Mister Robinson

En Austria también hay catástrofes naturales. Hoy, un testimonio en primera persona.

4 de Septiembre.- Cuando yo era chaval, uno de mis libros favoritos era El Robinsón Suizo. Trata de una familia, padre, madre y tres hijos, que naufragan en una isla indeterminada del Pacífico y allí, tras mucho rezar (en el libro se pasan la vida rezando) y hacer gala de unos conocimientos de supervivencia dignos de Rambo, terminan llevando la misma vida que hubieran llevado, pongamos en Berna, pero con un decorado tropical.

El libro era una versión un poquito selvática de esos manuales de urbanidad con los que estudiaban nuestros abuelos.

En cualquier circunstancia, los hijos del Robinsón se comportaban, en mitad de los manglares, lo mismo que si estuvieran en un salón lleno de pesados muebles de caoba. El padre les inculcaba que rezasen mucho y que no parasen un momento, que no fueran « indolentes », o sea, vagos, que era lo peor que podía ser un crío suizo, por lo visto. La madre, que era la única mujer del grupo, era un ángel de bondad que se las arreglaba para tener la choza como los chorros del oro y cocinar cosas ricas para tener contento a su maridito. En fin.

Supongo que, dado mi carácter, lo que más me gustaba del libro era que, pongamos por caso, a la familia de náufragos suizos les ocurría alguna calamidad en mitad de la noche, y ellos llevaban la cosa con paciencia y, cuando salía el sl, se levantaban y bien rezadicos (eso sí) daban una vuelta para comprobar los destrozos que la catástrofe hubiera producido. Luego, volvían a darle gracias a Dios por haber salido con bien del tifón o de lo que fuera y luego reparaban la empalizada y todos tan contentos. O sea, que el lema del libro era un poco « paciencia piojos, que la noche es larga ».

La del domingo al lunes tuve poca ocasión para dormir. Mi casa de Burgenland está situada en un entorno que, en paradisiaco, no tiene nada que envidiarle a la jungla feraz (y un poco de cartón, como el árbol que siempre salía detrás del oso Yogui) en donde vivía el Robinsón suizo con su familia. Sin embargo, como pasaba en la isla de Robinsón, cuando le da por diluviar, diluvia de verdad y la primera noche de esta semana fue un auténtico escenario de historia de terror de Gustavo Adolfo Bécquer. Rayos, truenos, « churrascos » tormentosos, una auténtica catarata de líquido elemento cayendo sobre la parte este de este país. Y uno, en la cama, saltando a cada detonación, alegrándose de vivir en una casa de piedra y no como los tres cerditos en una de paja (con perdón).

Como le pasó al Robinsón suizo, yo me desperté al día siguiente muy contento de no haber fallecido ahogado. No le di gracias a Dios, aunque Él, que lo ve todo, « el pasado, el futuro y hasta los más ocultos pensamientos » sabe que se lo agradecí lo mismo. Eran las seis de la madrugada, la hora en que me levanto a trabajar. Se me ocurrió bajar al sótano a echar una cosa a la lavadora y ahí, como el Robinsón, me topé con la cruda realidad de la catástrofe. Nada más bajar el último peldaöo de la escalera, noté con horror la humedad en los pies descalzos.

Treinta centímetros de agua no del todo limpia cubrían el garaje y el sótano.Ayer, mientras fregaba y barría, y comprobaba que en una casa hay siempre demasiados chismes, pensaba que, después de todo, tampoco había sido la cosa tan horrorosa. No ya comparando con el Robinsón, sino con el resto de Austria. Al fin y al cabo, en Burgenland es difícil que la casa de uno quede sepultada por una lengua de barro, como suele pasar en regiones más agrestes. Quien no se consuela es porque no quiere.

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