El algoritmo que sigue tu ritmo (o no)

Silueta de un trabajadorLa inteligencia artificial ha llegado al Servicio de empleo austriaco. A partir de 2019, los demandantes de trabajo tendrán que vérselas con una máquina.

30 de Octubre.- Los últimos cincuenta años han sido una época apasionante para la Humanidad como especie.

Después de varios miles de años en los que lo más importante que inventamos fue la escritura, o sea, la capacidad de ir produciendo, generación tras generación, un humus intelectual del que ha nacido todo lo demás, desde las listas de la compra a las obras completas de Sigmund Freud, a partir de los años sesenta del siglo pasado el ser humano dio un paso más y creó una realidad que ha desafiado y desafía a la inteligencia. Internet y la realidad virtual son, si bien se mira, un absurdo maravilloso. Cosas que solo existen porque hemos aprendido a utilizar la electricidad.

En los últimos cinco años, sin embargo, esa revolución ha cobrado velocidad y, aunque estamos todavía muy al principio, se puede decir que de manera imparable nos estamos acercando (precipitando, dirán algunos) a lo que, hasta ahora, podría ser nuestro reto más grande como especie.

Hasta ahora, solo había una inteligencia en el planeta: la nuestra. A partir de ahora, aún en sus tímidos balbuceos, va a haber dos: la nuestra y la que han creado nuestros científicos y nuestros ingenieros.

La perspectiva es alucinante para unas cosas, y escalofriante para otras.

Nuestros cerebros ya se han quedado pequeños. El hombre más inteligente que viva en este momento sobre la tierra solo es capaz de vislumbrar la enorme capacidad de información que una máquina puede almacenar y utilizar para, por ejemplo, encontrar patrones, pautas. Esto va a cambiar el mundo del trabajo de una manera que aún no estamos en condiciones de calibrar. Para muchas personas, laboralmente hablando, es probable que en menos de diez años sobrevenga una catástrofe rápida e irreversible, cuando las máquinas se pongan a hacer cosas que hasta ahora hacían aquellos miembros menos brillantes de nuestra especie.

O, pensandolo mejor, quizá no solo los menos brillantes.

La palabra de moda es algoritmo.

El servicio de empleo público austriaco, el AMS,utiliza uno. A partir del año que viene, una versión modificada de ese algoritmo, modificación que solo es pública y, por lo tanto, transparente, en parte, clasificará a los desempleados austriacos en tres grupos (A, B y C) dependiendo de las perspectivas que la máquina tenga de que encuentren un trabajo en los dos años posteriores a la consulta.

De esta probabilidad, dependerán muchas cosas. Ayudas, cursos…Por lo visto el AMS piensa que los trabajadores que tienen más espacio para mejorar su vida laboral son los del grupo B (por cierto, el grueso de los demandantes de empleo), los del grupo A no necesitarán más que un empujoncito para encontrar un trabajo y en el C…Pues eso, como en el infierno de dante, lasciati ogni speranza.

El AMS ha publicado tan solo parcialmente los criterios que el algoritmo (ya famoso) utilizará para calcular las posibilidades de que un trabajador tenga la suerte de cara y al otro se le marchite el clavel. El sexo (obvio), la edad (aún más), la nacionalidad, el sector en el que se trabajó por última vez, si estado en el paro en los últimos cuatro años, etcétera. No ha publicado el peso (y, por lo tanto, el posible sesgo) que el algoritmo asociará a cada uno de los criterios que se utilicen. Tampoco por ejemplo el peso que tendrá el lugar de residencia del parado en sus perspectivas laborales (no es igual estar parado en el Weinviertel que en una ciudad grande, como cae por su peso).

Por un lado, es probable que en algunos casos el uso del algoritmo mejore la atención al demandante de empleo (en Austria a cada parado se le asocia un funcionario y los del AMS no tienen mucha fama de ser superagradables y cooperativos, la verdad) pero también por otro lado, un algoritmo es una cadena de decisiones lógicas programadas por un ser humano y todos, todos, todos los algoritmos tienen algún sesgo.

Ejemplos hay a porrillo, y a esos sesgos hay que temerles.

Para los que tengan curiosidad (y sepan alemán) aquí pueden dilucidar sus posibilidades de encontrar trabajo

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