Nosotros, los modernos (2)

Nosotros, los migrantes. Avanzadilla del mundo por venir.

29 de Agosto.- Siguiendo con los rasgos de las personas modernas :

La gente que no habla idiomas es muy maja, pero no es moderna, en esto estaremos todos de acuerdo.

Más allá de que hablar idiomas significa un mejor acceso a la cultura y multiplicar las oportunidades de comunicarse, hablar idiomas es moderno porque el aprendizaje de un idioma implica, necesariamente, dos cualidades sin las que hoy en día es imposible moverse por las zonas más avanzadas de la cultura : la curiosidad y la empatía.

En resumen : intentar comprender lo que el otro está diciendo hace que, necesariamente, nuestras opiniones se relativicen y haya cosas, como cualquier clase de proselitismo, que pierdan todo el sentido. Cualquier ortodoxia, del tipo que sea, queda absolutamente reducida a sus justos términos. O sea, a ser la parte de un todo mucho más rico, del que cada cual aprovecha lo que más le conviene.

Para bien (eclecticismo) o para mal (autoestafa), que de todo hay.

El otro día leí en El País un artículo sobre arte en el que una profesora, una entendida ,empezaba su opinión con esta curiosa premisa : « desde el momento en que la calidad ha dejado de ser un criterio para evaluar el arte… ». Esta frase es, desde mi punto de vista, la llave maestra de lo que significa ser un hombre del siglo XXI. Se puede cambiar calidad por verdad, y la frase sigue teniendo todo el sentido. Ojo, no es la negación de que la verdad exista, lo mismo que todos sabemos que existen excelentes dibujantes y luego gente que no sabe ni pintar un monigote, sino la afirmación de que ha dejado de ser el criterio más importante para calibrar hasta qué punto cualquier idea es más o menos útil, o merece ser defendida.

Esta es una idea a la que incluso los modernos más modernos estamos teniendo que acostumbrarnos.

Esta porosidad de la verdad naturalmente la ha producido internet. Antiguamente, había fuentes de verdad muy localizables. Había un consenso a propósito de la credibilidad de determinadas entidades o personas. Este consenso nacía de una jerarquía clara. Implícitamente, se consideraba que si una entidad o persona era capaz de llegar a mucha gente, las ideas que difundía tenían que ser más verdad que mentira. En esto se basaba la credibilidad de los medios de información. De los periódicos, por ejemplo. O del Presidente de los Estados Unidos. Hoy, todos somos un nanomedio. Y el presidente de los Estados Unidos, una voz más que grita por internet y lucha desesperadamente, como todos nosotros, por obtener difusión.

La quiebra del concepto de verdad en tanto que asidero en el que sujetar la propia vida es una de las cosas que, bajo mi punto de vista, mucho más que el concepto de quiebra de la identidad, ha hecho que una gran parte de la gente no pueda aceptar la realidad del siglo XXI y trate de refugiarse desesperadamente en la moribunda realidad del siglo pasado. Los migrantes, sin embargo, llevamos ventaja en eso. Para tener éxito, una de las cosas que tenemos que hacer es soltar lastre. Y las certidumbres demasiado sólidas es lo primero que tiramos por la borda, porque migrar implica entrar en contacto con una realidad que pone en cuestión todo lo que conocíamos antes.

Para bien o para mal, el ser moderno implica que no hay certezas. Y si no las hay, llegamos al siguiente punto : un hombre moderno tiene que ser no ya flexible (el de la flexibilidad es un concepto muy siglo XX) sino aún más : un hombre del siglo XXI tiene que ser plástico.

Flexibilidad y plasticidad son dos cosas que parecen lo mismo pero no lo son, y los migrantes lo sabemos bien.

Una cosa flexible, supongamos la típica regla de plástico, se puede deformar si uno presiona uno de los dos extremos. Pero si presiona demasiado, se rompe. Si uno no presiona demasiado, la regla, una vez la soltamos, vuelve a recuperar su rectitud original.

Supongamos ahora una pella de plastilina, y que esa pella de plastilina somos nosotros. Cuando las condiciones cambian, por ejemplo cuando dejamos nuestro país de orígen, nuestra zona de confort, la pella de plastilina se deforma según la presión, pero cuando las condiciones vuelven a cambiar, no recupera su estado original, que puede ser muy diferente del nuevo. Los migrantes nos enfrentamos normalmente a los cambios más brutales de circunstancias pero para nosotros la flexibilidad es inútil. Cuando uno sale de su país y las circunstancias actúan sobre él, nunca vuelve a recuperar su forma original. Todo cambia en él y deja huella. Y eso, quizá, sea lo más moderno que exista. Estar siempre abierto a nuevas experiencias, con la actitud sorprendida y lúdica de un turista que visitase su propia vida.

Articulo publicado en Austria. Guarda el enlace permanente.

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