De tiendas

Llegada esta época del año, dentro de cada austriaco despierta un defensor de la tradición dispuesto a llevar los criterios estéticos al más alto nivel de exigencia.

25 de Noviembre.- En estos días, para muchas personas como yo empieza una época en la que hay que hacer ejercicios de paciencia. Y es que, empieza la navidad, señora.

Si por los austriacos fuera, sería navidad todo el año. Yo lo digo siempre, que estas fechas tienen todo lo que al aborígen medio le gusta: se pueden tomar impunemente las dos drogas nacionales por excelencia, esto es, el alcohol y el azúcar; se puede dar rienda suelta al barroquismo decorativo (dentro de todo austriaco, llegadas estas fechas, despierta un jeque saudí en un delirio de oropeles) y, naturalmente, se repiten de manera casi exacta de un año a otro y todo el mundo sabe dónde tiene que estar y qué tiene que hacer en cada momento.

Para los austriacos, el paraíso en este valle de fábricas de tristeza.

Si en cualquier otra epoca del año los austriacos viven obsesionados por explicarle al extranjero la manera correcta de hacer las cosas (y utilizo a propósito el artículo determinado, porque para los austriacos siempre hay UNA manera de ir de A a B y no hay forma de convencerles de que hay otros caminos que llevan a Roma) llegada esta época esa tendencia llega al paroxismo. Con el agravante de que a uno se lo explican todo con Last Christmas de fondo, la canción de Jorge Miguel (que en paz descanse, el pobre). De hecho, hay jueces que consideran la escucha continuada de Last Christmas como un atenuante en el caso de actos violentos.

La navidad, en Austria, es un corpus ideológicamente cerrado, en donde hay poco espacio para las novedades, y los austriacos, desde chicos, tienen unas ideas muy definidas a propósito de lo que es admisible y lo que no.

Una de las tradiciones más queridas para la población local (entre otras cosas por lo del pimpiribim pimpín de la bota empinar y el azúcar, que contábamos más arriba) son los mercados navideños.

A partir de esta semana que viene la agenda de uno se convierte en un sinvivir de citas que se solapan. Los amigos le invitan a uno sin descanso a sorber vino caliente y ponches hechos con ingredietes de dudosa procedencia, en donde el azúcar y los aromas tapan (en lo posible) el alcohol de garrafón (como es natural, los tenderos no perpetran mejunjes de esos con licores o vinos de calidad, porque sería como hacer calimocho con un Rioja).

El caso es que el Sr. Vicecanciller, que conoce a su público, ha aprovechado el principio de la locura navideña para pasarle un poquito la mano por el lomo a los habitantes de Favoriten, distrito de esta capital en donde la ultraderecha obtiene unos resultados por encima de lo normal en el resto de la capital.

Favoriten es un barrio de clase trabajadora en donde también hay una gran mezcla cultural. A los austriacos de clase media y media baja se unen muchos inmigrantes, por ejemplo turcos, aunque no solo.

Aprovechando el principio de la campaña de navidad, el Sr. Vicecanciller ha aprovechado para publicar en sus redes sociales un post en el que se congratulaba del éxito que, supuestamente, habían tenido las protestas de su partido. Parece ser que el Fpö se había quejado el año pasado de que, en lugar de los puestecillos de madera tradicionales (y, por lo que parece, los preferidos de los austriacos pata negra, defensores de la familia tradicional y de los valores de la civilización cristiana occidental) los organizadores del mercadillo de navidad de Favoriten habían utilizado unas casetas fabricadas con lonas de plástico blanco (más feas que un pie, por cierto, y probablemente mucho más baratas).

Las tiendas de plástico blanco, por cierto, se ven en España constantemente y son las típicas de las ferias de artesanía y cosas similares, pero aquí también, por ejemplo en la Donauinselfest).

Respetable
Al fondo, las tiendas de la discordia en la Donauinselfest. En primer plano, un grupo de peligrosos musulmanes (según el vicecanciller Strache), Archivo Viena Directo

 

Pues bien: según el señor Vicecanciller, los puestos de plástico blanco no eran un mercadillo de navidad como Dios manda, sino uno como manda Mahoma, de manera que, según él, gracias a las protestas de la ultraderecha, „la ciudad de tiendas musulmana“ (sic) se había transformado en un mercadillo de navidad, naturalmente cristiano.

Aunque quizá no haya habido en el ánimo del canciller ánimo xenófobo (malpensadillos) sino solo apreciación estética.

En estos momentos, la esposa del Sr. Vicecanciller, la „señá Felipa“ está en estado interesante. La familia Strache espera un nuevo miembro. Es presumible que la futura madre entretenga su espera preparando una habitación para el chiquitín. Quizá se produzcan en el hogar de los Strache diálogos como este:

-Heinz, cariño ¿Qué te parece estas cortinas que he comprado?

-No sé Felipa ¿No las encuentras un poquito musulmanas?

-Es que son de Ikea, cariño, por lo visto son el último grito en cortinas para habitaciones de neonatos; las tenían en rosa, en azul. Tampoco había mucho donde elegir, eran las menos musulmanas.

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3 Responses to De tiendas

  1. Anselmo dice:

    Muy bonitas las tiendas, y además hay que ir acostumbrándose al paisaje que por evidentes razones demográficas tendremos, probablemente, en toda Europa Occidental en pocas décadas.

    • Paco Bernal dice:

      Anselmo, por tranquilizarte te diré que, según una proyección del instituto austriaco de estadística, harían (¿Harán?) falta más de seiscientos años para que la población de religión musulmana iguale a la “cristiana”. Saludos.

      • Anselmo dice:

        Debe ser cierto lo que dices. Ahora esta por el 10% y para dentro de 30 años se espera que pueda alcanzar el 20%. Por tantoHay que hacerse a la idea de que habrán zonas del país arabizadas. En el mejor de los casos será como en la Francia de hoy en día.

        Un saludo

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