Der Trafikant

Casi por casualidad, he estado viendo una gran película para un día como hoy. Der Trafikant. No es lo que parece.

26 de Octubre.- Hoy es el día de la Austrianidad, así que espero que mis lectores hayan disfrutado del festivo. En Viena por lo menos ha sido un día otoñal muy bonito. Los niños han podido subirse a los helicópteros en la Heldenplatz y una luz de miel resbalaba por las fachadas de los antiguos edificios, haciéndolos más bonitos si cabe que normalmente, porque, de alguna manera, los volvía casi casi como si fueran seres vivos.

Yo he ido al cine (el Apollo Kino, que me pilla cerca de casa) y como no sabía qué ver -es lo que tienes cuando te haces mayor, que ya no estás para tonterías de fantasía ni de superhéroes para niñatos- pues he entrado a ver una película que una amiga mía me dijo el otro día que había visto. Se llama Der Trafikant, y supongo que será una coproducción austro-alemana, dada la ristra de entidades de uno y otro lado que han puesto dinero.

Para un oido español, esto del „Trafikant“ suena raro, porque para nosotros un traficante es uno que vende de estranjis pastillas de la risa o cigarros de esos que hacen volar. El otro día, en el trabajo, cuando yo contaba las aventuras de El Castaña, este traficante (en el sentido español) que no tuvo mejor idea que participar en un video de reggaeton y así le pudo la pasma echar el guante, se reían mis compañeros de trabajo porque yo (conscientemente) traduje „narcotraficante“ por „narkotrafikant“ (es que lo de „drogen dealer“ me sonaba como raro). Un Trafikant, en Austria, es un señor que tiene un Trafik, que no es ni más ni menos que un estanco. De manera que la película que he visto hoy se llamaría „El estanquero“. Menos glamour, qué duda cabe.

En fin. La película sucede a finales de los años treinta en Viena, y no se me ocurre una mejor para haberla visto hoy, en le día que es.

Solo cuento un poquito de la historia: érase una vez que se era un muchacho de Attersee, en Salzkammergut, llamado Franzl -como yo-; por cosas de la vida Franzl pierde a su padre y su madre, que no lo puede mantener, lo manda con un conocido a Viena, para que se coloque de aprendiz de trafikant, o sea, de estanquero, no como mano derecha de uno como El Castaña, como es natural.

Sucede que el establecimiento en donde trabaja el muchacho está en la Berggasse, vamos, en la misma acera en donde está el restaurante donde yo me como el ganso todos los años con mis amigos, y en la Berggasse vive el mismísimo Sigmund Freud, con el cual nuestro Franzl entabla una amistad.

El esqueleto de la trama es el mismo que el de El Cartero y Pablo Neruda, hay una figura mayor y sabia (Neruda/Freud), un personaje ingénuo (el cartero/Franzl) y una historia de amor que no adelantaremos.

Hay un trasfondo histórico (los oscuros últimos días de la primera república austriaca y la anexión al Reich de Hitler) también y muchos lugares de Viena que son familiares para quien se tenga un poco pateada esta capital.

Lo curioso de este asunto es que, si bien la película es un poco predecible, la salvan las interpretaciones y una labor de confección del reparto que es un acierto. El profesor Freud está interpretado por Bruno Ganz. Mis lectores más memoriosos le recordarán porque fue el Hitler de El Hundimiento. Le da la réplica un joven actor vienés que se llama Simon Morzé. Morzé es un actor curtido básicamente en la televisión, y sin embargo le da a su personaje una ingenuidad, una integridad y una inocencia, que lo hacen no solo totalmente creible (el personaje, a veces, hace cosas bastante inverosímiles) sino que también hacen que le cojas inmediatamente cariño.

La tercera pata del estupendo plantel de protagonistas es Johannes Krisch, que interpreta al estanquero, dándole una dignidad y una paternal inteligencia, una nobleza, que hacen que pase uno por encima de las cosas que más o menos se ven venir en el guión.

De fondo, una galería de secundarios deliciosos, encabezados por la nonagenaria Erni Mangold, que apenas tiene una escena al principio de la película.

Y luego, claro, Viena, la ciudad en donde el sol del otoño hace que los edificios parezcan casi seres vivos.

Como uno es un señor mayor, y ya no está para estupideces de fantasía y de superhéroes para niñatos, la verdad es que se ha dado una buena panzada de llorar. Uno cada vez está para menos. A este paso, voy a tener que ver solo películas de Disney. Que no sean El Rey León, claro. Ni Bambi.

Y como hoy es un día especial, aquí les dejo a mis lectores un regalito. Espero que os guste.

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2 Responses to Der Trafikant

  1. Anselmo dice:

    Me ha gustado mucho tu recitación.

    En ivoox se puede encontrar la recitación de Margarita Xirgu del poema “A las cinco de la tarde”.

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