Una vienesa murió en París

Era una mujer que nunca terminó de encontrar su sitio, tampoco era especialmente inteligente y claro, terminó perdiendo la cabeza.

27 de Octubre.- Hace unos días, la casa de subastas Sotheby´s puso a la venta un lote de joyas fabuloso. Por su valor material, pero también por su valor histórico: eran (son) las joyas que se conservan de la última reina del antiguo régimen, la archiduquesa austriaca Maria Antonieta (por cierto, al nacer, en la pila, a la hija más pequeña de la emperatriz Maria Teresa de Austria, le pusieron Maria Antonia Josepha Johanna; los franceses, que tienen la misma manía que nosotros de traducir los nombres de todo el mundo, la llamaron Marie Antoinette y de ahí, Maria Antonieta en castellano).

Seguimos: las joyas de Maritoñi de Austria fueron sacadas de Austria de contrabando y tras diversas vicisitudes terminaron en manos de la casa de Borbón y Parma. Los Borbón Parma (aunque casi habría que decir con más propiedad „las“ Borbón Parma) mantuvieron las joyas escondidas durante dos siglos (bueno, es probable que las señoras se las pusieran en momentos especiales, de esos que las monarquías y la aristocracia celebran sin que ni siquiera las cámaras de Hola! Sean testigos).

La última propietaria conocida fue una tía del rey Juan Carlos y cuando la señora falleció hace un par de años, se conoce que sus herederos, apretados de dinero, decidieron ponerlas en venta.

Sotheby´s ha decidido hacerlo en una fecha simbólica, pues el día dieciséis pasado se cumplieron 225 años desde que Maritoñi, la pobre, fue decapitada en la Plaza de la Concordia de París (entonces Plaza de la Revolución) tras dos días de agotador juicio que habían sido solo el culmen de un camino de sufrimiento que había durado casi nueve meses, los que transcurrieron desde que su marido, Luis XVI, también fue decapitado hata aquel mediodía fatídico en la Plaza de la Concordia (por cierto, una de las más hermosas de París).

Prácticamente desde el principio a la pobre Maria Antonia el papel de reina de Francia le vino bastante grande. Las crónicas la describen como a una mujer media, sobre cuya inteligencia ninguno de sus contemporáneos tuvo una gran opinión -empezando por su madre-; la casaron a los catorce con otro, el futuro Luis XVI, que tampoco era lo que se dice un Richelieu. En otras circunstancias, lo cual en su caso quiere decir en momentos de más prosperidad económica, quizá Luis XVI y Maria Antonieta hubieran sido una pareja real mediocre, pero que hubiera muerto en la cama. Sin embargo, la crisis económica y, sobre todo, la explosión de lo que más tarde sería conocido como La Ilustración, hizo que su mundo saltara por los aires y que la onda expansiva se los llevara por delante a ella y al bobo de su marido (y esto no es criticar, es referir).

Dos meses y medio antes de su muerte Maria Antonieta fue encarcelada en la prisión de la Conciergerie, en París. Separada de sus hijos y viuda de su marido, al que un tribunal revolucionario había juzgado y condenado a muerte siete meses antes. Para ese momento, la ex reina de los franceses era una mujer tristísima, que ya solo esperaba una salida rápida a su calvario.

Los revolucionarios, como más tarde los bolcheviques, habían decidido dar ejemplo con la suerte de la reina viuda y la metieron en una celda mohosa y sucia. Estaba siempre bajo vigilancia de unos guardias que solo estaban separados de ella por una pantalla. Mediante sobornos y la clemencia de sus carceleros, al escueto mobiliario de su celda húmeda y sucia se añadieron algunas comodidaes, como una silla y una olla.

Parece ser que también hubo algunos intentos de sacarla de la cárcel para llevarla a un lugar seguro (la famosa conspiración del clavel) pero fracasaron.

El 14 de Octubre de 1793 la sacaron de su celda y la llevaron a una primera sesión del juicio, la cual duró 15 horas, entre el día 15 y el 16 veinticuatro horas de juicio durante las cuales la acusaron de vida lujosa (y lujuriosa), de haber vivido a cuerpo de reina (nunca mejor dicho que en este caso) a costa de los franceses e, incluso, de haber tenido una relación incestuosa con su hijo, que en aquel momento tenía doce años..

A las cuatro de la mañana del día 16 de Octubre de 1793, se pronunció un veredicto que no le pilló por sorpresa a nadie: sería condenada a muerte.

A las once y media de la mañana la condujeron al cadalso. El verdugo le cortó la cabeza y luego se la mostró a la multitud enfervorecida. Estallaron los vítores y el ejecutor gritó: „Vive la Republique!“

Ultimamente, sobre todo a partir de la película de Sofia Coppola, se ha intentado dar a la figura de Maria Antonieta una lectura feminista que probablemente le hubiera puesto los pelos de gallina a la interesada. Una mujer como decíamos sin muchas lecturas y que, la mayor parte de su vida, utilizó la cabeza principalmente para llevar elaboradas pelucas y sombreros. Eso no es naturalmente motivo para decapitar a nadie pero cuando las revoluciones se desbordan ya se sabe, suelen terminar gobernándolas lo más bestias (y claro, con los bestias no se puede hablar).

Seguramente, cuando Maria Antonieta fue llevada a juicio sabía que el veredicto llevaba ya mucho tiempo escrito de antemano.

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