Historias de amor

 

Hablemos del amor (una vez más). Hay un fenómeno que afecta más a las parejas bi(nacionales) que a las mono(nacionales) ¿Cuál será?

3 de Agosto.- Ingeborg y Alejandro se conocieron en algún momento de principios de este siglo (ni Ingeborg ni Alejandro se llaman así, por supuesto, ni daremos más detalles para no dar pistas sobre las personas reales).

Al principio, como les pasa a muchas parejas en su situación Ingeborg, que era de Viena, aunque de familia procedente de Estiria y Alejandro llevaron una relación a distancia. Las relaciones a distancia son ese invento por el cual cada dos fines de semana se pasa del cielo al infierno en cuestión de cuarenta y ocho horas. O sea, las horas, los minutos y los días que transcurren entre el apasionado y fogoso encuentro y la inevitable despedida (hasta el encuentro siguiente). Ingeborg tenía un buen trabajo en Viena y como Dios no le había llamado por el camino de los idiomas, no se decidía a irse a España vivir con Alejandro el cual era, pongamos, un ingeniero informático de esos que la crisis ha hecho valer ochocientos euros al mes.

Alejandro tenía en España ciertas obligaciones familiares, fruto de un matrimonio de esos que se piensan con el pito y se ejecutan por medio de la Caja de Ahorros del Mediterráneo. Un matrimonio que, en cualquier caso, ya se había roto antes de que Ingeborg llegara a su vida. Cuando los dos vieron que su relación iba cuajando y la llama de su pasión no se apagaba, discutieron la posibilidad de unificar vidas y haciendas en un mismo país. Ingeborg, ya está dicho, no se decidía a que ese país fuera España, así que Alejandro dio un paso adelante y, una vez liquidada la hipoteca con su ex, decidió que Viena iba a ser el escenario de una de las rachas más felices de su vida.

La cosa no pudo empezar peor.

A pesar de que, a priori, un ingeniero informático no hubiera debido tener demasiados problemas para encontrar trabajo en Viena, a Alejandro no terminaban de salirle las cosas. Cansado de echar currículums a cien empresas y, en el mejor de los casos, recibir amables correos electrónicos diciéndole que mantendrían su currículm „en evidencia“ (como se dice aquí) Alejandro, que no tenía vocación de hombre de harén, decidió emplearse en la hostelería. Ingeborg estaba bastante contenta porque, como Alejandro descubrió demasiado tarde, era de esas mujeres a las que les gusta tener el poder, aunque lo ejerciera de modos más bien sibilinos, en este caso, la vía presupuestaria. En todas las decisiones comunes, Alejandro tenía la última palabra, la cual solía ser „sí, cariño“, porque „cariño“ pagaba (ya se encargaba ella de hacérselo notar de manera sutil pero no por ello menos definitiva).

Pasó el tiempo, sin embargo, y la paciencia de Alejandro tuvo su recompensa.

El ingeniero informático encontró un trabajo que solo exigía un nivel de alemán zarrapastroso. Alejandro empezó con ganas y, con paciencia y constancia, no solo se comió a sus compañeros con patatas, sino que a los seis meses pudo solicitar un aumento de sueldo. Al año, Alejandro era también el centro de un activo círculo de amigos lleno de personas interesantes, círculo de amigos que no era, casi da cosa decirlo, el de Ingeborg y en donde su santa no tenía ya el protagonismo al que ella estaba acostumbrada.

El ascenso de la vida profesional y social de Alejandro en Viena fue inversamente proporcional al éxito de su relación con Ingeborg, la cual no estaba nada contenta con la evolución de los acontecimientos, porque donde ella había encontrado a un español al que apadrinar (siente a un pobre a su mesa) ahora resultaba que había una persona que tenía éxito por sus propios medios.

Las peleas empezaron a menudear y la relación por fin, se rompió, sin que Alejandro pudiera entender demasiado bien qué puñetas le pasaba a su novia.

Es una historia, esta de las evoluciones divergentes, que uno piensa que sucede más a menudo en las parejas mixtas (binacionales) que en la de las parejas mono (nacionales). ¿Qué os parece a vosotros?

 

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