La condesa Maritza

Como es tradicional, en Austria el verano es tiempo de opereta. Este año, en Mörbisch, la Condesa Maritza. Un placer.

29 de Julio.- Una de las cosas más admirables de este pueblo que me acoge es la imaginación que le echan a la hora de encontar maneras de crear eventos y festivales. A nada que cualquier pueblo tenga cuarto y mitad de cosa que merezca verse, se monta un festival, parecido a los que, en España, se montan en Mérida o Almagro anualmente.

Dado que Austria es el país de la música, generalmente estas cosas están relacionadas con algún evento musical. En Burgenland, es tradición, desde los cincuenta del siglo pasado, el festival de Mörbisch. Cada verano, se representa al aire libre una opereta.

Con la historia musical que tiene Austria, la materia prima (o sea, el repertorio) es prácticamente inagotable. Como sucede con la zarzuela (con quien guarda muchas similitudes) la opereta tuvo una época dorada entre la Belle Epoque y los años veinte del siglo pasado y son incontables los títulos hermosos (casi todos como con nombre de barco con los que el rey padre podría haber participado en una regata en Mallorca) y las melodías de esas que todo el mundo se sabe.

Este año, toca „La condesa Maritza“ (Gräfin Maritza, ya digo que las operetas tienen nombre de barco total) y ayer estuve viéndola.

La representación fue muy agradable aunque, quizá debido al cambio de dirección del festival, un poco más „Joseluismorenesca“ que en ediciones anteriores. Los montajes de Mörbisch se caracterizan porque están hechos no solo con lujo, sino con bastante buen gusto. La Condesa Maritza es más bien arrevistada y esto quizá dio pie a quienes han concebido este montaje a pasarse un poquito con el tema Folies. Por lo demás, nivelazo musical, nivelazo de cantantes y, lo que es más importante, no llovió, lo cual en Mörbisch es también una especie de tradición no escrita, que llueva a cántaros cada vez que yo voy.

Pasaremos por encima del argumento de la ópera, que no deja de ser una excusa llena de amores tontainas, una percha para colgar las melodías muy al estilo del Broadway de la época (1924) para detenernos un poco en la biografía del compositor de la cuestión, el húngaro Emmerich Kalmann. Kalmann, el cual, por cierto, se daba no poco aire al canciller Dollfuss, al que asesinaron los nazis antes de la anexión, nació en Siófok, hoy Hungría, entonces monarquía bicéfala, en los ochenta del siglo diecinueve. Era hijo de un tratante judío de grano que se llamaba Koppstein, pero cuando fue al instituto, en Budapest, se cambió el nombre.

Como en todas las familias judías, en la de los Kalmann reinaba un gran amor por los libros y la música, así que el joven Emmerich estudió por un lado derecho y por otro composición, en la Academia de Música de Budapest, en donde compartió pentagramas y corcheas con gente de la talla de Bela Bartok.

Muy jovencito, con la edad en que Sebastian Kurz fue „menistro“ Emmerich se dio cuenta de que si bien los poemas sinfónicos daban prestigio, el dinero estaba en el género ligero, en la opereta y como Yaveh le había dado mano para las melodías pegadizas, se puso a producirlas con mucho salero. No solo la mencionada Condesa Maritza, sino también otras como la Princesa del Circo -otro yate- o El Barón Gitano -ídem-. Se hizo famoso por introducir en su música motivos regionales húngaros, como las Czardas y -añado yo- un cierto aire yiddish en las melodías, lo cual le valió grandes éxitos no solo en la vieja Europa, sino al otro lado del charco (yo ayer escuchaba la opereta y me parecía oir Broadway).

Ya estarán esperando mis lectores la siguiente vuelta de esta biografía. En 1938, con la anexión, Kalmann se vio obligado a salir de Viena, esa plácida ciudad en donde el paso de la oca había sustituido al levantamiento de pierna de las coristas. Como era uno de los compositores favoritos de Hitler, el dictador le ofreció hacerle „ario honorario“ (sí, estas cosas pasaban) y naturalmente Kalmann no aceptó.

Primero emigró a París, pero en 1940 se marchó a los Estados Unidos en donde fue acogido por la comunidad de Broadway y compuso algunas canciones con Lorenz Hart (un genio, pero alcohólico, el pobre). Kalmann no volvió a Austria hasta 1949, pero en vez de acogerle con los brazos abiertos, la prensa le montó una campaña que pretendía expropiarle la villa que ya los nazis le habían expropiado antes (al pobre).

Harto de todo, murió en París en 1953 y está enterrado en su localidad natal.

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