!Ponme guapa, Madame!

El Leopold Museum de Viena le dedica una exposición a la fotógrafa austriaca más importante de su tiempo. Pionera, brillante, exitosa en los negocios, pero desgraciada también.

3 de Septiembre.- Hasta los años veinte, cerca de la plaza de la Bolsa y a muy pocas manzanas, por cierto, de un conocido restaurante español de esta capital, estuvo el Estudio de una personalidad fascinante. Una mujer fea, listísima y con una determinación férrea, que se ganó el derecho a ser una de las fotógrafas (no solo austriacas, sino europeas) más importantes del siglo XX.

Me estoy refiriendo a la que, como nombre de guerra, eligió Madame D´Ora y que, en el siglo, se llamó Dora Kallmus.

La señora Kallmus nació a finales del siglo XIX, en plena época victoriana (Francisco-josefina, aquí) en una familia judía de clase alta austriaca. Como tal, fue educada entre algodones, pero ella nunca se resignó a ser la típica señorita sin nada que hacer. Su pasión por la fotografía, arte que la haría más tarde famosa mundialmente, nació durante unas vacaciones en la Costa Azul francesa ¿Qué hacer cuando uno quiere escribirle a los amigos y no encuentra postales que le gusten? Pues claro que sí: hacer fotos y mandarlas. Este fue el detonante de que Fräulein Kallmus se comprase su primera cámara de fotos. Cuando lo hizo y aprendió todo lo que podía aprender cacharreando, Dora Kallmus se dio cuenta de que necesitaba a alguien que le enseñara de una manera más técnica, más profesional. Así que se apuntó (y fue la primera mujer en hacerlo) a la escuela de artes gráficas de Viena.

Allí, por cierto, se empapó de la teoría, pero jamás tomó ninguna clase práctica. En 1906 estudió fotografía y retoque fotográfico en Berlín, y a su vuelta a Viena, en 1907, abrió su estudio fotográfico y empezó a hacer retratos de „desconocidos“ en una época en la que la gente iba al fotógrafo a que les tomasen un retrato, las fotos profesionales eran carísimas, auténticos objetos de lujo y las cámaras domésticas (las socorridas Brownies, las Kodak) no habían cruzado todavía el océano para convertir la fotografía en un arte al alcance de las masas.

Sin embargo, Madame D´Ora (adquirió su nom de guerre cuando abrió su estudio) pronto se hizo famosa por los retratos de personalidades de la intelligentsia vienesa, como Alma Mahler y Gustav Klimt.

Tan famosa se hizo que fue la encargada de hacer las fotos oficiales de la coronación del nuevo emperador, Carlos. En esta época empezó su relación, que sería intensísima hasta el principio de la guerra mundial, con el mundo de la moda.

El fin de la guerra mundial supuso, no solo el fin del mundo del que Madame D´Ora había salido, sino también un cambio radical de estilo. En 1927, Dora Kallmus le deja las riendas de su taller en el primer distrito a Artur Benda y se marcha a París, en donde abrió un estudio fotográfico que le hacía la competencia, con su vanguardismo y su éxito comercial (Madame D´Ora fue una avispadísima mujer de negocios) a vacas sagradas de la fotografía como Man Ray.

Delante de la lente de Madame D´Ora pasó lo más granado de la sociedad parisina de entre guerras. El estilo de Madame D´Ora se acercó cada vez más a la vanguardia para satisfacer a la clientela del París de los felices años veinte y de principios de los treinta. De esta época data su amistad con Maurice Chevalier, pero también fotografió a Marlene (Dietrich, naturalmente, en aquella época no había más que una en el mundo), Tamara de Lempicka, Josephine Baker, la mujer que enloquecía a París moviendo los platanos que llevaba por todo vestido. Compatibilizaba su trabajo como cotizadísima retratista con la fotografía de modas y los grandes couturiers se la rifaban. Rochas, Patou, Lanvin, Chanel.

En 1940, sin embargo, empezó el ocaso de Madame D´Ora como retratista de sociedad.

La invasión nazi de París hizo que, a pesar de haberse convertido al catolicismo, tuviera que huir de la Francia ocupada. Primero, se escondió en un convento, luego en una granja. Su hermana, con la que había vivido en París, fue deportada a un campo de concentración y asesinada por los nazis, igual que otros parientes.

En 1946 volvió a Austria y, en vez de fotografiar a las estrellas, se dedicó a documentar para la posteridad la miseria de los campos de refugiados. Aunque siguió fotografiando a personalidades conocidas, como Jehudi Menuhin o Sommerset Maugham, sus obras más famosas de esta época están en la llamada „serie del matadero“. Dora Kallmus era una gran amante de los animales y puso su arte al servicio de la denuncia de aquello que, en aquella época, era una barbarie (y ahora, en algunos casos, también).

En 1959 tuvo un accidente de coche y, quizá piadosamente, perdió la memoria. En 1963 murió en Estiria, en la propiedad familiar que le había sido confiscada por los nazis pero que le devolvieron los nuevos gobernantes de Austria.

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