy feliz en Viena, y disfruto mucho de todo (mis lectores saben que disfruto mucho porque doy amplio testimonio de lo bien que me lo paso en estas páginas electrónicas). Pero en el fondo, esa pequeña molestia, estaba ahí.

Luego, llegó Felipe con su café y dio la charla y estuvo nombrando un montón de obras de teatro que ya no están en cartelera y que a mí me hubiera gustado ver (algunas incluso me hubiera gustado escribirlas, porque la verdad es que los argumentos eran estupendos) y entonces me acordé de mi profesor, Jorque Urrutia, y de Umbral, su tío y entonces pensé que viviendo en Viena era mucho más difícil, por no decir imposible, que me volviera a encontrar con Almodóvar por la calle, o con Alaska y su marido y las Nancys Rubias andando por la Gran Vía.

Que era imposible que me volviera a topar a la vuelta de la esquina de lo que era un banco y ahora es el Cervantes con Eduardo Mendicutti o que en un bar de San Bernardo, como me pasó una vez, me encontrase en la barra a un señor mayor y bastante machacado que resultó ser José Sacristán.

Y me vino a la cabeza que Felipe y su novia, que viven en el centro de Madrid, y que se quejan del ruido y del bullicio y de la suciedad y de lo incivilizados que son sus convecinos (que también fueron mis convecinos) eran en realidad los embajadores de un mundo que fue el mío también y que yo de alguna manera sacrifiqué (si sacrificar es la palabra) para disfrutar de mi felicidad actual.

No es así, claro, sino que la vida es el resultado de las opciones que uno ejerce.

Todos nos paramos delante de encrucijadas que nos llevan a un lado o a otro y, desgraciadamente, el tiempo del que disponemos es el que es (eso es una cosa que uno aprende cuando se hace mayor, que la única cárcel es el tiempo) y no hay posibilidad de vivir dos vidas o tres en paralelo, ni de saber qué hubiera pasado si hubiéramos hecho esto o lo otro.

También pensé que, de alguna manera, los que vivimos (en mi caso vivíamos) en Madrid, vivimos acostumbrados a estar en donde pasan las cosas (el setenta por ciento de las noticias son de Madrid).

Y de pronto pensé que los españoles (o hispanohablantes) que vivimos en Viena, en un entorno que a veces, idiomáticamente, puede llegar a ser muy hostil, en realidad vivimos en una ciudad pequeña de provincias, con su ritmo lento, sus miles de habitantes de los cuales, por pura estadística, somos unos cuantos los que tenemos inquietudes intelectuales. Que ahora, con internet, puede parecer que no hay distancias, que es como si viviéramos en Madrid, que los cantantes españoles o hispanoamericanos buenos también actúan en la Konzertsaal y todas esas cosas, pero que siempre nos queda, nos quedará la sospecha, de estar perdiéndonos cosas, como la gente que vive en las ciudades pequeñas de Castilla o de Canarias o de Galicia, o de Guayaquil o de Cochabamba o Trinidad o Huásabas con respecto a las grandes capitales.

Pero no todo es melancolía. Quizá este precio que pagamos los emigrantes, esta sospecha, esta relativa lejanía intelectual de los sitios en donde se pueden oir conferencias (aquí las hay muy buenas también, pero no en nuestro idioma, como es lógico) hace que lo apreciemos todo mucho más. O mejor dicho: que lo apreciemos todo en su justa medida. Como a mí me pasó con la charla de Felipe Blasco. Me quedé con ganas de mucho más, pero fue una suerte haber estado allí.

Luego, nos fuimos a comer codillo y a tomarnos unas cervecillas porque los intelectuales, señora, también hacemos estas cosas.

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Un comentario a Las provincias (2/2)

  1. victoria dice:

    Qué pena no poder estar en dos sitios a la vez, vivir dos vidas a la vez (o tres), vivir en dos universos paralelos y divergentes como dos habitaciones separadas por una puerta. Qué pena no poder abrir esta puerta siempre que queramos. Es lo malo de elegir, siempre tendrás en tu vida cosas buenas ( y malas) a costa de perder otras distintas y diferentes.
    No, no se pueden vivir dos vidas a la vez. Es imposible…

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